jueves, 29 de junio de 2017

Capítulo V – Ataque en la noche


Entraron a la casa haciendo añicos la puerta de madera. Miles de astillas cayeron al suelo sin impedir el paso alborotado de treinta guaraníes armados hasta los dientes. De los cinco chicos que encabezaban el ataque, uno de ellos fue el primero en entrar sin medir el peligro de que el viejo le disparara con la escopeta. No le importó que aquel tipo se hubiese escondido, él solo quería recatar a los niños.
Sintió a sus espaldas que uno de sus compañeros se le adelantaba y comenzaba a revisar las habitaciones mientras él continuaba observando la cocina, que era el primer lugar con el que uno se topaba al entrar a la casa.
La cocina era sencilla; con una mesa alargada y de puntas redondeadas vestida con un mantel amarillento y agujereado. Había un par de cargadores de escopeta esparcidos en ella y dos pañuelos de papel sucios de hollín. Como si su dueño hubiese estado limpiando el arma antes de dispararles.
Hacia su izquierda se encontraba una mesada chica con dos hornallas oxidadas que yacían apagadas con una pava de acero por encima de una de ellas, y una alacena repleta de latas de conserva.
Vio una heladera blanca vieja y grande, con manija de metal en forma de gancho para arriba. A su lado, una cortina hecha de hojas artificiales que colgaban de un hilo tanza en forma vertical. Por ella se podía vislumbrar el jardín de arbustos podados y fuentes de aguas danzantes; decoradas por las estatuas de los niños que el alemán había matado y embalsamado. Bajo la luz de la luna, aquel escenario lograba una vista terrorífica. Como si aquellas criaturas fallecidas en cualquier momento comenzaran a correr tales muñecos de cera a cuerda.
Sintiendo escalofríos, se sobresaltó cuando oyó que uno de sus compañeros le gritaba a lo lejos.

-              ¡Newen! ¡Encontramos a uno de ellos! - Levantó la cabeza y asintió caminando en dirección hacia donde su amigo se encontraba.
A medida que se acercaba iba vislumbrando el cuerpo de una niña arrodillada contra el marco de la puerta de una de las habitaciones del pasillo que conectaba con la cocina.
La pequeña los miraba asustada sin dejar de apretar la madera con sus diminutas manos. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza que ejercía.
Newen se le acercó suavemente y se arrodilló a su lado.
-              No hay más chicos. Es la única. – escuchó que le decían.
-              Bien- susurró volviéndose hacia la chiquilla tratando de que ésta lo mirase. Cuando lo logró, le preguntó delicadamente si sabía si estaban solos y si había más niños allí.
Ella se lo quedó observando unos segundos hasta que negó con la cabeza.
-              Se fue por allí- señaló con el dedo la cortina de hojas que daba al jardín.
 El joven guaraní miró a su colega quien ya estaba dando órdenes a los demás para ir hacia los jardines. Cuando éstos salieron, se volteó hacia la nena y le sonrió.
-              Tu amigo Juan está con nosotros. Lo estamos cuidando. Vinimos a rescatarte.
La infanta abrió los ojos de par en par y lo miró asombrada. Luego, se sorbió la nariz con el brazo haciendo que los rizos despeinados de su colita se esparcieran por sus mejillas sucias y mojadas de lágrimas.
Newen se paró y le tendió una mano para que se levantase. Mirándolo con miedo y desconfianza, la pequeña lo acompañó hasta que se encontraron afuera con los demás guaraníes.
Sus ojos iban de rostro en rostro. Ya no sabía en quiénes creer, porque aquellas personas que fueron buenos con ella, habían hecho cosas muy malas.
El cric cric de la madera al quemarse la hizo girar para ver cómo la casa donde la habían mantenido cautiva ardía bajo un fuego que no tardaría en expandirse.
-              Llevémosla con el chamán. - acotó un joven cuya respuesta fue muy bienvenida por el grupo.
Empezaron todos a caminar en dirección a la arboleda y, a medida que los cuerpos de los muchachos se perdían en la oscuridad de la jungla, la chiquilla le dio un último vistazo a la casa que ardía por completo.
Desde la puerta, un niño la saludaba sonriente mientras era consumido por las llamas.


Sami se despertó cuando el grito de unos jóvenes la sobresaltaron. Habían entrado a la casa. Miró hacia ambos lados y, ni bien vio que un muchacho morocho caminaba por la cocina, no lo dudó y a la primera de cambio corrió hasta donde su captor se había escapado con su amiga. Correteó por el jardín sin pararse a ver a los niños embalsamados y siguió las huellas húmedas impresas en el barro.
Sin aminorar la marcha, Sami no dejó de correr hasta oír a lo lejos un motor que se encendía.
Cuando vio que una camioneta salía de atrás de unos árboles y se dirigía hacia el interior de la selva, no lo dudó y comenzó a perseguirla. En medio de la oscuridad, lo único que podía prestarle de luz eran los faroles traseros del Jeep. 
Sin parar un segundo por miedo a perder la camioneta que ya le llevaba bastante ventaja, Sami se apuró y se llevó puesta una rama que la hizo caer hacia atrás e irse de costado resbalando por una pendiente de barro. Rodó entre piedras y hojas hasta detenerse sobre las raíces de un árbol viejo y grande.
Su espalda le dolía a rabiar y su respiración agitada era lo único que la hacía darse cuenta de que todavía no había muerto. Cuando levantó la cabeza y visualizó que allá a lo lejos a bastantes metros por encima de ella las luces de la camioneta se extinguían a medida que continuaba su camino por entre medio de las cuevas de follaje, gimió y comenzó a llorar haciéndose una bolita en el barro pegajoso.
Estaba a oscuras porque ni la luz de la luna se filtraba entre tanta vegetación.
No tenía que haberse escapado de la casa. No tenía que haber huido de esos hombres.
A lo mejor ellos eran buenos y la iban a ayudar.
A lo mejor…


Al llegar a la aldea, los jóvenes llevaron a la niña hacia la carpa donde estaba el chamán atendiendo a Juan. Ni bien abrieron la puerta y vieron que el hombre estaba terminando de vendarle el torso, Newen se acercó al camastro y le sonrió feliz por lo que habían logrado.
-              Hemos rescatado a una de tus amigas.
Haciéndose el chamán a un lado, Juan observó a la criatura que yacía frente a él. Se reacomodó mejor entre las sábanas sentándose del todo y miró al guaraní que lo había salvado sin entender lo que sucedía.
-              ¿Quién es ella? -  le preguntó.
Newen frunció el ceño y se giró para ver de reojo a la nena.
-              Una de tus amigas- repitió. Ahora no tan seguro como antes.
Juan se quedó un rato callado. Luego de unos segundos, le respondió con voz nerviosa:
-              Ella no es ninguna de mis dos amigas.




El estallido de la puerta mosquitero al abrirse y golpear la pared hizo que cinco policías que estaban jugando a los naipes dejaran todo y se acomodaran en las sillas para atender a aquel hombre alto que había entrado en la comisaría. De aspecto serio y rasgos duros, el individuo se inclinó sobre la mesa y los miró fijamente.

-              Yo sé quién tiene secuestrados a los chicos de Posadas.


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miércoles, 28 de junio de 2017

¡Hola Entelequia!


¡Hola Monstruos!

Tengo la enorme noticia de contarles que mi libro, Seis Relatos de Terror I se encuentra a la venta en el local ENTELEQUIA de la sede Belgrano en Juramento 2584, CABA.

¡Así que los que vivan cerca o vayan a convenciones van a poder adquirirlo también! 


¡Muy feliz de que mi primer libro se encuentre en esas estanterías! 


PD: El vendedor, Claudio, ¡es escritor! ¡Así que salúdenlo de mi parte!






¡Encontremonos en Wattpad!

¡Hola monstruos! 
He abierto un cuenta en Wattpad así también me encuentran allí para estar presente en sus lecturas.
La novela, Los espíritus de la Selva irá publicando sus capítulos al mismo tiempo que lo hago en el blog. Así no te perdés ni un pedacito de historia.

¡Agreguenme que los sigo así también los leo a ustedes!





Indice de Capítulos






jueves, 22 de junio de 2017

Capítulo IV – Fuego en la noche



-          ¿Qué es eso? ¿Qué es ese ruido? – preguntó Clara adormilada desenredándose de los brazos de su amiga quien ya se estaba parando para correr hacia la puerta y ver por la cerradura qué era lo que sucedía del otro lado.
Samy pudo observar que la persona que las tenía cautivas caminaba apresuradamente por la cocina mientras recogía cosas a su paso de los estantes de la alacena y los depositaba en la mesa. La cual estaba ya limpia y sin el cadáver de Guille. 
-          ¿Qué ves?
-          Algo está armando.
 ¡Pum! ¡Cringggghhh!
El ruido de las piedras estallar contras los vidrios de las ventanas las hizo sobresaltarse.
-          ¿Nos atacan?
Samy la hizo callar sin dejar de analizar que era lo que estaba preparando el señor en la cocina. Cuando la mano de éste insertó en un tubo unos pequeños cilindros de metal, comprendió todo.
-          Una escopeta – gimió al mismo tiempo en que éste se paraba de la mesa y caminaba decidido hacia la izquierda. Por donde la niña supuso que sería la puerta de entrada a la casa.
Clara notó que su amiga se tensaba por lo que gateó hasta la esquina de la habitación más próxima y se hizo una bolita abrazando sus rodillas y escondiendo la cabeza entre ellas.
Se oyó el grito furioso del viejo mientras la lluvia de piedras contra los vidrios se intensificaba. Aunque las niñas no tuvieran visibilidad de lo que ocurría, ellas podían sentir que su captor hablaba para sí mismo en un idioma muy diferente al de ellas, pero no igual al que se escuchaba afuera.
Ajustando el cañón de la escopeta entre una de las mirillas de la persiana y traspasando el vidrio hecho pedazos, el hombre apuntó a la cabeza de uno de los atacantes.
-          Sterben! - gritó y disparó logrando que la bala abriera el cráneo de un niño en dos.
Un chico que estaba cerca, abrió los ojos de par en par cuando vio a su amigo caer sin cabeza al suelo. Fue solo levantar la mirada cuando se encontró frente a frente con el cañón de la escopeta apuntándole a él también. No hubo tiempo para reaccionar, porque la bala ya había salido.
-          ¡Noooo! – gritó un joven adolescente guaraní que fue testigo de lo ocurrido a poca distancia. Su respiración agitada era lo único que podía oír. Sus oídos se habían tapado de miedo y lo único que hacían eran pitar. Dando un paso atrás, se dio la vuelta y en cámara lenta vio cómo el resto de sus colegas habían dejado de tirar piedras y maderas. Estaban todos quietos. Asustados.
Sin poder creer lo que había pasado.


Aprovechando el desconcierto de aquellos indios, el alemán se giró y recargo los cartuchos cuando sintió a lo lejos un grito rabioso seguido del ruido de la madera al resquebrajarse de la puerta que estaba a su izquierda. Los golpes que ejercían para entrar a la casa eran cada vez más constantes.
No había escapatoria.
-          Scheiße! -  maldijo en voz baja levantándose del suelo y corriendo fuera de la ventana para ver entre los vidrios rotos de un costado de ésta, cómo los aborígenes furiosos corrían hacia la casa portando armas de madera filosas.
Eran todos adolescentes y niños de entre cinco y quince años quienes avanzaban amenazantes hacia él. Tres de los mayores ya habían alcanzado la puerta y la golpeaban con un tronco de árbol para abrirla haciéndola pedazos.  Sin perder el tiempo, el hombre retrocedió hasta la cocina donde depositó la escopeta y corrió hasta la habitación donde estaban las dos niñas encerradas.
Samy, al verlo venir hacia ellas por el hueco de la cerradura, gritó y se hizo a un lado cuando éste abrió la puerta de par en par y agarró a Clara del cuello para arrastrarla con él hacia la cocina. Entre llantos desgarradores, Clara trataba de deshacerse histérica de aquella mano fuerte que le comprimía las venas del cuello y la empujaba a caminar. Se giró un instante y su mirada quedó fija en la de Samy quien la observaba con ojos asustados, arrodillada debajo del dintel de la puerta que las mantuvo encerradas… y a salvo.




- Scheiße! Suchen Sie es im Garten! – ¡Mierda! ¡Buscalo en el jardín!
El viejo canoso y de cara de pómulos fuertes irradiaba furia. Apretando los nudillos y sosteniendo el cuchillo en la mano izquierda, se giró y caminó directo hacia la habitación donde estaban ellos encerrados.
Sami, que lo vio venir, retrocedió unos pasos y gritó enloquecida cuando la puerta se abrió de par en par y éste entraba para agarrar a Guille de los pelos y lo arrastraba fuera de allí cerrando la puerta con un golpe seco.
- La mierdita de tu amigo se va a morir en un rato. Pero a vos te mato ahora por enquilombarme la vida. ¡Hijo de puta! – lo tiró hacia la mesa y le pateó la columna haciendo que a la criatura se le doblaran las rodillas.
- ¡No! - chilló Samy quien se abalanzó contra la puerta.  - ¡No lo toque! – aulló en el momento en que el alemán se le acercó por detrás y, sin darle tiempo a Guille de girarse y ponerse de pie, le clavó el cuchillo en la zona lumbar de la espalda haciendo que éste se cayera de costado sin emitir sonido alguno.
- Ahora no vas a poder caminar nunca más en tu puta vida. No te vas a poder escapar.
Samy ahogó un sollozo después de que a su amigo le quitara el cuchillo de la espalda y lo agarrara para recostarlo sobre la mesa. La pierna izquierda le colgaba inmóvil hacia un costado, algo que Guille ya no sintió.
Cuando el hombre se le volvió a acercar trayendo consigo una caja de herramientas con instrumentos quirúrgicos y los depositó cerca de la oreja derecha del muchacho, vio que Guille lo miraba fijo con los ojos nublados llenos de lágrimas sin derramar del dolor. Inclinándose, agarró un elemento cortante y lo clavó suavemente debajo del hueso de las costillas.
- Me encanta que te portes tan bien… Si seguís así te voy a dejar en el lugar más privilegiado del jardín. Al lado de la fuente. Donde los pájaros se posan para beber agua. – depositó el pequeño instrumento en una bandeja de metal y se colocó un guante de látex blanco. - ¿Querés que los pajaritos se posen sobre tus manos extendidas? Sería tan hermoso.





El ruido del vidrio al quebrarse la sacó del fúnebre recuerdo. Samy, aún de rodillas, observó cómo el viejo sosteniendo de nuevo la escopeta, agarraba a su amiga y la arrastraba por la cocina hasta dar con una cortina de hojas artificiales que colgaban en vertical y que hacían de puerta. Al atravesarla, éste la llevó por un enorme jardín repleto de estatuas de niños que eran cubiertos por la luz de la luna que se filtraba entre las copas de las palmeras. 
Sin soltarla, zigzagueó entre los árboles oyendo el ruido – ahora menos perceptible debido a que estaban lejos- de los aborígenes al entrar en su hogar y empezar a romper cosas. 
Corrieron unos cuantos minutos adentrándose más y más en la selva cuando de repente, el hombre se fue detrás de un árbol y destapó una camioneta Jeep de guerra cubierto con una frazada verde musgo.  Aferrando con fuerza su muñeca, la hizo subir al asiento acompañante y tiró a un costado la tela para darle arranque al vehículo. 
Poniendo primera, apretó el acelerador y se internó en medio de la jungla.
Allá a lo lejos, a sus espaldas, se podía ver el humo del fuego consumir su casa.  

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jueves, 15 de junio de 2017

Capítulo III- Perdidos


Se habían percatado de la ausencia de los chicos al momento de pasar lista arriba del micro cuando estaban a punto de arrancar hacia el hotel. Los padres acompañantes y las señoritas pusieron el grito en el cielo e inmediatamente llamaron a los guías turísticos de la reserva para que los ayudase a buscarlos. El parque es inmenso pero lo que los salvó de recorrerlo todo desde un principio fue el que una de las maestras dijera que ella los había visto por última vez muy cerca de la salida.
Tres guardaparques trabajaron mano a mano con los policías del lugar. Muchos turistas también colaboraron, al igual que un pequeño grupo de chicos guaraníes que tenían su propio stand de artesanías y de show musical dentro del centro comercial.
Para las nueve de la noche la búsqueda se había dado por terminada y se abría un caso de investigación policial. Las preguntas eran variadas y las hipótesis, horrendas. Al día siguiente se comenzaría a allanar los alrededores del parque y a estudiar las cámaras de seguridad tanto de adentro como las que se encontraban afuera del recinto. Hubo testigos que prestaron declaraciones que no ayudaban a lograr una conclusión en concreto. Algunos dijeron que los habían visto cerca de las vallas de los puentes que cruzaban el río Iguazú, otros que los vieron caerse de las mismas y que los pequeños habían gritado pero que nadie los había escuchado. Que los coatíes se los comieron o que habían caído al río cerca de donde el yacaré dormitaba y que, ante la gran altura que tienen los paredones, éstos no pudieron trepar para escapar siendo así presa fácil del animal.
Entre tantas aristas sin llegar a ningún lugar en concreto, solo dos personas aportaron que vieron a los niños subirse a una camioneta ploteada con las imágenes del parque. Y que un hombre los había incitado a entrar en ella. El problema era que nadie más sabía de ese individuo.
Estas dos últimas declaraciones trajeron como resultado que se estudiara al personal del lugar, desde empleados de los restaurantes hasta los mismos guardias de seguridad. Todos fueron interrogados, no faltó ni uno. Los investigadores tuvieron en cuenta hasta la más mínima palabra de los testimonios para encontrar así algún indicio. Y lo que más les llamó la atención fueron dos palabras: “camioneta ploteada “ y “hombre que hizo entrar a los pequeños en la misma”. 
-          ¿Camioneta del parque? No nos falta ninguna. – aseguraron los transportistas.
Ante la insistencia de los oficiales, el personal se vio en la obligación de darles un informe donde se detallaba los recorridos diarios que se hacían con los vehículos del lugar y quienes eran los encargados de manejarlos. Y los mismos incluían hasta los tractores. Respeto a las cámaras de seguridad del parque, ninguna de ellas captó movimiento sospechoso alguno. Por ende, la evidencia grabada fue descartada.
Mientras la policía y los guardaparques realizaban los rastrillajes, la noticia de la desaparición de los estudiantes se esparció por todo el pueblo llegando hasta los medios locales y de la provincia entera. Se dio aviso a las fronteras de Paraguay y Brasil iniciando también allí la búsqueda.
A medida que pasaban las horas una nueva hipótesis caratulaba la investigación. La última versión era que, según otros testigos, los chicos habían sido secuestrados y enviados al Paraguay para ser vendidos. Aunque sonaba ilógico y a la vez probable ya que en este mundo todo puede pasar, la policía no terminó de descartar la idea de que los niños todavía se encontraban en el país.
Para las doce de la noche un grupo de personas se movilizaron por la Avenida Victoria Aguirre pidiendo por la aparición de los jóvenes perdidos de la escuela primaria de Posadas. Más de cien vecinos marcharon con pancartas por la avenida y se unieron en la diagonal principal antes de llegar a Tres Fronteras.
A la mañana siguiente, el Parque Nacional Cataratas del Iguazú amaneció con sus puertas cerradas al público y los medios de comunicación locales no pararon de mostrar una foto de los niños desaparecidos que un usuario anónimo les había hecho llegar. La imagen que ilustró las tapas de los diarios bajo el título Misterio en las Cataratas, tenía como protagonista a cuatro criaturas sonrientes paradas de espalda a la Catarata La Garganta del Diablo.




-          ¿Despertó?
-          No…
Un gemido hizo que los dos chicos se giraran para observar al nuevo paciente que tenía el chamán. Cuando el joven Newen trajo a la aldea corriendo un muchacho en brazos todo ensangrentado, enseguida los aldeanos dieron aviso al cacique y al chamán para que se enteraran de lo sucedido.
Faltaban dos días para el veintiuno de septiembre, año nuevo guaraní y día en que florecen las orquídeas. Es una celebración importantísima para ellos ya que es el único día del año en que se festejan todos los cumpleaños y el nacimiento de un nuevo ciclo de vida; por eso los habitantes del lugar se encontraban cocinando y preparando el gran banquete para la fiesta que se desarrollaría durante dos días seguidos en la cual participarían, además de sus tribus, todas las de Paraguay y Brasil.
Juan movió la cabeza hacia un lado y entrecerró los ojos para ver de perfil a dos niños un poco mayores que él que lo observaban boquiabiertos. Cerrando los parpados del todo e inclinándose hacia adelante para intentar sentarse, notó una mano cálida y de dedos rugosos que lo empujaba suavemente del hombro haciéndolo recostar de espaldas en la manta de piel de jabalí.
-          No te apresures que estás débil. – oyó que una voz femenina le decía a su derecha.
Frunciendo el entrecejo, Juan giró la cabeza y miro a la mujer regordeta que llevaba un vestido de tela gruesa marrón oscuro. En respuesta, ésta le sonrió cariñosamente mientras le terminaba de vendar el torso lastimado.
-          Me dispararon. – alcanzó a decirle cuando sintió una puntada muy fuerte cerca de la tetilla izquierda y comenzó a marearse. Se llevó una mano a la frente y percibió que estaba transpirada y helada. - ¿Qué me pasó?
-          Te desmayaste cuando llegaste al jardín de la selva. – le dijo uno de los dos chicos que estaban sentados muy cerca de él. – Cuando Newen te trajo aquí estabas desmayado y nos dijo que te rescató del alemán loco. Que cuando pasaron por su jardín, te despertaste y volviste a perder el conocimiento al ver las estatuas.
Juan no pudo evitar recordar la mirada perdida de aquel niño pequeño muerto cuyos ojos fríos y distantes se acentuaban con la palidez de la piel mortecina y rellena de fluidos no naturales que se le aplicaron al embalsamarlo. El gesto de aquella estatua que alguna vez vivió feliz, hoy señalaba con su dedo índice una fuente de piedra en medio del Edén selvático.  
Como si le hubiesen leído la mente, uno de los muchachitos guaraníes cuyos torsos bronceados brillaban de sudor, le dijo:
-          Newen nos dijo que viste al hijo de los turistas que desapareció hace poco. A él no lo pudimos salvar del alemán.
Juan se remojó los labios con su saliva para poder responderles.
-          ¿Y sus padres?
-          Ambos murieron en un accidente de auto en la ruta camino al aeropuerto. El auto desbarrancó y se perdió en medio de la selva. Fue ahí cuando secuestraron al niño que todavía respiraba. Inconsciente, pero vivo. Fue el alemán quien lo mató y lo rellenó.
-          Los policías pensaron que él murió solo en la selva cuando sacaron el coche de entre las ramas y, como no se atrevieron a seguir adentrándose en la maleza por miedo de que los pumas los atacaran, entonces no siguieron buscándolo y lo dieron por muerto. – acotó el otro.
La mujer mojó un paño en un balde de agua y lo exprimió para depositarlo en la frente de Juan brindándole frescor a aquella piel enfebrecida. 
Suspirando, el pequeño malherido se dejó hacer y dormitó por unos segundos.
-          Mis amigos están dentro de la casa. Los escuché.
Una mano helada tocó su brazo.
-          Tranquilo, esta noche los vamos a rescatar.



-          ¿Qué ves? – dijo en voz baja Clara al oído de Sami quien estaba arrodillada contra la puerta sollozando.
Negando con la cabeza y tragándose las lágrimas saladas Sami le respondió:
-          Guille está en la camilla donde estaba Juan. – gimió llevándose una mano a la boca para amortiguar el ruido. – creo que está muerto.
Clara abrió los ojos de par en par y se fue hacia atrás contra la puerta de madera asustada mirando un punto fijo en medio de la oscuridad de la habitación.
La única luz que ingresaba era la de la cocina que recorría el pasillo y se filtraba por la cerradura de su puerta.
Entre sollozos ahogados, Sami apretó la mano de su amiga y creyó estar viendo sus ojos cuando le prometió que ambas iban a salir de aquel infierno.
-          ¿Y a Guille? ¿Lo vamos a dejar acá?
De fondo se oyó el ruido de una sierra eléctrica.
Clara, agitada, empujó a su amiga y la hizo de lado para ver qué era lo que ocurría en la cocina. Sami, creyendo saber qué era lo que estaba pasando, la abrazó y le giró la cabeza para que no viese aquel funesto espectáculo.
Sami le alzó la cabeza y le dijo bien clarito en voz baja:
-          Por lo que más quieras, te prometo que vamos a salir de acá. Aunque Guille ya no lo haga.



A las tres de la madrugada, mucho después de que la sierra de la cocina se apagase del todo, ambas niñas que dormitaban abrazadas juntas en una de las esquinas del cuarto se despertaron sobresaltadas al oír los gritos aguerridos - y en un idioma irreconocible por ellas - de varios niños que corrían hacia la casa. 

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jueves, 8 de junio de 2017

Capítulo II - El Jardín de la Selva



-          - ¡Te dije que no les dispares! ¿Y ahora cómo hago para cerrarle la herida sin dejarle una cicatriz? - gritó el hombre canoso desesperado levantándose de la silla de madera de la cocina y caminando apresurado hacia la camioneta estacionada en la entrada de la casa.

-        -   Pss, ¿para qué querés dejarle la piel sin marcas si después lo vas a vestir?- le respondió el falso fotógrafo del parque quien comenzó a seguir al hombre mayor.

Acercándose al portón de la traffic, el viejo se giró y fijó sus duros ojos azules en los suyos interrogándolo.

-        -   Ya los encerré. – le contestó-  Solo dejé acá al que le disparé. Igual está re muerto eh.

Abriendo el portón de costado, observaron a la criatura herida. El pequeño yacía de espaldas con una manito en su corazón mientras respiraba con dificultad. Los ojitos le brillaban nublados mientras luchaba por mantenerlos abiertos.

-          - Perdió mucha sangre. No le doy ni cinco minutos más.

Asintiendo, el viejo lo observó unos segundos más.

-       -    La está peleando en vano. – Se giró y caminó hasta la casa. – Decime como son los otros.
-          Tengo dos niñas y varón. Son un poco aguerridos por lo que me costó mucho dormirlos un rato. Están en la pieza de la derecha.

Un gruñido le hizo saber que el viejo lo había escuchado. Cuando entraron a la casa y se sentaron en la mesa de la cocina; estiraron las piernas y se miraron mutuamente en silencio.

-          - ¿Mate? ¿Té? ¿Qué te convido?

El fotógrafo declino la invitación con la mano justo cuando el otro se estiraba de la silla y agarraba un papel de la mesada para tendérselo.  

-Necesito que me traigas esto del pueblo.- lo escudriño con la mirada mientras leía la lista.

-         -  Te lo alcanzo mañana al mediodía. – le respondió guardándose el papel en el bolsillo del pantalón. - Pero lo que necesito que hagas ahora es que me ayudes a sacar el cuerpo del pibe de la camioneta porque no puedo ir al pueblo así. A ver si me llega a parar algún control policial, ¿y yo que hago? ¿De qué me disfrazo?

Maldiciendo en voz baja, el anciano que llevaba puesto un pantalón color caqui, una remera blanca agujereada y un delantal de cocina blanco sucio y viejo; se levantó de la mesa y avanzó hasta la camioneta. Sin mirar hacia el interior, le gritó al fotógrafo que le alcanzara una toalla para envolver a la criatura que ya había dejado de respirar.

 ---

-          - ¿Qué ves? – le preguntó Sami a Clara. Esta le respondió levantándole los hombros.

-         - Creo que estamos en un hospital porque a Juan lo dejaron en una camilla.

-      -     A ver correte - le dijo Sami empujándola hacia un costado para ella poder mirar por la cerradura.
Cerrando un ojo y abriendo el otro, investigó a través del agujero que su amigo se encontraba recostado contra una mesa cubierta por un mantel blanco repleto de manchas amarillas. 

-        -   Juan…

Se oyó a sus espaldas una voz quebradiza. Se giraron de repente para ver cómo su amigo Guille se despertaba de a poco. Clara se le acercó gateando.

-       -    ¿Estás bien?

Guille asintió llevándose una mano a la frente. Sentía que su cabeza iba a reventar de lo que le dolía. Recostándose contra la pared, estiró una pierna y apoyó su mano izquierda en la rodilla que tenía flexionada. Suspiró y entreabrió los ojos para mirar de soslayo el cuerpo arrodillado de Sami junto a la puerta.

-       -   ¿Qué hay?- gimió dolorido.

Clara lo estudió unos segundos para luego recostarse a su lado. Juntó su cabeza a la de él y observaron a Sami desde el otro extremo de la habitación.

-      -    Lo están atendiendo. Hay un doctor viejo.

Guille frunció el ceño e hizo el ademán de levantarse del suelo. Un poco mareado, se inclinó hacia la pared para sostenerse mientras caminaba en dirección a su compañera. Al llegar a su lado, ocupó el lugar que ésta le había cedido. Cerró un ojo y puso el otro en la cerradura. Y su mirada conectó con los ojos llorosos y sufridos de su amigo quien estaba tendido de espaldas en la mesa.  Con la remera rasgada por la mitad, el pantalón cubierto de manchas bordó y la cabeza echada hacia un costado mirando en su dirección. 

Como si supiera que ellos estaban allí.

Cuando el doctor se acercó al pecho de la criatura y levantó suavemente un cuchillo como los que usan los cirujanos en las películas de terror que ve su hermana, Guille comprendió todo. Se tiró hacia atrás y se abalanzó hacia la puerta golpeándola con ambos nudillos.

-        -  ¡Lo quiere matar! ¡Auxilio! ¡Sáquennos de acá! ¡Juan! - gritó con voz desgarrada llorando descontroladamente y en un estado de euforia que lo encegueció hasta notar que la madera se manchaba de sangre. De su sangre.

La sangre de sus dedos quebrados.

Sami lo contemplaba asustada sin entender qué era lo que ocurría. Clara corrió hasta ponerse a su lado e intentó calmarlo.

Lo que parecieron horas, eternos minutos cargados de dolor y desesperación, para Guille fue un interminable vacío cuando vio que el doctor dejaba de cortarlo y se alejaba de la mesa quitándose los guantes.

Fue en ese segundo, cuando éste juró ver que los ojos perdidos de Juan enfocaban los suyos por última vez con una tímida sonrisa en su rostro.

Hasta desvanecerse por completo.


 ---

-        -  Guille, ¿estás bien?

El niño abrió los ojos y vio cómo figuras distorsionadas de colores se fusionaban en aquellos que lo contemplaban asustados.

Apretando los párpados, se inclinó hacia adelante y sintió que alguien lo sujetaba por detrás para que no se cayera del todo. Entreabrió los ojos y sintió que sus pantaloncitos cortos estaban mojados y… olían horrible.

-         - Me… vomité encima.

Sami asintió y lo ayudó a recostarse contra el suelo. Estaba tan perdido y mareado que se iba de costado y se sobresaltaba al notar que perdía el equilibrio mientras lo hacían tenderse sobre el piso. Tenía las manos congeladas y sudaba sin parar.
Ni bien lo habían visto vomitar y desmayarse, las dos niñas lo sacaron de al lado de la puerta y lo llevaron hasta el otro extremo del cuarto. 

-        -  Juan.

Clara lo hizo callar mientras lo abanicaba con ambas manos.
Sami miro a Clara comunicándole qué era lo que pensaba hacer. Asintiéndole con un parpadeo, observó cómo la niña se levantaba y gateaba esquivando el suelo mojado y sucio y se sentaba a espiar.

 El pasillo era oscuro y tenuemente iluminado por los rayos del sol que se filtraban por una puerta abierta de una habitación de la derecha. Las paredes, que en algún momento fueron blancas, tenían hoy el revoque caído por la humedad dándoles un aspecto tétrico. Y al fondo, no muy lejos de donde ellos estaban encerrados, yacía el cuerpo de su amigo.
Sami se llevó una mano a la boca para amortiguar el sollozo. Juan yacía allí. Sin vida.

Y con los ojos fijos en los de ella… Esos  que ya no veían.

Le dio un puñetazo a la pared indignada y dolida por todo lo que habían presenciado, llevándose luego los nudillos a la boca. El silencio que se presenciaba del otro lado contrarrestaba con el de los gemidos y aullidos ahogados de sus compañeros.  No quería dejar de ver la escena. No podía apartar la mirada del cadáver porque no creía que todo aquello había sucedido. No.

Todavía él podía respirar, ¿no? Él podía seguir estando vivo…

Un movimiento detrás de Juan captó su atención. Su corazón comenzó a latir con una fuerza sobrenatural cuando una sombra oscura se acercó al pequeño difunto y lo estudió detenidamente.

… La muerte lo vino a buscar… recordó la frase que su abuela le había dicho cuando su perrito Falucho había fallecido el año anterior.

…La muerte… tenía la figura de un niño semidesnudo. De rasgos duros y serios como los de los…

Sami gimió cuando este ser extraño lo alzó en brazos, miró hacia ambos lados y echó a correr como si de una flecha se tratase.

-        -  Se lo roba – susurró perpleja.

Minutos más tarde presenció cómo el doctor notaba la ausencia del cuerpo y comenzaba a gritarle palabras extrañas a alguien a quien ella no podía ver desde allí.

-          Scheiße! Suchen Sie es im Garten! – ¡Mierda! ¡Buscalo en el jardín!
El viejo canoso de cara de pómulos fuertes irradiaba furia. Apretando los nudillos y sosteniendo el cuchillo en la mano izquierda, se giró y caminó directo hacia la habitación donde estaban ellos encerrados.
Sami, que lo vio venir, retrocedió hacia atrás y gritó enloquecida cuando la puerta se abrió de par en par.




Percibió que una mano fría le palmeaba la mejilla derecha.
-          ¿Estás muerto?
Juan aulló ante el terrible dolor que sintió en su pecho. Parecía que le estaban extrayendo la carne de las costillas con un cuchillo.
-          No- atinó a responder. Parpadeó varias veces y se quedó esperando a que sus ojos enfocasen del todo la figura oscura que tenía delante suyo. El dolor lo estaba matando.
-          No te duermas. Te voy a sacar de acá y llevar con el chamán así te sana.
Juan frunció el entrecejo sin comprender lo que éste le decía.
-          Chamán…
-          Mi tribu está cerca de este jardín del infierno. – le dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia sus costados.

Intentando sentarse, Juan miró al niño - casi adolescente - de ojos negros que lo había rescatado de aquella casa llevándoselo en brazos y corriendo gran parte del camino.

-          Jardín. – dejó que las palabras se perdieran en el aire.

Un hermoso jardín en medio de la selva se hallaba ante ellos. Lleno de fuentes de agua, monos que caminaban a sus anchas y loros que sobrevolaban y se posaban sobre bancos de mármol blanco. Había pequeños senderos artificiales hechos con la vegetación de aquel lugar. Las palmeras, especie de árbol que abunda en la provincia, lograban que todo sea más exótico de lo que ya parecía. El suelo, de tierra colorada, generaban el increíble contraste de colores verdes y rojos en aquel paraíso.

Pequeñas estatuas de ángeles cupidos que portaban arcos y flechas; cubiertos de musgo o de ramas de enredaderas, y vestidos con túnicas blancas y sandalias parecían esculpidas especialmente para decorar aquel lugar salido de una imagen de fantasía.
No se percató de que se había quedado obnubilado observando aquel paisaje único hasta que escuchó la risa del guaraní detrás de él.

-          Vos ibas a ser uno de ellos si te dejaba un poco más. Por lo menos a vos te pude salvar porque escuché los gritos. Mira, ese fue el último. Tenía dos años.

Juan abrió los labios para decir algo cuando de repente notó que de la boca de una de las estatuas un hilillo de sangre coagulada y seca recorría sus labios y el cuello para terminar debajo de la túnica que cubría su pecho desnudo.

Abriendo los ojos de par en par, sintió que le bajaba la presión y se agarró de los brazos del otro chico para sostenerse cuando gimió:

-          No son estatuas.

El guaraní negó con la cabeza.

-          Son cadáveres embalsamados.


Los Espíritus de la Selva- Rocio B. Elysee- Todos los derechos reservados.

jueves, 1 de junio de 2017

Capítulo I- La Garganta del Diablo


Los estudiantes de segundo grado de primario de uno de los colegios de Posadas, capital de la provincia de Misiones, iban a tener su primera excursión al Parque Nacional Cataratas del Iguazú. Los chicos, que no eran más de veinte, cantaban y se arrodillaban en los asientos del micro para jugar entre ellos. Más de uno había ya abierto sus mochilas y convidado a sus compañeros su paquete de papas fritas o galletitas que sus padres les habían dado para la hora de la merienda.
Casi doscientos cincuenta kilómetros separaban Posadas de Puerto Iguazú en micro por la ruta doce por lo que, debido a que para los pequeños eran muchas horas de viaje y la excursión los iba a hacer caminar al menos nueve kilómetros en medio de la reserva, se contrató una noche en un hotel que el propio parque presentaba. De esta manera descansarían y retomarían hacia sus casas al día siguiente sin tener que viajar de madrugada.   
Cinco profesores y cuatro padres acompañantes iban con ellos. Estos últimos se encargaban de ir comunicando al grupo de whatsapp en qué kilómetro estaban, cuánto les faltaba por llegar y cómo se iban comportando las criaturas durante el trayecto.
-          - A ver chicos, ¡digan coatí*!
-         -  ¡Coatí!- gritaron veinte voces agudas al unísono mientras hacían gestos a la cámara de uno de los padres.
Cuando llegaron al parque, se dividieron en tres grupos, compraron las entradas en la ventanilla y esperaron a que los guías turísticos los acompañaran a iniciar el trayecto hacia la primer catarata, La Garganta del Diablo.
Caminaron por el sendero de tierra colorada rodeados de vegetación de un color verde intenso y fresco típico de la selva esquivando monos y coatíes que se les acercaban para intentar abrirles las mochilas y robarles la comida. Entre risas y gritos hacia los pequeños animales juguetones que de vez en cuando les mostraban los dientes de bronca por haberles arruinado su acto vandálico, los alumnos marcharon hacia las entrañas de la selva persiguiendo cada grupo a su guía turístico que contaba con una sombrilla de color naranja para ser reconocido fácilmente.
Cuando pensaban que todo el paseo consistía en caminar y caminar, los chicos se encontraron con una sorpresa. Como si estuviesen inmersos en una película de Indiana Jones o El Libro de la Selva, los niños abrieron los ojos al ver que estaban ante un tren pintado de verde y abierto en ambos laterales y lleno de asientos enfrentados de fierro donde cabían cuatro personas por línea. Los trenes ecológicos, como así los llamaban, eran exclusivos de la reserva y se caracterizaban por hacer las sendas del parque solo a gas.
Los guías los hicieron hacer la fila en la estación y los acomodaron en las butacas ignorando las peleas de aquellos que querían ir en los extremos de los asientos. Una vez todos sentados, ante el sonido del silbato, el tren inició su marcha. A un ritmo tranquilo, éste condujo a los pequeños a las entrañas de la reserva pasando por entre medio de los árboles cuyas ramas hacían que los chicos las apartasen a manotazos para que no les pegue en las caras o piernas. Al bordear uno de los brazos del río, un grupo de mariposas negras y azules se posaron en sus bracitos haciéndoles cosquillas.
-          - ¡Mira! ¡Tengo dos en mi mano! - exclamó una niña asombrada.
-        -  ¡Yo tres! - gritó otra.
-          - Se les acercan por el sudor. Pero no se hagan problema que no les van a hacer nada- acotó el guía muerto de risa ante sus reacciones.
Los rayos del sol de Septiembre se filtraba por los costados de los vagones e iluminaba sus tiernas caritas transpiradas. El calor húmedo los hacía llevarse una mano a la frente para secarse las gotas saladas.
-          - Tomen mucha agua chicos – decían las maestras justo cuando a lo lejos se visualizaba  la estación Garganta del Diablo.
-         - ¡Ya llegamos!- exclamaron todos haciendo que muchos turistas sonrieran ante tanta alegría.
Ni bien el tren frenó, los niños bajo el mando de las maestras y los padres acompañantes, bajaron a la estación y se volvieron a dividir como originalmente estaban en grupos para seguir a sus respectivos guías de turismo.
-          - Okey, a partir de ahora nosotros los vamos a dejar acá y nos quedamos a esperarlos  en este mismo lugar. – dijo la guía de uno de los tres contingentes de alumnos. – Van a caminar por estos puentecitos hasta llegar a la punta donde se van a encontrar con la primer catarata del día de hoy. La Garganta del diablo. - puso voz grave para decir esta última. – Les pido por favor a los papis y a las seños que no pierdan de vista a los chicos ya que los puentes son de fierro y las barandas muy bajas por lo que un simple descuido o resbalón puede ocasionar que alguno de ustedes desaparezca y muera ahogado en el río.
Silencio absoluto. Al rato todos asintieron, más asustados que con sentimiento de responsabilidad.
-          -  Cuidemos la naturaleza, no la dañemos. No tiren papelitos al piso ni al agua. Mantengan bien sujetas las cámaras de fotos y no corran por los puentes. El trayecto de acá a la catarata es muy largo. Casi tres kilómetros, así que chicos – se agachó hasta ponerse a la altura de dos niñas – que se diviertan.
-          - ¡Wohoo! – gritaron y salieron despavoridos hacia el puente.
El grupo de la seño Silvia constaba de siete niños - tres niñas y cuatro varones - más una madre acompañante. Todos juntos fueron hasta donde el puente cruzaba un ancho brazo del río para quedarse a admirar la eterna paz del agua correr y chocar contra las rocas. Habrían estado mucho más tiempo allí pero recordaron que algo mucho más impresionante los estaba esperando un par de kilómetros adelante, por lo que decidieron continuar.
El recorrido es tan hermoso y salvaje, como cuando encontraron un pequeño descanso en medio de un grupo de árboles lleno de tucanes y loros de colores, que el trayecto hasta la boca de la cascada se les hizo muy rápido. Cuando volvieron a caminar sobre el brazo del río, oyeron un ruido muy distinto al que habían escuchado antes. El sonido del agua correr era diferente.
-         - ¡Allá, mirá! ¡Hay un remolino en esa punta del río! -  le gritó un niño a su compañero quien estaba reclinado sobre la baranda de fierro.
Y así fue como descubrieron el inicio de la majestuosidad. La garganta del diablo.
Los dos chicos corrieron por el puente empujando extrajeros vestidos con pilotos de lluvia y se acercaron al grupo de turistas que se concentraban en un sector del mirador del centro de la cascada. Se escabulleron entre las piernas de la multitud y quedaron en primera fila para admirar semejante espectáculo.
-         - Wuauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu – gritaron al unísono sin importarles que el agua que caía de la catarata y que generaba vapor los mojara de la cabeza a los pies.
Uno de ellos inmediatamente se imaginó saltar desde aquellas rocas cubiertas de musgo atrapadas entre ambas corrientes de agua. Sería mágico si eso pudiera hacerlo ahora… o algún día.
-         - ¡Hola pibis!-  Dijeron dos compañeritas de ellos que se les unieron en la baranda.
El más bajito de los dos las saludo con la cabeza sin quitar la vista del frente.
-        - La seño nos dijo que nos espera atrás de esta gente.
El segundo niño alzó los ojos al cielo y bufó. ¿Por qué esa mocosa tenía que ser tan nerd en todo? Se giró y comprobó que realmente allí se encontraba su señorita Silvia que charlaba con la mamá de uno de sus compañeros que estaba en otro de los grupos.
Un hombre con una cámara se acercó por detrás y comenzó a tomar fotos al paisaje.  Al notar que los cuatro niños lo miraban un poco enojados por cómo los había empujado hacia adelante para hacer sus tomas, el señor bajó la cámara y les sonrió amablemente.
-        - Disculpen criaturas, justo me empujaron de atrás y me caí hacia adelante. – miró fijamente sus tiernas caras.
El varoncito de pelo castaño claro, no el bajito, alzó los hombros y se giró justo cuando el hombre les dice:
-          - ¿Vienen con una excursión?
Notó cómo los ojos de la niña que tenía a su izquierda brillaban contentos.
-         - ¡Sí! Venimos de la escuela número quince de Posadas. Yo me llamo Clara y ella es Sami y él es Guille y él es Juan que tiene un perro re lindo que se lo trajeron sus tíos ricos de Buenos Aires.
Ante la atenta mirada del hombre que les sonreía divertido, la pequeña no paró de hablar hasta que éste la interrumpió:
-         - ¿Quieren que les saque una foto? Soy fotógrafo del parque. Miren – se señaló un cartelito plastificado que tenía colgado en su cuello. Me llamo José. Como son mis amigos les voy a hacer un regalo. ¡Una foto impresa a cada uno con las cataratas a sus espaldas! ¿Qué les parece?
Cuatro pares de ojos lo observaron ilusionados.
-        - ¡Sí! -  dijeron mientras se acomodaban en la baranda y miraban el enorme aparato negro.
Luego de un par de tomas, el señor José les sonrió y les comentó la posibilidad de que lo vayan a visitar con sus maestras a la salida que él iba a revelar las fotos y se las iba a entregar a la salida del parque.
Asintiendo, los jóvenes vieron al hombre alejarse y se quedaron un rato más admirando la catarata hasta que la seño los fue a buscar para regresar hasta el punto de encuentro con la guía y e ir a conocer las demás atracciones.
Para las cinco de la tarde, y luego de haber recorrido los otros dos circuitos que tenía el parque, los guías se despidieron y las seños con los padres se quedaron un rato más en el pequeño centro comercial cercano a la entrada para que los chicos compren recuerditos.
-          - ¡Hey! ¡No nos olvidemos de nuestra foto! - le dijo Guille a Juan. Y luego a Clara y a Sami. - ¿Vamos a la salida a buscar las fotos? Mira, allá está el puesto que dijo el señor donde iba a estar. ¿Vamos? Vamooos. Total ya nos estamos yendo y nos encontramos con los demás en los micros.
Ante una idea espléndida, los cuatro chicos corrieron y fueron hasta el pequeño local a la salida del parque. Nadie los vio salir, ni siquiera los guardias que estaban tras los molinetes. Allá, en Misiones, no hay nada de lo que preocuparse… porque no hay problemas.
Cuando los pequeños dieron con el local, lo encontraron cerrado.
-         - ¡Chicos!- oyeron que una voz grave los llamaba.
Al girarse, se encontraron con el fotógrafo José que estaba guardando sus equipos en una vieja traffic verde ploteada con una publicidad del Parque.
-         - Vengan que acá les separé las fotos- les dijo mientras se internaba en el portón lateral de la camioneta y sacaba un folio lleno de retratos.
Las revisó todas, pero en ninguna de ellas estaba la de ellos.
-         - Yo te ayudo. – le dijo Juan subiéndose a la camioneta con él.
-         -  Gracias campeón, tienen que estar por acá. Yo las imprimí recién.
Sin subirse, los otros niños los observaban.
-         - Acá están-exclamó Juan que se giró para mostrarles a sus amigos su hallazgo.
-        -  ¡Genial! – anunció José que se bajó de la camioneta y se puso detrás de los alumnos –  Ahora él nos va a sacar una foto. ¡Deci Whisky!
El fotógrafo sacó de su espalda una pistola y le disparó a Juan en el pecho haciéndolo retroceder y caer de lleno sobre una pila de fotografías sin nylon protector.
No hubo tiempo para gritar o siquiera reaccionar, porque cuando los chicos se quisieron dar cuenta, los tres ya estaban arriba de la camioneta junto a su amigo quien luchaba por respirar.
Oyeron el ruido de la puerta del conductor cerrarse.
Y la camioneta arrancó.








Notas: 


·         Coatí: pequeño mamífero omnívoro que presenta cola alargada, fuertes uñas que le permiten trepar a los árboles y una trompa similar a la de los osos hormigueros. Su pelaje de castaño tirando al rojizo. 

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