Entraron a la casa haciendo añicos la puerta de madera.
Miles de astillas cayeron al suelo sin impedir el paso alborotado de treinta
guaraníes armados hasta los dientes. De los cinco chicos que encabezaban el
ataque, uno de ellos fue el primero en entrar sin medir el peligro de que el viejo
le disparara con la escopeta. No le importó que aquel tipo se hubiese
escondido, él solo quería recatar a los niños.
Sintió a sus espaldas que uno de sus compañeros se le
adelantaba y comenzaba a revisar las habitaciones mientras él continuaba
observando la cocina, que era el primer lugar con el que uno se topaba al
entrar a la casa.
La cocina era sencilla; con una mesa alargada y de puntas
redondeadas vestida con un mantel amarillento y agujereado. Había un par de
cargadores de escopeta esparcidos en ella y dos pañuelos de papel sucios de
hollín. Como si su dueño hubiese estado limpiando el arma antes de dispararles.
Hacia su izquierda se encontraba una mesada chica con dos
hornallas oxidadas que yacían apagadas con una pava de acero por encima de una
de ellas, y una alacena repleta de latas de conserva.
Vio una heladera blanca vieja y grande, con manija de metal
en forma de gancho para arriba. A su lado, una cortina hecha de hojas
artificiales que colgaban de un hilo tanza en forma vertical. Por ella se podía
vislumbrar el jardín de arbustos podados y fuentes de aguas danzantes;
decoradas por las estatuas de los niños que el alemán había matado y
embalsamado. Bajo la luz de la luna, aquel escenario lograba una vista
terrorífica. Como si aquellas criaturas fallecidas en cualquier momento
comenzaran a correr tales muñecos de cera a cuerda.
Sintiendo escalofríos, se sobresaltó cuando oyó que uno de
sus compañeros le gritaba a lo lejos.
- ¡Newen!
¡Encontramos a uno de ellos! - Levantó la cabeza y asintió caminando en
dirección hacia donde su amigo se encontraba.
A medida que se acercaba iba vislumbrando el cuerpo de una
niña arrodillada contra el marco de la puerta de una de las habitaciones del
pasillo que conectaba con la cocina.
La pequeña los miraba asustada sin dejar de apretar la
madera con sus diminutas manos. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza que
ejercía.
Newen se le acercó suavemente y se arrodilló a su lado.
- No hay
más chicos. Es la única. – escuchó que le decían.
- Bien-
susurró volviéndose hacia la chiquilla tratando de que ésta lo mirase. Cuando
lo logró, le preguntó delicadamente si sabía si estaban solos y si había más
niños allí.
Ella se lo quedó observando unos segundos hasta que negó con
la cabeza.
- Se fue
por allí- señaló con el dedo la cortina de hojas que daba al jardín.
El joven guaraní miró
a su colega quien ya estaba dando órdenes a los demás para ir hacia los
jardines. Cuando éstos salieron, se volteó hacia la nena y le sonrió.
- Tu amigo
Juan está con nosotros. Lo estamos cuidando. Vinimos a rescatarte.
La infanta abrió los ojos de par en par y lo miró asombrada.
Luego, se sorbió la nariz con el brazo haciendo que los rizos despeinados de su
colita se esparcieran por sus mejillas sucias y mojadas de lágrimas.
Newen se paró y le tendió una mano para que se levantase.
Mirándolo con miedo y desconfianza, la pequeña lo acompañó hasta que se
encontraron afuera con los demás guaraníes.
Sus ojos iban de rostro en rostro. Ya no sabía en quiénes
creer, porque aquellas personas que fueron buenos con ella, habían hecho cosas
muy malas.
El cric cric de la madera al quemarse la hizo girar para ver
cómo la casa donde la habían mantenido cautiva ardía bajo un fuego que no
tardaría en expandirse.
- Llevémosla
con el chamán. - acotó un joven cuya respuesta fue muy bienvenida por el grupo.
Empezaron todos a caminar en dirección a la arboleda y, a
medida que los cuerpos de los muchachos se perdían en la oscuridad de la jungla,
la chiquilla le dio un último vistazo a la casa que ardía por completo.
Desde la puerta, un niño la saludaba sonriente mientras era
consumido por las llamas.
Sami se despertó cuando el grito de unos jóvenes la
sobresaltaron. Habían entrado a la casa. Miró hacia ambos lados y, ni bien vio
que un muchacho morocho caminaba por la cocina, no lo dudó y a la primera de
cambio corrió hasta donde su captor se había escapado con su amiga. Correteó
por el jardín sin pararse a ver a los niños embalsamados y siguió las huellas
húmedas impresas en el barro.
Sin aminorar la marcha, Sami no dejó de correr hasta oír a
lo lejos un motor que se encendía.
Cuando vio que una camioneta salía de atrás de unos árboles
y se dirigía hacia el interior de la selva, no lo dudó y comenzó a perseguirla.
En medio de la oscuridad, lo único que podía prestarle de luz eran los faroles
traseros del Jeep.
Sin parar un segundo por miedo a perder la camioneta que ya
le llevaba bastante ventaja, Sami se apuró y se llevó puesta una rama que la
hizo caer hacia atrás e irse de costado resbalando por una pendiente de barro.
Rodó entre piedras y hojas hasta detenerse sobre las raíces de un árbol viejo y
grande.
Su espalda le dolía a rabiar y su respiración agitada era lo
único que la hacía darse cuenta de que todavía no había muerto. Cuando levantó
la cabeza y visualizó que allá a lo lejos a bastantes metros por encima de ella
las luces de la camioneta se extinguían a medida que continuaba su camino por
entre medio de las cuevas de follaje, gimió y comenzó a llorar haciéndose una
bolita en el barro pegajoso.
Estaba a oscuras porque ni la luz de la luna se filtraba
entre tanta vegetación.
No tenía que haberse escapado de la casa. No tenía que haber
huido de esos hombres.
A lo mejor ellos eran buenos y la iban a ayudar.
A lo mejor…
Al llegar a la aldea, los jóvenes llevaron a la niña hacia
la carpa donde estaba el chamán atendiendo a Juan. Ni bien abrieron la puerta y
vieron que el hombre estaba terminando de vendarle el torso, Newen se acercó al
camastro y le sonrió feliz por lo que habían logrado.
- Hemos
rescatado a una de tus amigas.
Haciéndose el chamán a un lado, Juan observó a la criatura
que yacía frente a él. Se reacomodó mejor entre las sábanas sentándose del todo
y miró al guaraní que lo había salvado sin entender lo que sucedía.
- ¿Quién
es ella? - le preguntó.
Newen frunció el ceño y se giró para ver de reojo a la nena.
- Una de
tus amigas- repitió. Ahora no tan seguro como antes.
Juan se quedó un rato callado. Luego de unos segundos, le
respondió con voz nerviosa:
- Ella no
es ninguna de mis dos amigas.
El estallido de la puerta mosquitero al abrirse y golpear la
pared hizo que cinco policías que estaban jugando a los naipes dejaran todo y
se acomodaran en las sillas para atender a aquel hombre alto que había entrado en
la comisaría. De aspecto serio y rasgos duros, el individuo se inclinó sobre la
mesa y los miró fijamente.
- Yo sé
quién tiene secuestrados a los chicos de Posadas.
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