jueves, 8 de junio de 2017

Capítulo II - El Jardín de la Selva



-          - ¡Te dije que no les dispares! ¿Y ahora cómo hago para cerrarle la herida sin dejarle una cicatriz? - gritó el hombre canoso desesperado levantándose de la silla de madera de la cocina y caminando apresurado hacia la camioneta estacionada en la entrada de la casa.

-        -   Pss, ¿para qué querés dejarle la piel sin marcas si después lo vas a vestir?- le respondió el falso fotógrafo del parque quien comenzó a seguir al hombre mayor.

Acercándose al portón de la traffic, el viejo se giró y fijó sus duros ojos azules en los suyos interrogándolo.

-        -   Ya los encerré. – le contestó-  Solo dejé acá al que le disparé. Igual está re muerto eh.

Abriendo el portón de costado, observaron a la criatura herida. El pequeño yacía de espaldas con una manito en su corazón mientras respiraba con dificultad. Los ojitos le brillaban nublados mientras luchaba por mantenerlos abiertos.

-          - Perdió mucha sangre. No le doy ni cinco minutos más.

Asintiendo, el viejo lo observó unos segundos más.

-       -    La está peleando en vano. – Se giró y caminó hasta la casa. – Decime como son los otros.
-          Tengo dos niñas y varón. Son un poco aguerridos por lo que me costó mucho dormirlos un rato. Están en la pieza de la derecha.

Un gruñido le hizo saber que el viejo lo había escuchado. Cuando entraron a la casa y se sentaron en la mesa de la cocina; estiraron las piernas y se miraron mutuamente en silencio.

-          - ¿Mate? ¿Té? ¿Qué te convido?

El fotógrafo declino la invitación con la mano justo cuando el otro se estiraba de la silla y agarraba un papel de la mesada para tendérselo.  

-Necesito que me traigas esto del pueblo.- lo escudriño con la mirada mientras leía la lista.

-         -  Te lo alcanzo mañana al mediodía. – le respondió guardándose el papel en el bolsillo del pantalón. - Pero lo que necesito que hagas ahora es que me ayudes a sacar el cuerpo del pibe de la camioneta porque no puedo ir al pueblo así. A ver si me llega a parar algún control policial, ¿y yo que hago? ¿De qué me disfrazo?

Maldiciendo en voz baja, el anciano que llevaba puesto un pantalón color caqui, una remera blanca agujereada y un delantal de cocina blanco sucio y viejo; se levantó de la mesa y avanzó hasta la camioneta. Sin mirar hacia el interior, le gritó al fotógrafo que le alcanzara una toalla para envolver a la criatura que ya había dejado de respirar.

 ---

-          - ¿Qué ves? – le preguntó Sami a Clara. Esta le respondió levantándole los hombros.

-         - Creo que estamos en un hospital porque a Juan lo dejaron en una camilla.

-      -     A ver correte - le dijo Sami empujándola hacia un costado para ella poder mirar por la cerradura.
Cerrando un ojo y abriendo el otro, investigó a través del agujero que su amigo se encontraba recostado contra una mesa cubierta por un mantel blanco repleto de manchas amarillas. 

-        -   Juan…

Se oyó a sus espaldas una voz quebradiza. Se giraron de repente para ver cómo su amigo Guille se despertaba de a poco. Clara se le acercó gateando.

-       -    ¿Estás bien?

Guille asintió llevándose una mano a la frente. Sentía que su cabeza iba a reventar de lo que le dolía. Recostándose contra la pared, estiró una pierna y apoyó su mano izquierda en la rodilla que tenía flexionada. Suspiró y entreabrió los ojos para mirar de soslayo el cuerpo arrodillado de Sami junto a la puerta.

-       -   ¿Qué hay?- gimió dolorido.

Clara lo estudió unos segundos para luego recostarse a su lado. Juntó su cabeza a la de él y observaron a Sami desde el otro extremo de la habitación.

-      -    Lo están atendiendo. Hay un doctor viejo.

Guille frunció el ceño e hizo el ademán de levantarse del suelo. Un poco mareado, se inclinó hacia la pared para sostenerse mientras caminaba en dirección a su compañera. Al llegar a su lado, ocupó el lugar que ésta le había cedido. Cerró un ojo y puso el otro en la cerradura. Y su mirada conectó con los ojos llorosos y sufridos de su amigo quien estaba tendido de espaldas en la mesa.  Con la remera rasgada por la mitad, el pantalón cubierto de manchas bordó y la cabeza echada hacia un costado mirando en su dirección. 

Como si supiera que ellos estaban allí.

Cuando el doctor se acercó al pecho de la criatura y levantó suavemente un cuchillo como los que usan los cirujanos en las películas de terror que ve su hermana, Guille comprendió todo. Se tiró hacia atrás y se abalanzó hacia la puerta golpeándola con ambos nudillos.

-        -  ¡Lo quiere matar! ¡Auxilio! ¡Sáquennos de acá! ¡Juan! - gritó con voz desgarrada llorando descontroladamente y en un estado de euforia que lo encegueció hasta notar que la madera se manchaba de sangre. De su sangre.

La sangre de sus dedos quebrados.

Sami lo contemplaba asustada sin entender qué era lo que ocurría. Clara corrió hasta ponerse a su lado e intentó calmarlo.

Lo que parecieron horas, eternos minutos cargados de dolor y desesperación, para Guille fue un interminable vacío cuando vio que el doctor dejaba de cortarlo y se alejaba de la mesa quitándose los guantes.

Fue en ese segundo, cuando éste juró ver que los ojos perdidos de Juan enfocaban los suyos por última vez con una tímida sonrisa en su rostro.

Hasta desvanecerse por completo.


 ---

-        -  Guille, ¿estás bien?

El niño abrió los ojos y vio cómo figuras distorsionadas de colores se fusionaban en aquellos que lo contemplaban asustados.

Apretando los párpados, se inclinó hacia adelante y sintió que alguien lo sujetaba por detrás para que no se cayera del todo. Entreabrió los ojos y sintió que sus pantaloncitos cortos estaban mojados y… olían horrible.

-         - Me… vomité encima.

Sami asintió y lo ayudó a recostarse contra el suelo. Estaba tan perdido y mareado que se iba de costado y se sobresaltaba al notar que perdía el equilibrio mientras lo hacían tenderse sobre el piso. Tenía las manos congeladas y sudaba sin parar.
Ni bien lo habían visto vomitar y desmayarse, las dos niñas lo sacaron de al lado de la puerta y lo llevaron hasta el otro extremo del cuarto. 

-        -  Juan.

Clara lo hizo callar mientras lo abanicaba con ambas manos.
Sami miro a Clara comunicándole qué era lo que pensaba hacer. Asintiéndole con un parpadeo, observó cómo la niña se levantaba y gateaba esquivando el suelo mojado y sucio y se sentaba a espiar.

 El pasillo era oscuro y tenuemente iluminado por los rayos del sol que se filtraban por una puerta abierta de una habitación de la derecha. Las paredes, que en algún momento fueron blancas, tenían hoy el revoque caído por la humedad dándoles un aspecto tétrico. Y al fondo, no muy lejos de donde ellos estaban encerrados, yacía el cuerpo de su amigo.
Sami se llevó una mano a la boca para amortiguar el sollozo. Juan yacía allí. Sin vida.

Y con los ojos fijos en los de ella… Esos  que ya no veían.

Le dio un puñetazo a la pared indignada y dolida por todo lo que habían presenciado, llevándose luego los nudillos a la boca. El silencio que se presenciaba del otro lado contrarrestaba con el de los gemidos y aullidos ahogados de sus compañeros.  No quería dejar de ver la escena. No podía apartar la mirada del cadáver porque no creía que todo aquello había sucedido. No.

Todavía él podía respirar, ¿no? Él podía seguir estando vivo…

Un movimiento detrás de Juan captó su atención. Su corazón comenzó a latir con una fuerza sobrenatural cuando una sombra oscura se acercó al pequeño difunto y lo estudió detenidamente.

… La muerte lo vino a buscar… recordó la frase que su abuela le había dicho cuando su perrito Falucho había fallecido el año anterior.

…La muerte… tenía la figura de un niño semidesnudo. De rasgos duros y serios como los de los…

Sami gimió cuando este ser extraño lo alzó en brazos, miró hacia ambos lados y echó a correr como si de una flecha se tratase.

-        -  Se lo roba – susurró perpleja.

Minutos más tarde presenció cómo el doctor notaba la ausencia del cuerpo y comenzaba a gritarle palabras extrañas a alguien a quien ella no podía ver desde allí.

-          Scheiße! Suchen Sie es im Garten! – ¡Mierda! ¡Buscalo en el jardín!
El viejo canoso de cara de pómulos fuertes irradiaba furia. Apretando los nudillos y sosteniendo el cuchillo en la mano izquierda, se giró y caminó directo hacia la habitación donde estaban ellos encerrados.
Sami, que lo vio venir, retrocedió hacia atrás y gritó enloquecida cuando la puerta se abrió de par en par.




Percibió que una mano fría le palmeaba la mejilla derecha.
-          ¿Estás muerto?
Juan aulló ante el terrible dolor que sintió en su pecho. Parecía que le estaban extrayendo la carne de las costillas con un cuchillo.
-          No- atinó a responder. Parpadeó varias veces y se quedó esperando a que sus ojos enfocasen del todo la figura oscura que tenía delante suyo. El dolor lo estaba matando.
-          No te duermas. Te voy a sacar de acá y llevar con el chamán así te sana.
Juan frunció el entrecejo sin comprender lo que éste le decía.
-          Chamán…
-          Mi tribu está cerca de este jardín del infierno. – le dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia sus costados.

Intentando sentarse, Juan miró al niño - casi adolescente - de ojos negros que lo había rescatado de aquella casa llevándoselo en brazos y corriendo gran parte del camino.

-          Jardín. – dejó que las palabras se perdieran en el aire.

Un hermoso jardín en medio de la selva se hallaba ante ellos. Lleno de fuentes de agua, monos que caminaban a sus anchas y loros que sobrevolaban y se posaban sobre bancos de mármol blanco. Había pequeños senderos artificiales hechos con la vegetación de aquel lugar. Las palmeras, especie de árbol que abunda en la provincia, lograban que todo sea más exótico de lo que ya parecía. El suelo, de tierra colorada, generaban el increíble contraste de colores verdes y rojos en aquel paraíso.

Pequeñas estatuas de ángeles cupidos que portaban arcos y flechas; cubiertos de musgo o de ramas de enredaderas, y vestidos con túnicas blancas y sandalias parecían esculpidas especialmente para decorar aquel lugar salido de una imagen de fantasía.
No se percató de que se había quedado obnubilado observando aquel paisaje único hasta que escuchó la risa del guaraní detrás de él.

-          Vos ibas a ser uno de ellos si te dejaba un poco más. Por lo menos a vos te pude salvar porque escuché los gritos. Mira, ese fue el último. Tenía dos años.

Juan abrió los labios para decir algo cuando de repente notó que de la boca de una de las estatuas un hilillo de sangre coagulada y seca recorría sus labios y el cuello para terminar debajo de la túnica que cubría su pecho desnudo.

Abriendo los ojos de par en par, sintió que le bajaba la presión y se agarró de los brazos del otro chico para sostenerse cuando gimió:

-          No son estatuas.

El guaraní negó con la cabeza.

-          Son cadáveres embalsamados.


Los Espíritus de la Selva- Rocio B. Elysee- Todos los derechos reservados.

No hay comentarios :

Publicar un comentario