- - ¡Te dije que no les dispares! ¿Y ahora cómo hago para
cerrarle la herida sin dejarle una cicatriz? - gritó el hombre canoso
desesperado levantándose de la silla de madera de la cocina y caminando
apresurado hacia la camioneta estacionada en la entrada de la casa.
- - Pss, ¿para qué querés dejarle la piel sin marcas si
después lo vas a vestir?- le respondió el falso fotógrafo del parque quien
comenzó a seguir al hombre mayor.
Acercándose al portón de la traffic, el viejo se giró
y fijó sus duros ojos azules en los suyos interrogándolo.
- - Ya los encerré. – le contestó- Solo dejé acá al que le disparé. Igual está
re muerto eh.
Abriendo el portón de costado, observaron a la
criatura herida. El pequeño yacía de espaldas con una manito en su corazón
mientras respiraba con dificultad. Los ojitos le brillaban nublados mientras
luchaba por mantenerlos abiertos.
- - Perdió mucha sangre. No le doy ni cinco minutos más.
Asintiendo, el viejo lo observó unos segundos más.
- - La está peleando en vano. – Se giró y caminó hasta la
casa. – Decime como son los otros.
-
Tengo dos niñas y varón. Son un poco aguerridos por lo
que me costó mucho dormirlos un rato. Están en la pieza de la derecha.
Un gruñido le hizo saber que el
viejo lo había escuchado. Cuando entraron a la casa y se sentaron en la mesa de
la cocina; estiraron las piernas y se miraron mutuamente en silencio.
- - ¿Mate? ¿Té? ¿Qué te convido?
El fotógrafo declino la
invitación con la mano justo cuando el otro se estiraba de la silla y agarraba
un papel de la mesada para tendérselo.
-Necesito que me traigas esto del
pueblo.- lo escudriño con la mirada mientras leía la lista.
- - Te lo alcanzo mañana al mediodía. – le respondió
guardándose el papel en el bolsillo del pantalón. - Pero lo que necesito que
hagas ahora es que me ayudes a sacar el cuerpo del pibe de la camioneta porque
no puedo ir al pueblo así. A ver si me llega a parar algún control policial, ¿y
yo que hago? ¿De qué me disfrazo?
Maldiciendo en voz baja, el
anciano que llevaba puesto un pantalón color caqui, una remera blanca
agujereada y un delantal de cocina blanco sucio y viejo; se levantó de la mesa
y avanzó hasta la camioneta. Sin mirar hacia el interior, le gritó al fotógrafo
que le alcanzara una toalla para envolver a la criatura que ya había dejado de
respirar.
- - ¿Qué ves? – le preguntó Sami a Clara. Esta le respondió levantándole los hombros.
- - Creo
que estamos en un hospital porque a Juan lo dejaron en una camilla.
- - A ver
correte - le dijo Sami empujándola hacia un costado para ella poder mirar por
la cerradura.
Cerrando
un ojo y abriendo el otro, investigó a través del agujero que su amigo se
encontraba recostado contra una mesa cubierta por un mantel blanco repleto de
manchas amarillas.
- - Juan…
Se
oyó a sus espaldas una voz quebradiza. Se giraron de repente para ver cómo su
amigo Guille se despertaba de a poco. Clara se le acercó gateando.
- - ¿Estás
bien?
Guille
asintió llevándose una mano a la frente. Sentía que su cabeza iba a reventar de
lo que le dolía. Recostándose contra la pared, estiró una pierna y apoyó su
mano izquierda en la rodilla que tenía flexionada. Suspiró y entreabrió los
ojos para mirar de soslayo el cuerpo arrodillado de Sami junto a la puerta.
- - ¿Qué
hay?- gimió dolorido.
Clara
lo estudió unos segundos para luego recostarse a su lado. Juntó su cabeza a la
de él y observaron a Sami desde el otro extremo de la habitación.
- - Lo
están atendiendo. Hay un doctor viejo.
Guille
frunció el ceño e hizo el ademán de levantarse del suelo. Un poco mareado, se
inclinó hacia la pared para sostenerse mientras caminaba en dirección a su
compañera. Al llegar a su lado, ocupó el lugar que ésta le había cedido. Cerró
un ojo y puso el otro en la cerradura. Y su
mirada conectó con los ojos llorosos y sufridos de su amigo quien estaba
tendido de espaldas en la mesa. Con la
remera rasgada por la mitad, el
pantalón cubierto de manchas bordó y la cabeza echada hacia un costado mirando
en su dirección.
Como si supiera que ellos estaban allí.
Cuando
el doctor se acercó al pecho de la criatura y levantó suavemente un cuchillo
como los que usan los cirujanos en las películas de terror que ve su hermana,
Guille comprendió todo. Se tiró hacia atrás y se abalanzó hacia la puerta
golpeándola con ambos nudillos.
- - ¡Lo
quiere matar! ¡Auxilio! ¡Sáquennos de acá! ¡Juan! - gritó con voz desgarrada
llorando descontroladamente y en un estado de euforia que lo encegueció hasta
notar que la madera se manchaba de sangre. De su sangre.
La
sangre de sus dedos quebrados.
Sami
lo contemplaba asustada sin entender qué era lo que ocurría. Clara corrió hasta
ponerse a su lado e intentó calmarlo.
Lo
que parecieron horas, eternos minutos cargados de dolor y desesperación, para
Guille fue un interminable vacío cuando vio que el doctor dejaba de cortarlo y
se alejaba de la mesa quitándose los guantes.
Fue
en ese segundo, cuando éste juró ver que los ojos perdidos de Juan enfocaban
los suyos por última vez con una tímida sonrisa en su rostro.
Hasta
desvanecerse por completo.
---
- - Guille,
¿estás bien?
El niño abrió los ojos y vio cómo figuras
distorsionadas de colores se fusionaban en aquellos que lo contemplaban
asustados.
Apretando los párpados, se inclinó hacia
adelante y sintió que alguien lo sujetaba por detrás para que no se cayera del
todo. Entreabrió los ojos y sintió que sus pantaloncitos cortos estaban mojados
y… olían horrible.
- - Me…
vomité encima.
Sami asintió y lo ayudó a recostarse contra el
suelo. Estaba tan perdido y mareado que se iba de costado y se sobresaltaba al
notar que perdía el equilibrio mientras lo hacían tenderse sobre el piso. Tenía
las manos congeladas y sudaba sin parar.
Ni bien lo habían visto vomitar y desmayarse,
las dos niñas lo sacaron de al lado de la puerta y lo llevaron hasta el otro
extremo del cuarto.
- - Juan.
Clara lo hizo callar mientras lo abanicaba con
ambas manos.
Sami miro a Clara comunicándole qué era lo que
pensaba hacer. Asintiéndole con un parpadeo, observó cómo la niña se levantaba
y gateaba esquivando el suelo mojado y sucio y se sentaba a espiar.
El
pasillo era oscuro y tenuemente iluminado por los rayos del sol que se
filtraban por una puerta abierta de una habitación de la derecha. Las paredes,
que en algún momento fueron blancas, tenían hoy el revoque caído por la humedad
dándoles un aspecto tétrico. Y al fondo, no muy lejos de donde ellos estaban
encerrados, yacía el cuerpo de su amigo.
Sami se llevó una mano a la boca para
amortiguar el sollozo. Juan yacía allí. Sin vida.
Y con los ojos fijos en los de ella… Esos que ya no veían.
Le dio un puñetazo a la pared indignada y
dolida por todo lo que habían presenciado, llevándose luego los nudillos a la
boca. El silencio que se presenciaba del otro lado contrarrestaba con el de los
gemidos y aullidos ahogados de sus compañeros.
No quería dejar de ver la escena. No podía apartar la mirada del cadáver
porque no creía que todo aquello había sucedido. No.
Todavía él podía respirar, ¿no? Él podía seguir
estando vivo…
Un movimiento detrás de Juan captó su atención.
Su corazón comenzó a latir con una fuerza sobrenatural cuando una sombra
oscura se acercó al pequeño difunto y lo estudió detenidamente.
… La muerte lo vino a buscar… recordó la frase que su abuela le
había dicho cuando su perrito Falucho había fallecido el año anterior.
…La muerte… tenía la figura de un niño semidesnudo. De
rasgos duros y serios como los de los…
Sami gimió cuando este ser extraño lo alzó en
brazos, miró hacia ambos lados y echó a correr como si de una flecha se
tratase.
- - Se
lo roba – susurró perpleja.
Minutos más tarde presenció cómo el doctor
notaba la ausencia del cuerpo y comenzaba a gritarle palabras extrañas a
alguien a quien ella no podía ver desde allí.
-
Scheiße! Suchen Sie es im Garten! – ¡Mierda! ¡Buscalo
en el jardín!
El viejo canoso de cara de pómulos fuertes irradiaba furia.
Apretando los nudillos y sosteniendo el cuchillo en la mano izquierda, se giró
y caminó directo hacia la habitación donde estaban ellos encerrados.
Sami, que lo vio venir, retrocedió hacia atrás y gritó
enloquecida cuando la puerta se abrió de par en par.
Percibió que una mano fría le palmeaba la mejilla derecha.
-
¿Estás muerto?
Juan aulló ante el terrible dolor que sintió en su pecho.
Parecía que le estaban extrayendo la carne de las costillas con un cuchillo.
-
No- atinó a responder. Parpadeó varias veces y se quedó
esperando a que sus ojos enfocasen del todo la figura oscura que tenía delante
suyo. El dolor lo estaba matando.
-
No te duermas. Te voy a sacar de acá y llevar con el
chamán así te sana.
Juan frunció el entrecejo sin comprender lo que éste le
decía.
-
Chamán…
-
Mi tribu está cerca de este jardín del infierno. – le
dijo haciendo un gesto con la cabeza hacia sus costados.
Intentando sentarse, Juan miró al niño - casi adolescente -
de ojos negros que lo había rescatado de aquella casa llevándoselo en brazos y
corriendo gran parte del camino.
-
Jardín. – dejó que las palabras se perdieran en el
aire.
Un hermoso jardín en medio de la selva se hallaba ante
ellos. Lleno de fuentes de agua, monos que caminaban a sus anchas y loros que
sobrevolaban y se posaban sobre bancos de mármol blanco. Había pequeños senderos
artificiales hechos con la vegetación de aquel lugar. Las palmeras, especie de
árbol que abunda en la provincia, lograban que todo sea más exótico de lo que
ya parecía. El suelo, de tierra colorada, generaban el increíble contraste de
colores verdes y rojos en aquel paraíso.
Pequeñas estatuas de ángeles cupidos que portaban arcos y
flechas; cubiertos de musgo o de ramas de enredaderas, y vestidos con túnicas
blancas y sandalias parecían esculpidas especialmente para decorar aquel lugar
salido de una imagen de fantasía.
No se percató de que se había quedado obnubilado observando
aquel paisaje único hasta que escuchó la risa del guaraní detrás de él.
-
Vos ibas a ser uno de ellos si te dejaba un poco más.
Por lo menos a vos te pude salvar porque escuché los gritos. Mira, ese fue el
último. Tenía dos años.
Juan abrió los labios para decir algo cuando de repente notó
que de la boca de una de las estatuas un hilillo de sangre coagulada y seca
recorría sus labios y el cuello para terminar debajo de la túnica que cubría su
pecho desnudo.
Abriendo los ojos de par en par, sintió que le bajaba la
presión y se agarró de los brazos del otro chico para sostenerse cuando gimió:
-
No son estatuas.
El guaraní negó con la cabeza.
-
Son cadáveres embalsamados.
Los Espíritus de la Selva- Rocio B. Elysee- Todos los derechos reservados.
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