viernes, 28 de julio de 2017

¡Entramos al ranking de las mil mejores novelas!


La enorme satisfacción de que tu libro, Los Espíritus de la Selva, entró al ranking mundial de las 1000 mejores novelas de Wattpad en la categoría Misterio/Suspenso. ¡Y en el puesto #454!
¡Lo hicieron ustedes otra vez! ¡Muchas gracias a todos por darme una oportunidad en sus lecturas!



jueves, 27 de julio de 2017

Capítulo IX- El protector




Emily cerró los ojos y suspiró agotada. Se puso de rodillas delante del cuerpo de chamán y parpadeó lentamente pensando de a poco qué era lo que había hecho. Sus manos, que las veía muy borrosas, yacían sobre sus muslos empapadas de sangre manchando a su vez sus pantalones de jean. 
Oía a lo lejos el llanto descocido de una niña, pero no le importó en lo más mínimo. No podía moverse, un pitido rezumbaba en sus oídos. Estaba un poco mareada y su boca se había secado. Los latidos de su corazón se intensificaban cada vez más provocándole un tenue dolor en el pecho. Percibió que algo la toqueteaba unos instantes, y que luego la sacudía de lado con fuerza. Haciéndose a un costado, Emily achinó los ojos y miró de soslayo a un joven aborigen que le hablaba… o eso creía. Sus labios se movían, como si estuvieran queriendo salir sonido de ellos, aunque sin éxito. Luego de un rato estudiándolos fijamente, pudo escuchar lo que el chico le decía. 
-          ...lo … lo… ma… mataste. – tartamudeó alejándose unos pasos de ella.
Emily sacudió la cabeza y comenzó a comprender todo. Es cierto, había matado al chamán de la aldea. Al hombre que, según lo que le dijo Juan, secuestró a los niños en las cataratas fingiendo ser un fotógrafo del parque y se los había llevado ante el dueño de la casa que los guaraníes habían incendiado unas horas antes.
Tragando saliva, se giró de costado e interpretó la escena que tenía delante de sus ojos. Una criatura llorando desconsoladamente intentando cerrar las heridas de cuchilla que tenía en su cuerpo. Sus manos, al igual que las de ella, estaban empapadas de sangre.
Aquella imagen terrorífica la impactó más de lo que pudo imaginar por lo que se arrastró hasta la criatura y rápidamente, despertándose de su estupor, comenzó a chequear que las heridas no fueran tan graves. Observó que tenía un tajo en un muslo y un corte no tan profundo en la zona abdominal.
-          Eu, vos. – le señaló al joven aborigen con la cabeza su moto. – Dejá de alejarte de mí que no te voy a hacer nada. Mejor vení y ayudame a salvarla. Traeme del baúl de la moto el botiquín de primeros auxilios. Sí, levantá el asiento que ahí va a estar.  Eh… ¿cómo te llamás?- le preguntó a la nena quien había cesado de llorar y que la observaba fascinada.
Tardó en responderle, pero al final lo hizo.
-          Sami.
Asintiendo, Emily se presentó ante ella como la médica cirujana que era y, en tono cómplice, la instó a que la ayudase recostándose sobre un colchón de hojas caídas y barro.  Un poco reticente, el guaraní le tendió un minúsculo botiquín sin siquiera mirarla. Notando esto, ella sonrió cómicamente y comenzó a sacar las vendas, aguja e hilo y el desinfectante. Ante la cara de horror de Sami al ver cómo ella le inspeccionaba la herida, Emily le dio a éste un codazo y le indicó que la distrajera mientras le limpiaba el corte del muslo.
-        A ver a ver... contanos Sami, ¿tenés mascotas en tu casa?
Y así fue como, entre charla y charla, la pequeña casi no sintió que ella le estaba cociendo las heridas y vendándolas. Cuando se quiso dar cuenta, Emily ya había dado por terminado su trabajo. Bajo la atenta mirada del aborigen, guardó sus instrumentos de nuevo en la moto. No dio un paso atrás que sintió que una mano de piel oscura le aferraba el brazo con fuerza y la retenía.  Viéndolo de reojo, Emily se quedó esperando a que el chico le hablara. Cuando lo hizo, su voz grave le dio la pauta de que aquel muchacho no era ningún jovencito. Sino que casi pasaba a ser adulto.
-        Ella va a estar bien, ¿no?
Emily lo estudió unos instantes sin desprenderse de esa mano intrusa.
-        ¿Qué diagnóstico le das? - le preguntó.
El muchacho abrió los ojos de par en par y la miró entusiasmado, algo que hizo que ella se sorprendiera ante aquel repentino cambio de humor. Se carcajeó y le dio unas palmaditas en el brazo asintiendo.
-        Si tanto sabías de medicina podías haber ido a ayudar a tus amigos que volvían lastimados de la casa quemada en vez de perseguirme hasta acá- lo picó.
Haciendo una mueca de disgusto, él soltó su brazo y caminó en dirección a la niña.  La ayudó a incorporarse y la alzó en brazos para sentarla de costado en la moto. Acto seguido inspeccionó el cuerpo tendido del chamán ensangrentado.
-        ¿Qué hacemos con él? - preguntó Emily quien vio que el chico se alejaba de ella empujando la moto por el volante.
-        ¡Que se lo coman los pumas! - gritó jocosa Sami haciéndolos reír a ambos.



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Sami se opuso a los gritos a que la trasladaran al pueblo. Quería ir con ellos a toda costa a buscar a su amiga Clara. Emily, que ya le había revisado las vendas y visto que las heridas habían dejado de sangrar, no le llevo la contra cuando ésta les dijo que si la dejaban que los acompañase los iba a guiar hasta donde Clara estaba.
El guaraní, que observaba divertido y la vez preocupado el capricho de la mocosa, miró de mala gana a la médica al momento en que ésta aceptó a que los guiase hacia su secuestrador. Acercándose a ella le recriminó por lo bajo que era una inconsciente al dejar que la chiquilla los siguiese.
-          Andate con ella entonces, yo necesito encontrar a la otra nena.
-          Y a Guille. – acotó Sami levantando su pequeño dedito en el aire.
-          Y a Guille- repitió Emily acomodando su espalda contra el tronco de un árbol y cruzándose de brazos.
El chico la fulminó con la mirada. Después de un largo rato de silencio, éste terminó asintiendo un poco ofuscado.  Con una sonrisa de oreja a oreja, Emily se le acercó y le tendió la mano.
Ante aquel gesto, el muchacho se paralizo incrédulo.
-          Vamos colega, si vas a ser el próximo chamán de la aldea te voy a necesitar fuerte para que me cures los agujeros de escopeta que voy a ganarme ni bien encontremos al viejo alemán.
Él no le dio la mano, sino que se alejó.
Sami les había contado todo lo que vivieron ellos encerrados después de que Juan se fuera. Se puso radiante de alegría al enterarse de que su amigo la esperaba en la aldea sano y salvo. A cada rato les preguntaba si tenían para comer logrando que ambos se mirasen cómplices sabiendo que esa pregunta era sinónimo de que ella se sentía bien. El sol se estaba escondiendo y la caminata los cansaba demasiado.
Por la tarde una llovizna los refrescó y les permitió saciar su sed. El calor era bastante insoportable lo que los hizo parar a relajar las piernas unas cuantas veces. Antes de que anocheciera del todo, Sami los hizo sobresaltar al gritar que había visto a lo lejos la camioneta verde del alemán. Escondiéndose detrás del follaje para no ser vistos, Emily comenzó a inspeccionar todo. Mucho más atrás de donde el Jeep se encontraba camuflado, una casa de piedra cubierta de musgo se levantaba. Salía humo de una pequeña chimenea que se perdía entre tan precaria arquitectura.
Una estatua de piedra de un niño se encontraba en la entrada a la casa.  Claramente no era hecha de mármol, sino que era de carne humana.
-          No puedo entender cómo nuestro chamán se juntaba con esta basura. - oyó que el guaraní susurraba a su derecha. Estaban ambos agachados y muy juntos por lo que el aliento de uno me mezclaba con el del otro.
Cerrando los ojos, Emily agacho la cabeza y le dijo suavemente.
-          Por favor, necesito que la nena no vea esa estatua. Mantenela alejada de ella.
Frunciendo el ceño al comprender lo que ella le intentaba decir, asintió.
Levantándose, Emily comenzó a caminar en dirección a la casa cuando una mano la frenó. Girándose de golpe, el muchacho la abrazó con fuerza.
-          No vayas sola. Espérame cerca dela camioneta que veo si la niña se durmió.
Asintiendo, se soltaron y se miraron fijamente.
-          ¿Cómo te llamas?
-          Newen.

Minutos más tarde ambos comenzaban a acercase a la casa teniendo como principal objetivo no solo rescatar a Clara, sino que además darle entierro al cadáver del niño que yacía en la entrada del lugar.  El cadáver de Guille.

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jueves, 20 de julio de 2017

Capítulo VIII- Buen viaje, colega.

Emily corrió hasta dar con la moto la cual había dejado apoyada sobre un árbol de laurel negro. Agarrándola de las manillas, le quitó de un puntapié el fierrito que la frenaba y comenzó a caminar unos metros con ella hasta encontrar un lugar donde el barro este relativamente seco y no permita que la moto se le empantane ni bien le diera marcha. Avanzo unos pasos cuando sintió una presencia detrás de ella.
Se detuvo de repente y pegó el mentón al pecho. De reojo, y sin moverse,  pudo visualizar por el espejito retrovisor que una sombra la observaba fijamente desde lo alto de un árbol a su izquierda.  Parpadeando unos segundos y tomando valor, se giró y buscó con los ojos aquellos oscuros que la espiaban detrás del follaje. Cuando dio con ellos, notó la sorpresa de la persona al ser descubierta cuando ésta apenas abrió los parpados. Emily lo estudió un largo rato admirando las facciones del chico y su cuerpo musculoso. Después de ver que el joven no se movía ni siquiera un centímetro ante su escrutinio, decidió sonreírle y volverse hacia la moto para subirse y darle arranque.
Conducir en medio de la selva no es nada fácil. Y más después de la lluvia. Constantemente tenía que andar esquivando las hojas de las  plantas salvajes y alguna que otra serpiente durmiente enroscada entre las lianas. No tenía un destino fijo, ella manejaba en cámara lenta porque quería darle lugar al aborigen que la perseguía para que la alcanzara. No quería estar sola en un lugar como aquel, por lo menos si se perdían, uno de los dos sabría cómo salir de allí.
Calculaba que eran las seis  de la mañana, más o menos. Hacía casi tres horas que los guaraníes habían ido a la casa del hombre que secuestró a los chicos para rescatarlos. Al momento en que  ella los vio regresar a la aldea con la niña pequeña completamente ensangrentada, llena de hollín y rasguñada; y escucho por parte de Juan – el niño al que habían salvado de la muerte- que ésta no era su amiga, Emily comenzó a dudar seriamente de la situación. Y de todos los allí presentes.
Ante la mirada cauta de Juan, ella se le acerco por un lado de la cama ni bien termino de vendar una manito herida de la niña, y le pidió a éste que le dijera qué era lo que había vivido un par de horas antes bajo el techo de ese monstruo. El jovencito trato de esquivarla con respuestas sin sentido al principio, pero luego cuando Emily lo tranquilizo contándole sus sospechas en tono cómplice él, mirando hacia todos lados de la choza,  le dijo lo que ella creyó saber.
Esperó a que se durmieran ambos para salir de la tienda y buscar al chamán. Al no poder encontrarlo por ninguna parte, le pregunto a un grupo de mujeres que estaban recolectando ropa para llevarla a lavar al río.
-              Se fue a enterrar los cuerpos de los que murieron recién – le respondió con pesar. Fue ahí cuando se enteró de que habían fallecido dos jóvenes  guaraníes en el intento de rescatar a los niños.
Asintiendo, Emily había corrido hasta su moto y conducido hasta donde se encontraba ahora. En medio de la selva y con un aborigen pisándole los talones. No sabía si tras la denuncia la policía iba a aparecer por allí  o no a tiempo, pero realmente esperaba que lo hicieran.
Sin aminorar la marcha notó que a su izquierda, bien a lo lejos, el humo de la casa incendiada danzaba entre las palmeras acompañado del volar de una bandada de pájaros que escapaba del fuego chillando enojados por haber irrumpido en su hogar.  De refilón vio que la sombra que la persiguió todo el trayecto se le adelantaba unos metros y que cada tanto ésta se paraba para esperar a que ella lo alcance en distancia. Llegando al mediodía, y bajo un sol radiante semi oculto por la vegetación, Emily decidió detenerse y mover un poco las piernas entumecidas.
No tenía ni una botella de agua como para beber. Estaba muerta de sed y sudaba como animal. Estiró el cuello de su remera color beige y se abanicó con ella un rato mientras se sentaba contra el canto de la moto que estaba apoyada sobre un tronco caído. Levantó la vista hacia la copa de los árboles y entrecerró los ojos ante los rayos de sol que se filtraban entre las hojas. La luz al chocar contra los lentes de sus anteojos rebotaba generando un débil arcoíris.
Sin sorprenderse, percibió que el joven que la estuvo siguiendo todo este tiempo, se recostaba contra el tronco de espaldas a ella sin dejar de mirarla de reojo. Como si tuviese miedo de que se escapara.
Oyó que la respiración del muchacho era agitada y que le costaba restablecerse del todo. Girando su cabeza para pispiar su contorno, le dijo:
-            Decime que no tenés asma porque es lo único que se no curar todavía.
Mirándola con cara de odio, el joven le iba a responder cuando de repente se oyó a lo lejos el grito de una niña.



Sami se despertó de golpe cuando sintió que alguien agarraba con muchísima fuerza su brazo y la hacía levantarse del suelo como si fuese una muñeca de trapo. El tironeo logro hacerla trastabillar y caerse de rodillas sobre el pasto mojado por la lluvia tropical. No le dio tiempo siquiera a recomponerse cuando ya la había puesto de pie.
Un poco confundida y aturdida a causa del desmayo que la hizo dormir durante horas, alzo la mirada hacia aquello que le jalaba el brazo con insistencia. Vio que era un hombre, vestido de pantalón marrón y remera azul marino; de cabello oscuro y cortado al ras. Su piel era de tono aceitunada y sus manos, por lo que ella pudo percibir en su agarre, grandes y callosas. Los pies los tenia descalzos y estaban muy embarrados, aunque no impidieron que la arrastrara unos metros hasta tirarla al suelo sobre un colchón de flores y yuyos que evitaron que no se lastimase ante el impacto de la caída.
Reincorporándose sobre sus codos, Sami que todavía estaba muy mareada por todo lo acontecido, estudió al  hombre de arriba a abajo hasta que dio con su mirada. Y fue ahí cuando el horror empezó.
Tenía delante de ella al señor que los había secuestrado en el parque, el que mato a su amigo Juan… y  el que les saco a todos juntos su última  foto delante de las cataratas. El fotógrafo José.
Clavando los talones de las zapatillas de abrojo de tiras blancas en el barro,  retrocedió todo lo que pudo al tiempo en que el sujeto caminaba en su dirección con una sonrisa muy extraña. Casi siniestra. Llevándose una mano al cinturón, extrajo de allí una cuchilla precaria muy artesanal pero increíblemente afilada.
Sami abrió los ojos de par en par terriblemente asustada y vio en un parpadeo cómo el fotógrafo se le venía encima rápidamente con el arma en la mano. Haciendo un ruido ronco de desesperación con la garganta, la niña intentó retroceder un trecho más pegando un grito agudo en pedido de auxilio silenciado por la cuchillada que recibió en su muslo izquierdo.
El dolor y el terror invadieron sus sentidos. Creyó ver cómo la cuchilla nuevamente se alzaba en lo alto y volvía a caer sobre su cuerpo. A la tercera vez, ya no necesitó gritar más. Porque una mujer saltó encima del hombre y lo tiró al piso.
-   ¡Hijo de puta! ¡Soltalo!- le gritaba Emily para que tirara el arma sosteniendo con muchísima fuerza el brazo que amenazaba con librarse de su agarre y clavarle a ella el cuchillo en el pecho.
Sami se quedó quieta observando la escena aturdida cuando vio que un joven se unía a la chica y empezaba a patear al fotógrafo en las costillas. Su cara estaba transformada en furia y bronca mientras le pegaba como descocido. Defendiéndose con uñas y dientes, el hombre logró ganar la pulseada e hizo que Emily por instinto se echase hacia atrás cuando intentó cortarle la garganta de una acometida.
Emily se levantó de golpe justo cuando el otro se inclinó de costado para clavarle la cuchilla en el gemelo. El chico guaraní que la persiguió durante el camino, evitó esto pateándole la mano y haciendo que se le cayera el arma. Sin amainarse, el asesino no lo pensó dos veces.  Se puso en pie de un salto recuperando de nuevo la cuchilla y corrió desencajado alzando la mano contra Sami quien lo observaba inmóvil en el lugar.
Emily no lo pensó dos veces.  Sacó del bolsillo de su jean la navaja que siempre usó como elemento de bisturí y se lanzó hacia su espalda. En un mínimo instante imperceptible para todos, ella lo había atrapado con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha le abría el cuello en dos de oreja a oreja.
Tirando el arma al suelo, el fotógrafo se llevó ambas manos a la garganta intentando en vano  querer cerrar el tajo profundo que no paraba de sangrar. Se arrodilló y comenzó a gemir algo incomprensible mirando a Emily quien observaba de reojo su reloj de muñeca contando los segundos que le quedaba de vida a  aquel hombre.
Un poco antes de morir, Emily le dijo con una sonrisa fría.
-    Que tenga buen viaje, colega.

Acto seguido José,  el chamán de la aldea guaraní, perdía la vida.



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jueves, 13 de julio de 2017

Capítulo VII- Un mito renace


-Es una leyenda – dijo Emily apoyándose contra la sábana de la cama. – O un mito. O lo que sea. Mis padres me decían que el hombre de la bolsa me llevaría con él si no me iba a dormir la siesta. 
El chamán soltó una carcajada.
-          Típica historia modificada por porteños.
Emily fingió sentirse ofendida y miró al niño que yacía dormido. Por instinto le acaricio la pequeña cabecita enredando las hebras de cabello oscuro sedoso entre sus dedos. Su respiración lenta y acompasada lograba que el ambiente entre ambos sea mucho más amigable. Cuando el chamán habló, Emily se sobresaltó. Estaba ya quedándose dormida.
-          El hombre de la bolsa es un señor mayor barbudo, con barba blanca, bigotes prominentes y de cabello canoso. Viste ropas andrajosas y camina errante por las rutas  desiertas con una bolsa de arpillera sucia en busca de niños a los que comer. Se lo suele ver en las tardes calurosas de verano, donde el sol raja la tierra y ni toda la lluvia del mundo puede humedecerla.
Emily sonrió y, arrodillada como estaba apoyada sobre la cama, doblo un brazo para sujetar su cabeza con su muñeca derecha sin dejar de mirarlo.
-          ¿La llorona es parienta del hombre de la bolsa? – se rio y se acomodó mejor de costado. – Soy reacia a creer estas cosas.
-          Tsk- se quejó sarcásticamente.
Ella lo estudió unos segundos hasta que preguntó:
-          ¿Por qué decías que la historia es cierta?
-          Porque lo es. Tenemos entre nosotros a un asesino de niños. – percibió cómo los ojos de Emily  detrás de sus anteojos se agrandaban un poco por la sorpresa. Agradeció que ella no lo interrumpiera porque odiaba tener que contar las cosas dos veces.
– Desde que tengo memoria este hombre vive acá. En nuestras tierras. Lo poco que sabemos es por un grupo de jóvenes, que en su momento se atrevieron a entrar a la casa cuando él no estaba, es que éste es de Europa. Hay un rumor en el pueblo de que él se vino a vivir solo al poco tiempo en que se supo de la caída del nazismo. Perdió a su familia entera en la guerra y decidió encontrar la paz en medio de la selva.
Emily entrecerró los ojos.
-          Sé que Hitler estuvo escondido en la provincia de Córdoba en el pueblo de La Falda, o al menos eso se cuenta.
-          Sí, conozco la historia de aquella habitación del Hotel Edén…
-          Por eso, no me sorprende que este hombre haya venido con Hitler para estos pagos. ¿Qué más se sabe de él?
Rascándose la barbilla le respondió:
-          Fue médico, pero además un excelente embalsamador de humanos y animales. Tiene una fijación u obsesión extraña hacia los niños pequeños. Los secuestra del pueblo para matarlos, embalsamarlos y ponerlos como si fuesen estatuas en un jardín al fondo de su casa. Lo hemos observado durante años cómo desarrollaba todos los pasos, como si fuese una especie de ritual. Primero los corta en vida y les extrae los órganos con la criatura aullando de dolor. Cuando ésta deja de gritar, ya sea porque falleció o se desmayó del dolor, ahí es cuando comienza a rellenarlos. Luego los cose y les aplica un ungüento hecho con el aceite de la planta aloe vera para brindarle brillo y suavidad a la piel...
No pudo continuar porque se sobresaltó al ver a Emily salir corriendo de la tienda, caer de rodillas sobre las raíces del árbol más cercano y empezar a vomitar. El ruido que hacía su garganta debido a las arcadas le dio escalofríos. Levantando la mano derecha para apoyarla sobre la corteza del árbol,  trató de recomponerse de a poco respirando hondo. Estaba muy mareada por lo que cerró los ojos y se mantuvo quieta un rato hasta sentir que el piso dejaba de flotar bajo sus rodillas. Percibiendo  la filosa mirada del chamán en sus espaldas, lo miro de reojo de una forma tan furiosa que lo hizo retroceder un paso.
-          ¿Dónde está ese hijo de puta? ¿Él tiene a los demás chicos?
El otro asintió.
-          Quedate tranquila que esta noche los vamos a rescatar.
Emily se paró, se limpió la boca con su brazo y caminó en silencio de regreso a la tienda pasando por su lado. Al entrar, noto que el niño estaba despierto. Sin dar un paso más allá de la entrada, fue testigo de cómo la expresión de la carita de chico se transformaba al ver que detrás de ella estaba el chamán.


Dos horas después del ataque a la casa.


SE LO QUE PASO CON LOS CHICOS DESAPARECIDOS. DENUNCIAME.
TE AMO.

Emily, apagó el celular y lo escondió en su riñonera interna. Miró la casa destruida y el jardín lleno de cadáveres perfumados por la naturaleza salvaje, y comenzó a correr en busca de su moto.
Lo que no supo, era que un joven que la observaba desde detrás de un árbol, comenzó a seguirla.
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El piar de los pájaros y los gritos de los monos al ir de árbol en árbol era la música de fondo agradable de aquel espectáculo funesto. El cacique había conducido a los oficiales hacia el jardín de la selva ni bien el sol comenzó a salir, haciendo que para ellos les sea mucho más fácil el poder desplazarse entre la abundante vegetación. Los policías estaban maravillados de cómo el cacique, con sus pies desnudos, caminaba rápido y sin ningún problema sobre el barro mojado mientras que ellos, que vestían botas de cuero duras, lo seguían a un ritmo mucho más despacio. 
Cuando llegaron a una pequeña colina, el líder guaraní se paró en la cima y se giró hacia ellos.
-        Les recuerdo, los que tienen hijos no se acerquen. Esto es muy impresionable.
Ante el asentimiento general, el hombre bajó por la explanada y, mientras descendía, podía oír a sus espaldas el grito mudo de los oficiales al ver que se acercaban a la entrada del jardín donde  un pequeño niño vestido de querubín los esperaba  sentado sobre una plataforma  de mármol para darles la bienvenida a aquel tétrico paseo.
-          ¿Qué es eso? ¿Una estatua? - se preguntó un policía en tono jocoso. A lo que uno de sus compañeros, que se había acercado bien a la escultura, le respondió.
-          No, es el primer cadáver que vas a enterrar.
Se hallaron  en total, y contando solamente a los del jardín, veinticuatro niños embalsamados cuyos cuerpos no presentaban rastros de deterioro. Sus ojos los observaban intactos y los perseguían con la mirada a medida que los oficiales los acostaban en el suelo en línea horizontal. El trabajo estaba muy bien hecho. El asesino realmente era un artista al lograr semejante arte.
El cielo comenzaba a tornarse gris. El cacique, quien observaba todo desde un costado, alzó la cabeza y miró cómo las nubes empezaban a tapar el sol. La lluvia pronto estaría por caer.
-          ¿Está bien lo que estamos haciendo? - sintió que un hombre le decía a su compañero mientras apoyaban con sumo cuidado un cuerpo en la tierra. - ¿No tendríamos que esperar a los forenses y a criminalística antes de tocar los cadáveres?
Un estallido de risas inundó el aire pesado y agonizante. ¿Hacía falta explicar más?
Para cuando terminaron de enfilar a los niños - de a los que a algunos les sobresalía de las axilas, tobillos y cuellos alambres que los había estado sosteniendo todo este tiempo a las bases de mármol  como si fuesen esculturas griegas – los envolvieron en bolsas blancas y los llevaron en camillas hechas con tablas de madera que el cacique les dio hasta las camionetas que los transportaría hacia la morgue.
-          ¿Qué es eso que esta todo destruido? - le señalo el comisario al aborigen la casa quemada y venida abajo. Mirándolo acusatoriamente, le volvió a preguntar: - ¿Qué ocurrió aquí?
Haciendo una mueca y retirándose para volver solo al interior de la selva en busca de su aldea, el guaraní murmuró entre dientes:
-          Jehepy*
El oficial entrecerró los ojos y, sabiendo del carácter podrido que este tenía, decidió ignorar aquel comentario y unirse a los pocos policías que quedaban en aquel jardín de cuyas bellezas hoy carecía. Solo era, simplemente, un pequeño terreno de plantas y flores bien cuidadas; y una fuente de agua decorativa en su centro. 
A lo lejos se oía el rugir del agua caer de un salto cercano y escondido váyase a saber dónde. Porque ellos jamás podrían adentrarse en la jungla. Aquel lugar ya no les pertenecía más.
Secándose la frente transpirada, se dio cuenta de que sus hombres ya se estaban yendo de allí por lo que se ajustó la cintura del pantalón y comenzó a caminar en su dirección. Escuchó cómo uno de ellos celebraba el que se haya terminado parte de la investigación. El, en cambio sabía que eso no era cierto.
La historia del destino de esos veinticuatro cadáveres recién empezaba.

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Apagó el disco y destapó la tapa de la olla donde un olorcito a verduras cocidas inundó sus fosas nasales haciéndolo gemir satisfecho. Buscó un cuenco de madera y sirvió un poco de aquella sopa en su interior para luego llenar el próximo. Teniendo servidos cinco cuencos, los depositó en una bandeja y los llevó a la mesa del comedor donde cuatro niños lo esperaban ansiosos por empezar a comer.
-          A ver a ver… - canturreó mientras se los iba dejando delante de cada uno. – no empiecen a comer hasta que estemos todos sentados en la mesa. – agarró cucharas y se las fue entregando encajándoles el mango en la pequeña abertura de sus puños cerrados.
Ya todo listo, se sentó y les sonrió feliz de estar nuevamente todos juntos en familia.
Clara sollozó y el hipo constante que tenía no le permitió siquiera moverse. Con sus mejillas empapadas de lágrimas y la visión un poco nublada intentó moverse en la silla en la que tenía ambos tobillos atados. Pero no pudo. Su torso era rodeado por una soga que la mantenía quieta contra el respaldo del asiento. Al hacer esto, el viejo que comía la observó unos segundos.
-          ¿Qué pasa? - le preguntó estirándose de costado para aferrar un extremo de la soga y tirar hacia delante para acercarla a él.
Clara se quedó de piedra. Tener al hombre tan cerca de ella la hizo hipar aún más fuerte de los nervios. Estaba incluso incómoda de tener sus pantaloncitos mojados por su propia orina. Tragando con mucha fuerza, le respondió negando frenéticamente la cabeza.
-          Ah bueno, así me gusta. – se carcajeó empujándole la silla hacia atrás dejándola a varios centímetros de distancia de donde estaba su plato.
Y como tampoco iba a poder moverse para alcanzarlo, Clara sufrió al saber que otro día más iba a estar sin comer.
-          Y sí, tenés razón. En cualquier momento se va a largar a llover. – decía el hombre mientras conversaba con los otros tres chicos que ni siquiera habían probado bocado.
Riendo de algo que Clara jamás llego a oír, el viejo volvió su vista hacia ella y le guiñó el ojo.
-          Son mis tres hijos. ¿A que son hermosos? –  con su mano le dio vuelta de costado el cuello rígido de uno de los tres chicos para que éste la mirase. – Comé la comidita mi amor – le dijo llevándole la mano con la cuchara a la boca de labios duros y brillantes. –  Mmm ¡qué rico! ¡Ah! ¡Tengo postre!
Se paró de golpe y se fue a la cocina cuando de repente el cadáver de uno de los tres hijos se cayó hacia adelante sobre la sopa desparramándola por toda la mesa.


Jehepy*: venganza.

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jueves, 6 de julio de 2017

Capítulo VI- Cómplice



-          Los dejé descansando. Ambos están bien, la niña no presenta lastimadura alguna. El problema recae en el varoncito que lo salvamos de milagro. Pero igualmente vamos a tener que derivarlo al hospital porque ya no podemos hacer más. – le dijo el chamán al cacique quien se encontraba sentado sobre el tronco de un árbol caído frente a la tienda donde los dos chicos dormían.
Se sentó a su lado y apoyó los codos en sus jóvenes rodillas. Digo jóvenes porque era un muchacho que no superaba los veinticinco años de vida, aunque aparentaba tener cuarenta. Los guaraníes no eligen a sus propios brujos/ médicos; éstos o son elegidos por el chamán que vive en ese momento para nombrarlo su sucesor, o bien se hace de generación en generación. Es decir, que quien seguiría sus pasos sería su hijo. Y así sucesivamente.
Vio de reojo que el cacique se llevaba una mano a la frente y se secaba el sudor mientras suspiraba y fruncía el ceño.
-        Soy tan asesino como aquel hombre por haber permitido esto. – lo oyó gemir y apretar los puños contra sus muslos.

El chamán estudió las facciones contraídas del hombre. Sabía que el jefe de la aldea sufría de fuertes migrañas, por lo que esta situación iba a generar que se le produzca una en cualquier momento.
-          Nadie lo supo hasta hace poco.
Negando, el cacique le replicó.
-          Teníamos que haber denunciado esto ni bien lo descubrimos. La selva es nuestra casa, nosotros sabemos todo lo que pasa aquí. No puede ser que no supiésemos lo que este hombre practicaba.
-          Pero es que hacía poco tiempo que nos habían devuelto las doscientas hectáreas que nos quitó el gobierno anterior y, si denunciábamos esto, corríamos el riesgo de que nos las saquen de nuevo. Aparte, la casa de este asesino es una propiedad privada. No podíamos pasar.
-          Tchs, excusas.
El cacique sintió la mano del chamán en su hombro que lo apretó con fuerza.
-          En una situación tan delicada como aquella, un simple escándalo nos iba a embarrar más todo lo que habíamos luchado por conseguir. Yo no querría perder mi tierra, mi casa, mi familia…
El jefe de la tribu se deshizo del agarre de su compañero con un movimiento brusco.
-          No hay tierra si no hay mano quien la cultive. Y yo mate esas manos. No hay futuro sin presente, no hay futuro sin niños. Y yo maté a esos niños.
-          ¡Overamoi*!- se escuchó de repente a sus espaldas.
Girándose, vieron a un grupo de chicos que corría hacia ellos señalándoles unas luces que irrumpían la oscuridad. Unas luces azules y blancas.
 El ruido de pasos de hombres trotando por el barro mojado y cubierto de hojas generó un cierto estupor entre los aldeanos quienes se reunieron todos alrededor del cacique, como si quisieran protegerlo.
-        ¿Qué es eso? – una mujer preguntó en su lengua haciendo que el jefe de la tribu se levantase del tronco del árbol y alzara el mentón para ver a lo lejos cómo cinco policías se les acercaba. Cuando quedaron a pocos metros de ellos, uno de los oficiales, que tenía más estrellitas en su uniforme, caminó hasta él y lo saludó con un gesto.
-        Aujebete*- le respondió, asintiendo a su vez con la cabeza.
Mirando hacia todos lados, el oficial comenzó a hablar:
-          Jefe, buenas noches. Hemos tenido una denuncia policial acerca de que unos niños que desaparecieron hace dos días podrían estar perdidos por aquí.
Se hizo un silencio atroz entre las dos partes. La tensión que reinaba en el aire era más fuerte que la guillotina que quiere cortar la culpa.
-          ¿Y bien? ¿Qué ordenes tiene?
Apretando la mandíbula, el policía le contestó:
-          Le vamos a pedir que nos acompañe a atestiguar que usted y la comunidad es inocente y se desligan de la investigación.
Pegando una fuerte carcajada nerviosa que hizo que más de uno saltara asustado en el lugar, el cacique se dio la vuelta y miró a los habitantes de su aldea. Aunque por unos segundos su mirada se estancó en la del chamán.
Cerrando los ojos al ver los de su compañero,  se giró y, respirando hondo habló mientras empezaba a caminar hacia el interior de la selva:
-           Acompáñenme a confesarme y, de paso, les muestro el Jardín del Edén. Ah, por favor, - los interrumpió. – si son impresionables o tienen hijos, no vengan.



Un día atrás, cuatro horas antes del ataque a la casa de la selva.

-          Necesito hablar con vos.
Maria Emilia Du Marín, o más bien Emily como solían llamarla sus allegados, se quedó mirando a su colega sorprendida.
-          ¿Qué ocurre? - le respondió haciéndose de lado para dejarlo pasar a su consultorio. Lo vio entrar y caminar unos pasos para girarse y mirarla un poco perdido y desesperado.
-          Te conozco poco, pero sé que sos buena en esto. Te vi en las prácticas del doctor Ismael, por eso confío en que me vas a poder ayudar.
Emily, cerrado la puerta en un sonido suave, asintió.
-          ¿Qué hay que hacer? Soy recién recibida, pero puedo ayudar siempre y cuando lo podamos trasladar…
-          Nada de trasladar- dijo y se llevó una mano a la mejilla para secar una gota de sudor. Hacía muchísimo calor ese día. Respirando audiblemente, frunció los labios y la observó de nuevo sin saber cómo decirle esto.
Emily se lo quedó mirando curiosa.
-          José, qué pasa.
-          Tenemos a uno de los chicos que desapareció en las Cataratas.
Emily abrió los ojos verdes bien grandes detrás de sus anteojos y dio un paso atrás.
-          ¿Qué les hicieron a esas criaturas?
-          ¿Nosotros? No, ellos. Nosotros rescatamos a uno de los cuatro. Está en mi tienda. Tiene una herida de bala arriba del corazón y dos tajos no muy profundos cerca de la última costilla derecha…
No lo dejó terminar, porque ella ya había salido del hospitalito a agarrar su moto.
-          Vos guíame.
La corrió hasta alcanzarla y se subió con ella a la moto. Poniendo primera, ambos arrancaron y empezaron a esquivar personas que habían iniciado la marcha por las dos avenidas principales para pedir por los niños desaparecidos.
-          Tenemos que salir a la ruta, y de ahí tratar de agarrar la doce. En uno de los empalmes te metes adentro.
-          Ok, pero decime que si entramos a la selva voy a poder andar con la moto.
-          Quedate tranquila que se puede. Llovió hace un rato pero con el calor ya se secó todo.
La ruta por la que circularon era digna de una película de Jurassic Park. Era un camino que tenía en ambas manos tráfico y estaba rodeada de selva y hoteles de lujo turísticos en sus primeros diez kilómetros. Para cuando ya no se veía rastro de civilización a sus alrededores y la tierra colorada amenazaba con devorarles el pavimento, Emily se dio cuenta de que ésta era muy similar a la del…
-          El cielo está rojo. Como el suelo. – escuchó el chamán que ella le decía sin dejar de acelerar.
-          Sí, sabés lo que eso significa para nosotros, ¿no?
-          Significa que se va a derramar sangre. - supo que estaba en lo cierto porque su colega no habló más hasta el momento en que le indicó que doblara a la derecha.

Les llevó tiempo poder avanzar en el barro con la moto porque todavía estaba todo embarrado. Las zonas selváticas como esta son muy húmedas y llueve todo el tiempo. Es por eso que su vegetación es abundante y los colores de los verdes son tan intensos.
Emily supo que llegaba a la aldea cuando, después de caminar lo que para ella parecieron ser horas, un grupo de niños guaraníes los recibió con los brazos abiertos y muy felices. El chamán los alzó a upa y jugueteó con ellos. Luego, cuando notó que las caritas sucias de los pequeños se iluminaban al ver a la recién recibida doctora cirujana Du Marín, hizo las presentaciones necesarias y siguieron caminando hasta internarse en la aldea.
-          ¿Cuándo volvés a Buenos Aires?
Emily le sonrió, pero su sonrisa no llegó del todo a convencerlo. Sabía que estaba preocupada con lo que le había contado de los chicos desaparecidos y del estado en que estaba Juan, el niño rescatado.
-          Vuelvo cuando esto termine. No vine sola, así que no me van a extraña.
Riéndose porque sabía a lo que ella se refería, le preguntó muy inocente.
-          ¿Luna de miel?
Emily no le respondió con palabras, pero sí con un sonrojo intenso.
Cuando entraron en la tienda donde se encontraba el muchachito herido, Emily sacó de debajo del asiento de su moto un pequeño botiquín repleto de herramientas de cirugía.
-          Logre sacarle la bala y lo estuvimos vendando.
La mujer aborigen que cuidaba del chico se hizo a un costado sonriéndole cáidamente y salió de la tienda para dejar a los dos médicos actuar.
-          Bien- le respondió Emily limpiándose las manos en un cuenco de agua que un niño les había alcanzado.
Cuando se secó las manos y se inclinó en el camastro para inspeccionar las heridas, puso una cara que no paso por alto por el chamán.
-          Jose, ¿quién hizo esto?
El chamán estuvo un buen rato callado bajo los irises verdes curiosos de la joven.
-          Jose, ¿Quién…
-          ¿Conocés la leyenda del hombre de la bolsa? – al verla asentir, continuó. – Bueno, porque es real.

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Samy soltó un grito y se despertó de golpe sentándose en la cama de sábanas blancas. Agitada y sollozando, se tocó las mejillas húmedas por la transpiración y comenzó a mirar a su alrededor. Estaba en una habitación cuyas paredes era de piedra gris apiladas unas con otras. Un poco de vegetación de filtraba entre ellas y los rayos del sol entraban por los dos huecos donde allí una vez hubo ventanas. Parpadeó varias veces sin poder entender dónde estaba. No había puertas, solo ventanales vacíos por donde le sería muy fácil escapar.
Le dolía la cabeza por lo que se llevó una mano a la sien y se la apretó en un puño cuando un pequeño suspiro que no provenía de ella la paralizó. Lo oyó otra vez, pero en esta oportunidad de su derecha, muy cerca de ella.
Giró la cabeza un milímetro cuando sus ojos dieron de lleno con los marrones claros bien grandes de su amiga Clara que la miraban fijos.
Y sin vida. 




Notas:

overamoi*: nombre en guaraní que se le da al médico o brujo de la aldea. Más comúnmente conocido como chamán.
Aujevete*: Buenas tardes, noches, días.