jueves, 22 de junio de 2017

Capítulo IV – Fuego en la noche



-          ¿Qué es eso? ¿Qué es ese ruido? – preguntó Clara adormilada desenredándose de los brazos de su amiga quien ya se estaba parando para correr hacia la puerta y ver por la cerradura qué era lo que sucedía del otro lado.
Samy pudo observar que la persona que las tenía cautivas caminaba apresuradamente por la cocina mientras recogía cosas a su paso de los estantes de la alacena y los depositaba en la mesa. La cual estaba ya limpia y sin el cadáver de Guille. 
-          ¿Qué ves?
-          Algo está armando.
 ¡Pum! ¡Cringggghhh!
El ruido de las piedras estallar contras los vidrios de las ventanas las hizo sobresaltarse.
-          ¿Nos atacan?
Samy la hizo callar sin dejar de analizar que era lo que estaba preparando el señor en la cocina. Cuando la mano de éste insertó en un tubo unos pequeños cilindros de metal, comprendió todo.
-          Una escopeta – gimió al mismo tiempo en que éste se paraba de la mesa y caminaba decidido hacia la izquierda. Por donde la niña supuso que sería la puerta de entrada a la casa.
Clara notó que su amiga se tensaba por lo que gateó hasta la esquina de la habitación más próxima y se hizo una bolita abrazando sus rodillas y escondiendo la cabeza entre ellas.
Se oyó el grito furioso del viejo mientras la lluvia de piedras contra los vidrios se intensificaba. Aunque las niñas no tuvieran visibilidad de lo que ocurría, ellas podían sentir que su captor hablaba para sí mismo en un idioma muy diferente al de ellas, pero no igual al que se escuchaba afuera.
Ajustando el cañón de la escopeta entre una de las mirillas de la persiana y traspasando el vidrio hecho pedazos, el hombre apuntó a la cabeza de uno de los atacantes.
-          Sterben! - gritó y disparó logrando que la bala abriera el cráneo de un niño en dos.
Un chico que estaba cerca, abrió los ojos de par en par cuando vio a su amigo caer sin cabeza al suelo. Fue solo levantar la mirada cuando se encontró frente a frente con el cañón de la escopeta apuntándole a él también. No hubo tiempo para reaccionar, porque la bala ya había salido.
-          ¡Noooo! – gritó un joven adolescente guaraní que fue testigo de lo ocurrido a poca distancia. Su respiración agitada era lo único que podía oír. Sus oídos se habían tapado de miedo y lo único que hacían eran pitar. Dando un paso atrás, se dio la vuelta y en cámara lenta vio cómo el resto de sus colegas habían dejado de tirar piedras y maderas. Estaban todos quietos. Asustados.
Sin poder creer lo que había pasado.


Aprovechando el desconcierto de aquellos indios, el alemán se giró y recargo los cartuchos cuando sintió a lo lejos un grito rabioso seguido del ruido de la madera al resquebrajarse de la puerta que estaba a su izquierda. Los golpes que ejercían para entrar a la casa eran cada vez más constantes.
No había escapatoria.
-          Scheiße! -  maldijo en voz baja levantándose del suelo y corriendo fuera de la ventana para ver entre los vidrios rotos de un costado de ésta, cómo los aborígenes furiosos corrían hacia la casa portando armas de madera filosas.
Eran todos adolescentes y niños de entre cinco y quince años quienes avanzaban amenazantes hacia él. Tres de los mayores ya habían alcanzado la puerta y la golpeaban con un tronco de árbol para abrirla haciéndola pedazos.  Sin perder el tiempo, el hombre retrocedió hasta la cocina donde depositó la escopeta y corrió hasta la habitación donde estaban las dos niñas encerradas.
Samy, al verlo venir hacia ellas por el hueco de la cerradura, gritó y se hizo a un lado cuando éste abrió la puerta de par en par y agarró a Clara del cuello para arrastrarla con él hacia la cocina. Entre llantos desgarradores, Clara trataba de deshacerse histérica de aquella mano fuerte que le comprimía las venas del cuello y la empujaba a caminar. Se giró un instante y su mirada quedó fija en la de Samy quien la observaba con ojos asustados, arrodillada debajo del dintel de la puerta que las mantuvo encerradas… y a salvo.




- Scheiße! Suchen Sie es im Garten! – ¡Mierda! ¡Buscalo en el jardín!
El viejo canoso y de cara de pómulos fuertes irradiaba furia. Apretando los nudillos y sosteniendo el cuchillo en la mano izquierda, se giró y caminó directo hacia la habitación donde estaban ellos encerrados.
Sami, que lo vio venir, retrocedió unos pasos y gritó enloquecida cuando la puerta se abrió de par en par y éste entraba para agarrar a Guille de los pelos y lo arrastraba fuera de allí cerrando la puerta con un golpe seco.
- La mierdita de tu amigo se va a morir en un rato. Pero a vos te mato ahora por enquilombarme la vida. ¡Hijo de puta! – lo tiró hacia la mesa y le pateó la columna haciendo que a la criatura se le doblaran las rodillas.
- ¡No! - chilló Samy quien se abalanzó contra la puerta.  - ¡No lo toque! – aulló en el momento en que el alemán se le acercó por detrás y, sin darle tiempo a Guille de girarse y ponerse de pie, le clavó el cuchillo en la zona lumbar de la espalda haciendo que éste se cayera de costado sin emitir sonido alguno.
- Ahora no vas a poder caminar nunca más en tu puta vida. No te vas a poder escapar.
Samy ahogó un sollozo después de que a su amigo le quitara el cuchillo de la espalda y lo agarrara para recostarlo sobre la mesa. La pierna izquierda le colgaba inmóvil hacia un costado, algo que Guille ya no sintió.
Cuando el hombre se le volvió a acercar trayendo consigo una caja de herramientas con instrumentos quirúrgicos y los depositó cerca de la oreja derecha del muchacho, vio que Guille lo miraba fijo con los ojos nublados llenos de lágrimas sin derramar del dolor. Inclinándose, agarró un elemento cortante y lo clavó suavemente debajo del hueso de las costillas.
- Me encanta que te portes tan bien… Si seguís así te voy a dejar en el lugar más privilegiado del jardín. Al lado de la fuente. Donde los pájaros se posan para beber agua. – depositó el pequeño instrumento en una bandeja de metal y se colocó un guante de látex blanco. - ¿Querés que los pajaritos se posen sobre tus manos extendidas? Sería tan hermoso.





El ruido del vidrio al quebrarse la sacó del fúnebre recuerdo. Samy, aún de rodillas, observó cómo el viejo sosteniendo de nuevo la escopeta, agarraba a su amiga y la arrastraba por la cocina hasta dar con una cortina de hojas artificiales que colgaban en vertical y que hacían de puerta. Al atravesarla, éste la llevó por un enorme jardín repleto de estatuas de niños que eran cubiertos por la luz de la luna que se filtraba entre las copas de las palmeras. 
Sin soltarla, zigzagueó entre los árboles oyendo el ruido – ahora menos perceptible debido a que estaban lejos- de los aborígenes al entrar en su hogar y empezar a romper cosas. 
Corrieron unos cuantos minutos adentrándose más y más en la selva cuando de repente, el hombre se fue detrás de un árbol y destapó una camioneta Jeep de guerra cubierto con una frazada verde musgo.  Aferrando con fuerza su muñeca, la hizo subir al asiento acompañante y tiró a un costado la tela para darle arranque al vehículo. 
Poniendo primera, apretó el acelerador y se internó en medio de la jungla.
Allá a lo lejos, a sus espaldas, se podía ver el humo del fuego consumir su casa.  

Todos los derechos reservados.


No hay comentarios :

Publicar un comentario