jueves, 1 de junio de 2017

Capítulo I- La Garganta del Diablo


Los estudiantes de segundo grado de primario de uno de los colegios de Posadas, capital de la provincia de Misiones, iban a tener su primera excursión al Parque Nacional Cataratas del Iguazú. Los chicos, que no eran más de veinte, cantaban y se arrodillaban en los asientos del micro para jugar entre ellos. Más de uno había ya abierto sus mochilas y convidado a sus compañeros su paquete de papas fritas o galletitas que sus padres les habían dado para la hora de la merienda.
Casi doscientos cincuenta kilómetros separaban Posadas de Puerto Iguazú en micro por la ruta doce por lo que, debido a que para los pequeños eran muchas horas de viaje y la excursión los iba a hacer caminar al menos nueve kilómetros en medio de la reserva, se contrató una noche en un hotel que el propio parque presentaba. De esta manera descansarían y retomarían hacia sus casas al día siguiente sin tener que viajar de madrugada.   
Cinco profesores y cuatro padres acompañantes iban con ellos. Estos últimos se encargaban de ir comunicando al grupo de whatsapp en qué kilómetro estaban, cuánto les faltaba por llegar y cómo se iban comportando las criaturas durante el trayecto.
-          - A ver chicos, ¡digan coatí*!
-         -  ¡Coatí!- gritaron veinte voces agudas al unísono mientras hacían gestos a la cámara de uno de los padres.
Cuando llegaron al parque, se dividieron en tres grupos, compraron las entradas en la ventanilla y esperaron a que los guías turísticos los acompañaran a iniciar el trayecto hacia la primer catarata, La Garganta del Diablo.
Caminaron por el sendero de tierra colorada rodeados de vegetación de un color verde intenso y fresco típico de la selva esquivando monos y coatíes que se les acercaban para intentar abrirles las mochilas y robarles la comida. Entre risas y gritos hacia los pequeños animales juguetones que de vez en cuando les mostraban los dientes de bronca por haberles arruinado su acto vandálico, los alumnos marcharon hacia las entrañas de la selva persiguiendo cada grupo a su guía turístico que contaba con una sombrilla de color naranja para ser reconocido fácilmente.
Cuando pensaban que todo el paseo consistía en caminar y caminar, los chicos se encontraron con una sorpresa. Como si estuviesen inmersos en una película de Indiana Jones o El Libro de la Selva, los niños abrieron los ojos al ver que estaban ante un tren pintado de verde y abierto en ambos laterales y lleno de asientos enfrentados de fierro donde cabían cuatro personas por línea. Los trenes ecológicos, como así los llamaban, eran exclusivos de la reserva y se caracterizaban por hacer las sendas del parque solo a gas.
Los guías los hicieron hacer la fila en la estación y los acomodaron en las butacas ignorando las peleas de aquellos que querían ir en los extremos de los asientos. Una vez todos sentados, ante el sonido del silbato, el tren inició su marcha. A un ritmo tranquilo, éste condujo a los pequeños a las entrañas de la reserva pasando por entre medio de los árboles cuyas ramas hacían que los chicos las apartasen a manotazos para que no les pegue en las caras o piernas. Al bordear uno de los brazos del río, un grupo de mariposas negras y azules se posaron en sus bracitos haciéndoles cosquillas.
-          - ¡Mira! ¡Tengo dos en mi mano! - exclamó una niña asombrada.
-        -  ¡Yo tres! - gritó otra.
-          - Se les acercan por el sudor. Pero no se hagan problema que no les van a hacer nada- acotó el guía muerto de risa ante sus reacciones.
Los rayos del sol de Septiembre se filtraba por los costados de los vagones e iluminaba sus tiernas caritas transpiradas. El calor húmedo los hacía llevarse una mano a la frente para secarse las gotas saladas.
-          - Tomen mucha agua chicos – decían las maestras justo cuando a lo lejos se visualizaba  la estación Garganta del Diablo.
-         - ¡Ya llegamos!- exclamaron todos haciendo que muchos turistas sonrieran ante tanta alegría.
Ni bien el tren frenó, los niños bajo el mando de las maestras y los padres acompañantes, bajaron a la estación y se volvieron a dividir como originalmente estaban en grupos para seguir a sus respectivos guías de turismo.
-          - Okey, a partir de ahora nosotros los vamos a dejar acá y nos quedamos a esperarlos  en este mismo lugar. – dijo la guía de uno de los tres contingentes de alumnos. – Van a caminar por estos puentecitos hasta llegar a la punta donde se van a encontrar con la primer catarata del día de hoy. La Garganta del diablo. - puso voz grave para decir esta última. – Les pido por favor a los papis y a las seños que no pierdan de vista a los chicos ya que los puentes son de fierro y las barandas muy bajas por lo que un simple descuido o resbalón puede ocasionar que alguno de ustedes desaparezca y muera ahogado en el río.
Silencio absoluto. Al rato todos asintieron, más asustados que con sentimiento de responsabilidad.
-          -  Cuidemos la naturaleza, no la dañemos. No tiren papelitos al piso ni al agua. Mantengan bien sujetas las cámaras de fotos y no corran por los puentes. El trayecto de acá a la catarata es muy largo. Casi tres kilómetros, así que chicos – se agachó hasta ponerse a la altura de dos niñas – que se diviertan.
-          - ¡Wohoo! – gritaron y salieron despavoridos hacia el puente.
El grupo de la seño Silvia constaba de siete niños - tres niñas y cuatro varones - más una madre acompañante. Todos juntos fueron hasta donde el puente cruzaba un ancho brazo del río para quedarse a admirar la eterna paz del agua correr y chocar contra las rocas. Habrían estado mucho más tiempo allí pero recordaron que algo mucho más impresionante los estaba esperando un par de kilómetros adelante, por lo que decidieron continuar.
El recorrido es tan hermoso y salvaje, como cuando encontraron un pequeño descanso en medio de un grupo de árboles lleno de tucanes y loros de colores, que el trayecto hasta la boca de la cascada se les hizo muy rápido. Cuando volvieron a caminar sobre el brazo del río, oyeron un ruido muy distinto al que habían escuchado antes. El sonido del agua correr era diferente.
-         - ¡Allá, mirá! ¡Hay un remolino en esa punta del río! -  le gritó un niño a su compañero quien estaba reclinado sobre la baranda de fierro.
Y así fue como descubrieron el inicio de la majestuosidad. La garganta del diablo.
Los dos chicos corrieron por el puente empujando extrajeros vestidos con pilotos de lluvia y se acercaron al grupo de turistas que se concentraban en un sector del mirador del centro de la cascada. Se escabulleron entre las piernas de la multitud y quedaron en primera fila para admirar semejante espectáculo.
-         - Wuauuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu – gritaron al unísono sin importarles que el agua que caía de la catarata y que generaba vapor los mojara de la cabeza a los pies.
Uno de ellos inmediatamente se imaginó saltar desde aquellas rocas cubiertas de musgo atrapadas entre ambas corrientes de agua. Sería mágico si eso pudiera hacerlo ahora… o algún día.
-         - ¡Hola pibis!-  Dijeron dos compañeritas de ellos que se les unieron en la baranda.
El más bajito de los dos las saludo con la cabeza sin quitar la vista del frente.
-        - La seño nos dijo que nos espera atrás de esta gente.
El segundo niño alzó los ojos al cielo y bufó. ¿Por qué esa mocosa tenía que ser tan nerd en todo? Se giró y comprobó que realmente allí se encontraba su señorita Silvia que charlaba con la mamá de uno de sus compañeros que estaba en otro de los grupos.
Un hombre con una cámara se acercó por detrás y comenzó a tomar fotos al paisaje.  Al notar que los cuatro niños lo miraban un poco enojados por cómo los había empujado hacia adelante para hacer sus tomas, el señor bajó la cámara y les sonrió amablemente.
-        - Disculpen criaturas, justo me empujaron de atrás y me caí hacia adelante. – miró fijamente sus tiernas caras.
El varoncito de pelo castaño claro, no el bajito, alzó los hombros y se giró justo cuando el hombre les dice:
-          - ¿Vienen con una excursión?
Notó cómo los ojos de la niña que tenía a su izquierda brillaban contentos.
-         - ¡Sí! Venimos de la escuela número quince de Posadas. Yo me llamo Clara y ella es Sami y él es Guille y él es Juan que tiene un perro re lindo que se lo trajeron sus tíos ricos de Buenos Aires.
Ante la atenta mirada del hombre que les sonreía divertido, la pequeña no paró de hablar hasta que éste la interrumpió:
-         - ¿Quieren que les saque una foto? Soy fotógrafo del parque. Miren – se señaló un cartelito plastificado que tenía colgado en su cuello. Me llamo José. Como son mis amigos les voy a hacer un regalo. ¡Una foto impresa a cada uno con las cataratas a sus espaldas! ¿Qué les parece?
Cuatro pares de ojos lo observaron ilusionados.
-        - ¡Sí! -  dijeron mientras se acomodaban en la baranda y miraban el enorme aparato negro.
Luego de un par de tomas, el señor José les sonrió y les comentó la posibilidad de que lo vayan a visitar con sus maestras a la salida que él iba a revelar las fotos y se las iba a entregar a la salida del parque.
Asintiendo, los jóvenes vieron al hombre alejarse y se quedaron un rato más admirando la catarata hasta que la seño los fue a buscar para regresar hasta el punto de encuentro con la guía y e ir a conocer las demás atracciones.
Para las cinco de la tarde, y luego de haber recorrido los otros dos circuitos que tenía el parque, los guías se despidieron y las seños con los padres se quedaron un rato más en el pequeño centro comercial cercano a la entrada para que los chicos compren recuerditos.
-          - ¡Hey! ¡No nos olvidemos de nuestra foto! - le dijo Guille a Juan. Y luego a Clara y a Sami. - ¿Vamos a la salida a buscar las fotos? Mira, allá está el puesto que dijo el señor donde iba a estar. ¿Vamos? Vamooos. Total ya nos estamos yendo y nos encontramos con los demás en los micros.
Ante una idea espléndida, los cuatro chicos corrieron y fueron hasta el pequeño local a la salida del parque. Nadie los vio salir, ni siquiera los guardias que estaban tras los molinetes. Allá, en Misiones, no hay nada de lo que preocuparse… porque no hay problemas.
Cuando los pequeños dieron con el local, lo encontraron cerrado.
-         - ¡Chicos!- oyeron que una voz grave los llamaba.
Al girarse, se encontraron con el fotógrafo José que estaba guardando sus equipos en una vieja traffic verde ploteada con una publicidad del Parque.
-         - Vengan que acá les separé las fotos- les dijo mientras se internaba en el portón lateral de la camioneta y sacaba un folio lleno de retratos.
Las revisó todas, pero en ninguna de ellas estaba la de ellos.
-         - Yo te ayudo. – le dijo Juan subiéndose a la camioneta con él.
-         -  Gracias campeón, tienen que estar por acá. Yo las imprimí recién.
Sin subirse, los otros niños los observaban.
-         - Acá están-exclamó Juan que se giró para mostrarles a sus amigos su hallazgo.
-        -  ¡Genial! – anunció José que se bajó de la camioneta y se puso detrás de los alumnos –  Ahora él nos va a sacar una foto. ¡Deci Whisky!
El fotógrafo sacó de su espalda una pistola y le disparó a Juan en el pecho haciéndolo retroceder y caer de lleno sobre una pila de fotografías sin nylon protector.
No hubo tiempo para gritar o siquiera reaccionar, porque cuando los chicos se quisieron dar cuenta, los tres ya estaban arriba de la camioneta junto a su amigo quien luchaba por respirar.
Oyeron el ruido de la puerta del conductor cerrarse.
Y la camioneta arrancó.








Notas: 


·         Coatí: pequeño mamífero omnívoro que presenta cola alargada, fuertes uñas que le permiten trepar a los árboles y una trompa similar a la de los osos hormigueros. Su pelaje de castaño tirando al rojizo. 

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1 comentario :

  1. Impresionante primer capítulo! Cuanta incertidumbre! La descripción detallada de los paisajes hace que uno sienta que está realmente ahí. Esperando con ansias el proximo!

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