Se habían percatado de la ausencia de los chicos al momento
de pasar lista arriba del micro cuando estaban a punto de arrancar hacia el
hotel. Los padres acompañantes y las señoritas pusieron el grito en el cielo e
inmediatamente llamaron a los guías turísticos de la reserva para que los
ayudase a buscarlos. El parque es inmenso pero lo que los salvó de recorrerlo
todo desde un principio fue el que una de las maestras dijera que ella los
había visto por última vez muy cerca de la salida.
Tres guardaparques trabajaron mano a mano con los policías
del lugar. Muchos turistas también colaboraron, al igual que un pequeño grupo
de chicos guaraníes que tenían su propio stand de artesanías y de show musical
dentro del centro comercial.
Para las nueve de la noche la búsqueda se había dado por
terminada y se abría un caso de investigación policial. Las preguntas eran
variadas y las hipótesis, horrendas. Al día siguiente se comenzaría a allanar
los alrededores del parque y a estudiar las cámaras de seguridad tanto de adentro
como las que se encontraban afuera del recinto. Hubo testigos que prestaron
declaraciones que no ayudaban a lograr una conclusión en concreto. Algunos
dijeron que los habían visto cerca de las vallas de los puentes que cruzaban el
río Iguazú, otros que los vieron caerse de las mismas y que los pequeños habían
gritado pero que nadie los había escuchado. Que los coatíes se los comieron o
que habían caído al río cerca de donde el yacaré dormitaba y que, ante la gran
altura que tienen los paredones, éstos no pudieron trepar para escapar siendo
así presa fácil del animal.
Entre tantas aristas sin llegar a ningún lugar en concreto,
solo dos personas aportaron que vieron a los niños subirse a una camioneta
ploteada con las imágenes del parque. Y que un hombre los había incitado a
entrar en ella. El problema era que nadie más sabía de ese individuo.
Estas dos últimas declaraciones trajeron como resultado que
se estudiara al personal del lugar, desde empleados de los restaurantes hasta
los mismos guardias de seguridad. Todos fueron interrogados, no faltó ni uno.
Los investigadores tuvieron en cuenta hasta la más mínima palabra de los
testimonios para encontrar así algún indicio. Y lo que más les llamó la
atención fueron dos palabras: “camioneta ploteada “ y “hombre que hizo entrar a
los pequeños en la misma”.
-
¿Camioneta del parque? No nos falta ninguna. –
aseguraron los transportistas.
Ante la insistencia de los oficiales, el personal se vio en
la obligación de darles un informe donde se detallaba los recorridos diarios
que se hacían con los vehículos del lugar y quienes eran los encargados de
manejarlos. Y los mismos incluían hasta los tractores. Respeto a las cámaras de
seguridad del parque, ninguna de ellas captó movimiento sospechoso alguno. Por
ende, la evidencia grabada fue descartada.
Mientras la policía y los guardaparques realizaban los
rastrillajes, la noticia de la desaparición de los estudiantes se esparció por
todo el pueblo llegando hasta los medios locales y de la provincia entera. Se
dio aviso a las fronteras de Paraguay y Brasil iniciando también allí la
búsqueda.
A medida que pasaban las horas una nueva hipótesis
caratulaba la investigación. La última versión era que, según otros testigos,
los chicos habían sido secuestrados y enviados al Paraguay para ser vendidos.
Aunque sonaba ilógico y a la vez probable ya que en este mundo todo puede
pasar, la policía no terminó de descartar la idea de que los niños todavía se
encontraban en el país.
Para las doce de la noche un grupo de personas se movilizaron
por la Avenida Victoria Aguirre pidiendo por la aparición de los jóvenes
perdidos de la escuela primaria de Posadas. Más de cien vecinos marcharon con
pancartas por la avenida y se unieron en la diagonal principal antes de llegar
a Tres Fronteras.
A la mañana siguiente, el Parque Nacional Cataratas del
Iguazú amaneció con sus puertas cerradas al público y los medios de
comunicación locales no pararon de mostrar una foto de los niños desaparecidos
que un usuario anónimo les había hecho llegar. La imagen que ilustró las tapas
de los diarios bajo el título Misterio en las Cataratas, tenía como
protagonista a cuatro criaturas sonrientes paradas de espalda a la Catarata La
Garganta del Diablo.
-
¿Despertó?
-
No…
Un gemido hizo que los dos chicos
se giraran para observar al nuevo paciente que tenía el chamán. Cuando el joven
Newen trajo a la aldea corriendo un muchacho en brazos todo ensangrentado,
enseguida los aldeanos dieron aviso al cacique y al chamán para que se
enteraran de lo sucedido.
Faltaban dos días para el
veintiuno de septiembre, año nuevo guaraní y día en que florecen las orquídeas.
Es una celebración importantísima para ellos ya que es el único día del año en
que se festejan todos los cumpleaños y el nacimiento de un nuevo ciclo de vida;
por eso los habitantes del lugar se encontraban cocinando y preparando el gran
banquete para la fiesta que se desarrollaría durante dos días seguidos en la cual
participarían, además de sus tribus, todas las de Paraguay y Brasil.
Juan movió la cabeza hacia un
lado y entrecerró los ojos para ver de perfil a dos niños un poco mayores que
él que lo observaban boquiabiertos. Cerrando los parpados del todo e
inclinándose hacia adelante para intentar sentarse, notó una mano cálida y de
dedos rugosos que lo empujaba suavemente del hombro haciéndolo recostar de espaldas
en la manta de piel de jabalí.
-
No te apresures que estás débil. – oyó que una
voz femenina le decía a su derecha.
Frunciendo el entrecejo, Juan
giró la cabeza y miro a la mujer regordeta que llevaba un vestido de tela
gruesa marrón oscuro. En respuesta, ésta le sonrió cariñosamente mientras le
terminaba de vendar el torso lastimado.
-
Me dispararon. – alcanzó a decirle cuando sintió
una puntada muy fuerte cerca de la tetilla izquierda y comenzó a marearse. Se
llevó una mano a la frente y percibió que estaba transpirada y helada. - ¿Qué
me pasó?
-
Te desmayaste cuando llegaste al jardín de la
selva. – le dijo uno de los dos chicos que estaban sentados muy cerca de él. –
Cuando Newen te trajo aquí estabas desmayado y nos dijo que te rescató del
alemán loco. Que cuando pasaron por su jardín, te despertaste y volviste a
perder el conocimiento al ver las estatuas.
Juan no pudo evitar recordar la
mirada perdida de aquel niño pequeño muerto cuyos ojos fríos y distantes se
acentuaban con la palidez de la piel mortecina y rellena de fluidos no
naturales que se le aplicaron al embalsamarlo. El gesto de aquella estatua que
alguna vez vivió feliz, hoy señalaba con su dedo índice una fuente de piedra en
medio del Edén selvático.
Como si le hubiesen leído la
mente, uno de los muchachitos guaraníes cuyos torsos bronceados brillaban de
sudor, le dijo:
-
Newen nos dijo que viste al hijo de los turistas
que desapareció hace poco. A él no lo pudimos salvar del alemán.
Juan se remojó los labios con su
saliva para poder responderles.
-
¿Y sus padres?
-
Ambos murieron en un accidente de auto en la
ruta camino al aeropuerto. El auto desbarrancó y se perdió en medio de la
selva. Fue ahí cuando secuestraron al niño que todavía respiraba. Inconsciente,
pero vivo. Fue el alemán quien lo mató y lo rellenó.
-
Los policías pensaron que él murió solo en la
selva cuando sacaron el coche de entre las ramas y, como no se atrevieron a
seguir adentrándose en la maleza por miedo de que los pumas los atacaran,
entonces no siguieron buscándolo y lo dieron por muerto. – acotó el otro.
La mujer mojó un paño en un balde
de agua y lo exprimió para depositarlo en la frente de Juan brindándole frescor
a aquella piel enfebrecida.
Suspirando, el pequeño malherido
se dejó hacer y dormitó por unos segundos.
-
Mis amigos están dentro de la casa. Los escuché.
Una mano helada tocó su brazo.
-
Tranquilo, esta noche los vamos a rescatar.
-
¿Qué ves? – dijo en voz baja Clara al oído de
Sami quien estaba arrodillada contra la puerta sollozando.
Negando con la cabeza y
tragándose las lágrimas saladas Sami le respondió:
-
Guille está en la camilla donde estaba Juan. –
gimió llevándose una mano a la boca para amortiguar el ruido. – creo que está
muerto.
Clara abrió los ojos de par en par y se fue
hacia atrás contra la puerta de madera asustada mirando un punto fijo en medio
de la oscuridad de la habitación.
La única luz que ingresaba era la de la
cocina que recorría el pasillo y se filtraba por la cerradura de su puerta.
Entre sollozos ahogados, Sami apretó la
mano de su amiga y creyó estar viendo sus ojos cuando le prometió que ambas
iban a salir de aquel infierno.
-
¿Y a Guille? ¿Lo vamos a dejar acá?
De fondo se oyó el ruido de una sierra
eléctrica.
Clara, agitada, empujó a su amiga y la hizo
de lado para ver qué era lo que ocurría en la cocina. Sami, creyendo saber qué
era lo que estaba pasando, la abrazó y le giró la cabeza para que no viese
aquel funesto espectáculo.
Sami le alzó la cabeza y le dijo bien
clarito en voz baja:
-
Por lo que más quieras, te prometo que vamos a
salir de acá. Aunque Guille ya no lo haga.
A las tres de la madrugada, mucho después de que la sierra
de la cocina se apagase del todo, ambas niñas que dormitaban abrazadas juntas
en una de las esquinas del cuarto se despertaron sobresaltadas al oír los
gritos aguerridos - y en un idioma irreconocible por ellas - de varios niños que corrían hacia la
casa.
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