jueves, 15 de junio de 2017

Capítulo III- Perdidos


Se habían percatado de la ausencia de los chicos al momento de pasar lista arriba del micro cuando estaban a punto de arrancar hacia el hotel. Los padres acompañantes y las señoritas pusieron el grito en el cielo e inmediatamente llamaron a los guías turísticos de la reserva para que los ayudase a buscarlos. El parque es inmenso pero lo que los salvó de recorrerlo todo desde un principio fue el que una de las maestras dijera que ella los había visto por última vez muy cerca de la salida.
Tres guardaparques trabajaron mano a mano con los policías del lugar. Muchos turistas también colaboraron, al igual que un pequeño grupo de chicos guaraníes que tenían su propio stand de artesanías y de show musical dentro del centro comercial.
Para las nueve de la noche la búsqueda se había dado por terminada y se abría un caso de investigación policial. Las preguntas eran variadas y las hipótesis, horrendas. Al día siguiente se comenzaría a allanar los alrededores del parque y a estudiar las cámaras de seguridad tanto de adentro como las que se encontraban afuera del recinto. Hubo testigos que prestaron declaraciones que no ayudaban a lograr una conclusión en concreto. Algunos dijeron que los habían visto cerca de las vallas de los puentes que cruzaban el río Iguazú, otros que los vieron caerse de las mismas y que los pequeños habían gritado pero que nadie los había escuchado. Que los coatíes se los comieron o que habían caído al río cerca de donde el yacaré dormitaba y que, ante la gran altura que tienen los paredones, éstos no pudieron trepar para escapar siendo así presa fácil del animal.
Entre tantas aristas sin llegar a ningún lugar en concreto, solo dos personas aportaron que vieron a los niños subirse a una camioneta ploteada con las imágenes del parque. Y que un hombre los había incitado a entrar en ella. El problema era que nadie más sabía de ese individuo.
Estas dos últimas declaraciones trajeron como resultado que se estudiara al personal del lugar, desde empleados de los restaurantes hasta los mismos guardias de seguridad. Todos fueron interrogados, no faltó ni uno. Los investigadores tuvieron en cuenta hasta la más mínima palabra de los testimonios para encontrar así algún indicio. Y lo que más les llamó la atención fueron dos palabras: “camioneta ploteada “ y “hombre que hizo entrar a los pequeños en la misma”. 
-          ¿Camioneta del parque? No nos falta ninguna. – aseguraron los transportistas.
Ante la insistencia de los oficiales, el personal se vio en la obligación de darles un informe donde se detallaba los recorridos diarios que se hacían con los vehículos del lugar y quienes eran los encargados de manejarlos. Y los mismos incluían hasta los tractores. Respeto a las cámaras de seguridad del parque, ninguna de ellas captó movimiento sospechoso alguno. Por ende, la evidencia grabada fue descartada.
Mientras la policía y los guardaparques realizaban los rastrillajes, la noticia de la desaparición de los estudiantes se esparció por todo el pueblo llegando hasta los medios locales y de la provincia entera. Se dio aviso a las fronteras de Paraguay y Brasil iniciando también allí la búsqueda.
A medida que pasaban las horas una nueva hipótesis caratulaba la investigación. La última versión era que, según otros testigos, los chicos habían sido secuestrados y enviados al Paraguay para ser vendidos. Aunque sonaba ilógico y a la vez probable ya que en este mundo todo puede pasar, la policía no terminó de descartar la idea de que los niños todavía se encontraban en el país.
Para las doce de la noche un grupo de personas se movilizaron por la Avenida Victoria Aguirre pidiendo por la aparición de los jóvenes perdidos de la escuela primaria de Posadas. Más de cien vecinos marcharon con pancartas por la avenida y se unieron en la diagonal principal antes de llegar a Tres Fronteras.
A la mañana siguiente, el Parque Nacional Cataratas del Iguazú amaneció con sus puertas cerradas al público y los medios de comunicación locales no pararon de mostrar una foto de los niños desaparecidos que un usuario anónimo les había hecho llegar. La imagen que ilustró las tapas de los diarios bajo el título Misterio en las Cataratas, tenía como protagonista a cuatro criaturas sonrientes paradas de espalda a la Catarata La Garganta del Diablo.




-          ¿Despertó?
-          No…
Un gemido hizo que los dos chicos se giraran para observar al nuevo paciente que tenía el chamán. Cuando el joven Newen trajo a la aldea corriendo un muchacho en brazos todo ensangrentado, enseguida los aldeanos dieron aviso al cacique y al chamán para que se enteraran de lo sucedido.
Faltaban dos días para el veintiuno de septiembre, año nuevo guaraní y día en que florecen las orquídeas. Es una celebración importantísima para ellos ya que es el único día del año en que se festejan todos los cumpleaños y el nacimiento de un nuevo ciclo de vida; por eso los habitantes del lugar se encontraban cocinando y preparando el gran banquete para la fiesta que se desarrollaría durante dos días seguidos en la cual participarían, además de sus tribus, todas las de Paraguay y Brasil.
Juan movió la cabeza hacia un lado y entrecerró los ojos para ver de perfil a dos niños un poco mayores que él que lo observaban boquiabiertos. Cerrando los parpados del todo e inclinándose hacia adelante para intentar sentarse, notó una mano cálida y de dedos rugosos que lo empujaba suavemente del hombro haciéndolo recostar de espaldas en la manta de piel de jabalí.
-          No te apresures que estás débil. – oyó que una voz femenina le decía a su derecha.
Frunciendo el entrecejo, Juan giró la cabeza y miro a la mujer regordeta que llevaba un vestido de tela gruesa marrón oscuro. En respuesta, ésta le sonrió cariñosamente mientras le terminaba de vendar el torso lastimado.
-          Me dispararon. – alcanzó a decirle cuando sintió una puntada muy fuerte cerca de la tetilla izquierda y comenzó a marearse. Se llevó una mano a la frente y percibió que estaba transpirada y helada. - ¿Qué me pasó?
-          Te desmayaste cuando llegaste al jardín de la selva. – le dijo uno de los dos chicos que estaban sentados muy cerca de él. – Cuando Newen te trajo aquí estabas desmayado y nos dijo que te rescató del alemán loco. Que cuando pasaron por su jardín, te despertaste y volviste a perder el conocimiento al ver las estatuas.
Juan no pudo evitar recordar la mirada perdida de aquel niño pequeño muerto cuyos ojos fríos y distantes se acentuaban con la palidez de la piel mortecina y rellena de fluidos no naturales que se le aplicaron al embalsamarlo. El gesto de aquella estatua que alguna vez vivió feliz, hoy señalaba con su dedo índice una fuente de piedra en medio del Edén selvático.  
Como si le hubiesen leído la mente, uno de los muchachitos guaraníes cuyos torsos bronceados brillaban de sudor, le dijo:
-          Newen nos dijo que viste al hijo de los turistas que desapareció hace poco. A él no lo pudimos salvar del alemán.
Juan se remojó los labios con su saliva para poder responderles.
-          ¿Y sus padres?
-          Ambos murieron en un accidente de auto en la ruta camino al aeropuerto. El auto desbarrancó y se perdió en medio de la selva. Fue ahí cuando secuestraron al niño que todavía respiraba. Inconsciente, pero vivo. Fue el alemán quien lo mató y lo rellenó.
-          Los policías pensaron que él murió solo en la selva cuando sacaron el coche de entre las ramas y, como no se atrevieron a seguir adentrándose en la maleza por miedo de que los pumas los atacaran, entonces no siguieron buscándolo y lo dieron por muerto. – acotó el otro.
La mujer mojó un paño en un balde de agua y lo exprimió para depositarlo en la frente de Juan brindándole frescor a aquella piel enfebrecida. 
Suspirando, el pequeño malherido se dejó hacer y dormitó por unos segundos.
-          Mis amigos están dentro de la casa. Los escuché.
Una mano helada tocó su brazo.
-          Tranquilo, esta noche los vamos a rescatar.



-          ¿Qué ves? – dijo en voz baja Clara al oído de Sami quien estaba arrodillada contra la puerta sollozando.
Negando con la cabeza y tragándose las lágrimas saladas Sami le respondió:
-          Guille está en la camilla donde estaba Juan. – gimió llevándose una mano a la boca para amortiguar el ruido. – creo que está muerto.
Clara abrió los ojos de par en par y se fue hacia atrás contra la puerta de madera asustada mirando un punto fijo en medio de la oscuridad de la habitación.
La única luz que ingresaba era la de la cocina que recorría el pasillo y se filtraba por la cerradura de su puerta.
Entre sollozos ahogados, Sami apretó la mano de su amiga y creyó estar viendo sus ojos cuando le prometió que ambas iban a salir de aquel infierno.
-          ¿Y a Guille? ¿Lo vamos a dejar acá?
De fondo se oyó el ruido de una sierra eléctrica.
Clara, agitada, empujó a su amiga y la hizo de lado para ver qué era lo que ocurría en la cocina. Sami, creyendo saber qué era lo que estaba pasando, la abrazó y le giró la cabeza para que no viese aquel funesto espectáculo.
Sami le alzó la cabeza y le dijo bien clarito en voz baja:
-          Por lo que más quieras, te prometo que vamos a salir de acá. Aunque Guille ya no lo haga.



A las tres de la madrugada, mucho después de que la sierra de la cocina se apagase del todo, ambas niñas que dormitaban abrazadas juntas en una de las esquinas del cuarto se despertaron sobresaltadas al oír los gritos aguerridos - y en un idioma irreconocible por ellas - de varios niños que corrían hacia la casa. 

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