Emily cerró los ojos y suspiró agotada. Se puso de rodillas delante del
cuerpo de chamán y parpadeó lentamente pensando de a poco qué era lo que había
hecho. Sus manos, que las veía muy borrosas, yacían sobre sus muslos empapadas
de sangre manchando a su vez sus pantalones de jean.
Oía a lo lejos el llanto descocido de una niña, pero no le importó en lo más
mínimo. No podía moverse, un pitido rezumbaba en sus oídos. Estaba un poco
mareada y su boca se había secado. Los latidos de su corazón se intensificaban
cada vez más provocándole un tenue dolor en el pecho. Percibió que algo la
toqueteaba unos instantes, y que luego la sacudía de lado con fuerza.
Haciéndose a un costado, Emily achinó los ojos y miró de soslayo a un joven
aborigen que le hablaba… o eso creía. Sus labios se movían, como si estuvieran
queriendo salir sonido de ellos, aunque sin éxito. Luego de un rato estudiándolos
fijamente, pudo escuchar lo que el chico le decía.
-
...lo … lo… ma… mataste. – tartamudeó alejándose
unos pasos de ella.
Emily sacudió la cabeza y comenzó a comprender todo. Es cierto, había matado
al chamán de la aldea. Al hombre que, según lo que le dijo Juan, secuestró a
los niños en las cataratas fingiendo ser un fotógrafo del parque y se los había
llevado ante el dueño de la casa que los guaraníes habían incendiado unas horas
antes.
Tragando saliva, se giró de costado e interpretó la escena que tenía delante
de sus ojos. Una criatura llorando desconsoladamente intentando cerrar las
heridas de cuchilla que tenía en su cuerpo. Sus manos, al igual que las de
ella, estaban empapadas de sangre.
Aquella imagen terrorífica la impactó más de lo que pudo imaginar por lo que
se arrastró hasta la criatura y rápidamente, despertándose de su estupor, comenzó
a chequear que las heridas no fueran tan graves. Observó que tenía un tajo en
un muslo y un corte no tan profundo en la zona abdominal.
-
Eu, vos. – le señaló al joven aborigen con la
cabeza su moto. – Dejá de alejarte de mí que no te voy a hacer nada. Mejor vení
y ayudame a salvarla. Traeme del baúl de la moto el botiquín de primeros
auxilios. Sí, levantá el asiento que ahí va a estar. Eh… ¿cómo te llamás?- le preguntó a la nena
quien había cesado de llorar y que la observaba fascinada.
Tardó en responderle, pero al final lo hizo.
-
Sami.
Asintiendo, Emily se presentó ante ella como la médica
cirujana que era y, en tono cómplice, la instó a que la ayudase recostándose sobre
un colchón de hojas caídas y barro. Un
poco reticente, el guaraní le tendió un minúsculo botiquín sin siquiera
mirarla. Notando esto, ella sonrió cómicamente y comenzó a sacar las vendas,
aguja e hilo y el desinfectante. Ante la cara de horror de Sami al ver cómo
ella le inspeccionaba la herida, Emily le dio a éste un codazo y le indicó que la
distrajera mientras le limpiaba el corte del muslo.
-
A ver a ver... contanos Sami, ¿tenés mascotas en
tu casa?
Y así fue como, entre charla y charla, la pequeña casi no sintió que ella le
estaba cociendo las heridas y vendándolas. Cuando se quiso dar cuenta, Emily ya
había dado por terminado su trabajo. Bajo la atenta mirada del aborigen, guardó
sus instrumentos de nuevo en la moto. No dio un paso atrás que sintió que una
mano de piel oscura le aferraba el brazo con fuerza y la retenía. Viéndolo de reojo, Emily se quedó esperando a
que el chico le hablara. Cuando lo hizo, su voz grave le dio la pauta de que
aquel muchacho no era ningún jovencito. Sino que casi pasaba a ser adulto.
-
Ella va a estar bien, ¿no?
Emily lo estudió unos instantes sin desprenderse de esa mano intrusa.
-
¿Qué diagnóstico le das? - le preguntó.
El muchacho abrió los ojos de par en par y la miró entusiasmado, algo que
hizo que ella se sorprendiera ante aquel repentino cambio de humor. Se carcajeó
y le dio unas palmaditas en el brazo asintiendo.
-
Si tanto sabías de medicina podías haber ido a
ayudar a tus amigos que volvían lastimados de la casa quemada en vez de
perseguirme hasta acá- lo picó.
Haciendo una mueca de disgusto, él soltó su brazo y caminó en dirección a la
niña. La ayudó a incorporarse y la alzó
en brazos para sentarla de costado en la moto. Acto seguido inspeccionó el
cuerpo tendido del chamán ensangrentado.
-
¿Qué hacemos con él? - preguntó Emily quien vio
que el chico se alejaba de ella empujando la moto por el volante.
-
¡Que se lo coman los pumas! - gritó jocosa Sami
haciéndolos reír a ambos.
------
Sami se opuso a los gritos a que la trasladaran al pueblo.
Quería ir con ellos a toda costa a buscar a su amiga Clara. Emily, que ya le
había revisado las vendas y visto que las heridas habían dejado de sangrar, no
le llevo la contra cuando ésta les dijo que si la dejaban que los acompañase
los iba a guiar hasta donde Clara estaba.
El guaraní, que observaba divertido y la vez preocupado el
capricho de la mocosa, miró de mala gana a la médica al momento en que ésta
aceptó a que los guiase hacia su secuestrador. Acercándose a ella le recriminó
por lo bajo que era una inconsciente al dejar que la chiquilla los siguiese.
-
Andate con ella entonces, yo necesito encontrar
a la otra nena.
-
Y a Guille. – acotó Sami levantando su pequeño dedito
en el aire.
-
Y a Guille- repitió Emily acomodando su espalda
contra el tronco de un árbol y cruzándose de brazos.
El chico la fulminó con la mirada. Después de un largo
rato de silencio, éste terminó asintiendo un poco ofuscado. Con una sonrisa de oreja a oreja, Emily se le
acercó y le tendió la mano.
Ante aquel gesto, el muchacho se paralizo incrédulo.
-
Vamos colega, si vas a ser el próximo chamán de
la aldea te voy a necesitar fuerte para que me cures los agujeros de escopeta
que voy a ganarme ni bien encontremos al viejo alemán.
Él no le dio la mano, sino que se alejó.
Sami les había contado todo lo que vivieron ellos encerrados después de que
Juan se fuera. Se puso radiante de alegría al enterarse de que su amigo la
esperaba en la aldea sano y salvo. A cada rato les preguntaba si tenían para
comer logrando que ambos se mirasen cómplices sabiendo que esa pregunta era
sinónimo de que ella se sentía bien. El sol se estaba escondiendo y la caminata
los cansaba demasiado.
Por la tarde una llovizna los refrescó y les permitió saciar su sed. El
calor era bastante insoportable lo que los hizo parar a relajar las piernas
unas cuantas veces. Antes de que anocheciera del todo, Sami los hizo
sobresaltar al gritar que había visto a lo lejos la camioneta verde del alemán.
Escondiéndose detrás del follaje para no ser vistos, Emily comenzó a inspeccionar
todo. Mucho más atrás de donde el Jeep se encontraba camuflado, una casa de
piedra cubierta de musgo se levantaba. Salía humo de una pequeña chimenea que se
perdía entre tan precaria arquitectura.
Una estatua de piedra de un niño se encontraba en la entrada a la casa. Claramente no era hecha de mármol, sino que
era de carne humana.
-
No puedo entender cómo nuestro chamán se juntaba
con esta basura. - oyó que el guaraní susurraba a su derecha. Estaban ambos agachados
y muy juntos por lo que el aliento de uno me mezclaba con el del otro.
Cerrando los ojos, Emily agacho la cabeza y le dijo suavemente.
-
Por favor, necesito que la nena no vea esa
estatua. Mantenela alejada de ella.
Frunciendo el ceño al comprender lo que ella le intentaba
decir, asintió.
Levantándose, Emily comenzó a caminar en dirección a la casa cuando una mano
la frenó. Girándose de golpe, el muchacho la abrazó con fuerza.
-
No vayas sola. Espérame cerca dela camioneta que
veo si la niña se durmió.
Asintiendo, se soltaron y se miraron fijamente.
-
¿Cómo te llamas?
-
Newen.
Minutos más tarde ambos comenzaban a acercase a la casa teniendo como
principal objetivo no solo rescatar a Clara, sino que además darle entierro al cadáver
del niño que yacía en la entrada del lugar. El cadáver de Guille.
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