-
Los dejé descansando. Ambos están bien, la niña
no presenta lastimadura alguna. El problema recae en el varoncito que lo
salvamos de milagro. Pero igualmente vamos a tener que derivarlo al hospital
porque ya no podemos hacer más. – le dijo el chamán al cacique quien se
encontraba sentado sobre el tronco de un árbol caído frente a la tienda donde
los dos chicos dormían.
Se sentó a su lado y apoyó los
codos en sus jóvenes rodillas. Digo jóvenes porque era un muchacho que no
superaba los veinticinco años de vida, aunque aparentaba tener cuarenta. Los
guaraníes no eligen a sus propios brujos/ médicos; éstos o son elegidos por el
chamán que vive en ese momento para nombrarlo su sucesor, o bien se hace de
generación en generación. Es decir, que quien seguiría sus pasos sería su hijo.
Y así sucesivamente.
Vio de reojo que el cacique se
llevaba una mano a la frente y se secaba el sudor mientras suspiraba y fruncía
el ceño.
-
Soy tan asesino como aquel hombre por haber
permitido esto. – lo oyó gemir y apretar los puños contra sus muslos.
El chamán estudió las facciones contraídas
del hombre. Sabía que el jefe de la aldea sufría de fuertes migrañas, por lo
que esta situación iba a generar que se le produzca una en cualquier momento.
-
Nadie lo supo hasta hace poco.
Negando, el cacique le replicó.
-
Teníamos que haber denunciado esto ni bien lo
descubrimos. La selva es nuestra casa, nosotros sabemos todo lo que pasa aquí.
No puede ser que no supiésemos lo que este hombre practicaba.
-
Pero es que hacía poco tiempo que nos habían
devuelto las doscientas hectáreas que nos quitó el gobierno anterior y, si
denunciábamos esto, corríamos el riesgo de que nos las saquen de nuevo. Aparte,
la casa de este asesino es una propiedad privada. No podíamos pasar.
-
Tchs, excusas.
El cacique sintió la mano del chamán en su
hombro que lo apretó con fuerza.
-
En una situación tan delicada como aquella, un
simple escándalo nos iba a embarrar más todo lo que habíamos luchado por
conseguir. Yo no querría perder mi tierra, mi casa, mi familia…
El jefe de la tribu se deshizo del agarre
de su compañero con un movimiento brusco.
-
No hay tierra si no hay mano quien la cultive. Y
yo mate esas manos. No hay futuro sin presente, no hay futuro sin niños. Y yo
maté a esos niños.
-
¡Overamoi*!- se escuchó de repente a sus
espaldas.
Girándose, vieron a un grupo de
chicos que corría hacia ellos señalándoles unas luces que irrumpían la
oscuridad. Unas luces azules y blancas.
El ruido de pasos de hombres trotando por el
barro mojado y cubierto de hojas generó un cierto estupor entre los aldeanos
quienes se reunieron todos alrededor del cacique, como si quisieran protegerlo.
-
¿Qué es eso? – una mujer preguntó en su lengua
haciendo que el jefe de la tribu se levantase del tronco del árbol y alzara el
mentón para ver a lo lejos cómo cinco policías se les acercaba. Cuando quedaron
a pocos metros de ellos, uno de los oficiales, que tenía más estrellitas en su
uniforme, caminó hasta él y lo saludó con un gesto.
-
Aujebete*- le respondió, asintiendo a su vez con
la cabeza.
Mirando hacia todos lados, el
oficial comenzó a hablar:
-
Jefe, buenas noches. Hemos tenido una denuncia
policial acerca de que unos niños que desaparecieron hace dos días podrían
estar perdidos por aquí.
Se hizo un silencio atroz entre
las dos partes. La tensión que reinaba en el aire era más fuerte que la
guillotina que quiere cortar la culpa.
-
¿Y bien? ¿Qué ordenes tiene?
Apretando la mandíbula, el policía le
contestó:
-
Le vamos a pedir que nos acompañe a atestiguar
que usted y la comunidad es inocente y se desligan de la investigación.
Pegando una fuerte carcajada nerviosa que
hizo que más de uno saltara asustado en el lugar, el cacique se dio la vuelta y
miró a los habitantes de su aldea. Aunque por unos segundos su mirada se
estancó en la del chamán.
Cerrando los ojos al ver los de su
compañero, se giró y, respirando hondo
habló mientras empezaba a caminar hacia el interior de la selva:
-
Acompáñenme
a confesarme y, de paso, les muestro el Jardín del Edén. Ah, por favor, - los
interrumpió. – si son impresionables o tienen hijos, no vengan.
Un día atrás, cuatro horas antes del ataque a la casa de la selva.
-
Necesito hablar con vos.
Maria Emilia Du Marín, o más bien
Emily como solían llamarla sus allegados, se quedó mirando a su colega
sorprendida.
-
¿Qué ocurre? - le respondió haciéndose de lado
para dejarlo pasar a su consultorio. Lo vio entrar y caminar unos pasos para
girarse y mirarla un poco perdido y desesperado.
-
Te conozco poco, pero sé que sos buena en esto.
Te vi en las prácticas del doctor Ismael, por eso confío en que me vas a poder
ayudar.
Emily, cerrado la puerta en un
sonido suave, asintió.
-
¿Qué hay que hacer? Soy recién recibida, pero
puedo ayudar siempre y cuando lo podamos trasladar…
-
Nada de trasladar- dijo y se llevó una mano a la
mejilla para secar una gota de sudor. Hacía muchísimo calor ese día. Respirando
audiblemente, frunció los labios y la observó de nuevo sin saber cómo decirle
esto.
Emily se lo quedó mirando curiosa.
-
José, qué pasa.
-
Tenemos a uno de los chicos que desapareció en
las Cataratas.
Emily abrió los ojos verdes bien
grandes detrás de sus anteojos y dio un paso atrás.
-
¿Qué les hicieron a esas criaturas?
-
¿Nosotros? No, ellos. Nosotros rescatamos a uno
de los cuatro. Está en mi tienda. Tiene una herida de bala arriba del corazón y
dos tajos no muy profundos cerca de la última costilla derecha…
No lo dejó terminar, porque ella ya había
salido del hospitalito a agarrar su moto.
-
Vos guíame.
La corrió hasta alcanzarla y se subió con
ella a la moto. Poniendo primera, ambos arrancaron y empezaron a esquivar
personas que habían iniciado la marcha por las dos avenidas principales para
pedir por los niños desaparecidos.
-
Tenemos que salir a la ruta, y de ahí tratar de
agarrar la doce. En uno de los empalmes te metes adentro.
-
Ok, pero decime que si entramos a la selva voy a
poder andar con la moto.
-
Quedate tranquila que se puede. Llovió hace un
rato pero con el calor ya se secó todo.
La ruta por la que circularon era digna de una película de
Jurassic Park. Era un camino que tenía en ambas manos tráfico y estaba rodeada
de selva y hoteles de lujo turísticos en sus primeros diez kilómetros. Para cuando
ya no se veía rastro de civilización a sus alrededores y la tierra colorada amenazaba
con devorarles el pavimento, Emily se dio cuenta de que ésta era muy similar a
la del…
-
El cielo está rojo. Como el suelo. – escuchó el
chamán que ella le decía sin dejar de acelerar.
-
Sí, sabés lo que eso significa para nosotros,
¿no?
-
Significa que se va a derramar sangre. - supo
que estaba en lo cierto porque su colega no habló más hasta el momento en que
le indicó que doblara a la derecha.
Les llevó tiempo poder avanzar en el barro con la moto
porque todavía estaba todo embarrado. Las zonas selváticas como esta son muy
húmedas y llueve todo el tiempo. Es por eso que su vegetación es abundante y
los colores de los verdes son tan intensos.
Emily supo que llegaba a la aldea cuando, después de caminar
lo que para ella parecieron ser horas, un grupo de niños guaraníes los recibió
con los brazos abiertos y muy felices. El chamán los alzó a upa y jugueteó con
ellos. Luego, cuando notó que las caritas sucias de los pequeños se iluminaban
al ver a la recién recibida doctora cirujana Du Marín, hizo las presentaciones
necesarias y siguieron caminando hasta internarse en la aldea.
-
¿Cuándo volvés a Buenos Aires?
Emily le sonrió, pero su sonrisa no llegó
del todo a convencerlo. Sabía que estaba preocupada con lo que le había contado
de los chicos desaparecidos y del estado en que estaba Juan, el niño rescatado.
-
Vuelvo cuando esto termine. No vine sola, así
que no me van a extraña.
Riéndose porque sabía a lo que ella se
refería, le preguntó muy inocente.
-
¿Luna de miel?
Emily no le respondió con palabras, pero sí
con un sonrojo intenso.
Cuando entraron en la tienda donde se encontraba el
muchachito herido, Emily sacó de debajo del asiento de su moto un pequeño
botiquín repleto de herramientas de cirugía.
-
Logre sacarle la bala y lo estuvimos vendando.
La mujer aborigen que cuidaba del chico se
hizo a un costado sonriéndole cáidamente y salió de la tienda para dejar a los
dos médicos actuar.
-
Bien- le respondió Emily limpiándose las manos
en un cuenco de agua que un niño les había alcanzado.
Cuando se secó las manos y se inclinó en el
camastro para inspeccionar las heridas, puso una cara que no paso por alto por
el chamán.
-
Jose, ¿quién hizo esto?
El chamán estuvo un buen rato callado bajo
los irises verdes curiosos de la joven.
-
Jose, ¿Quién…
-
¿Conocés la leyenda del hombre de la bolsa? – al
verla asentir, continuó. – Bueno, porque es real.
Samy soltó un grito y se despertó de golpe sentándose en la
cama de sábanas blancas. Agitada y sollozando, se tocó las mejillas húmedas por
la transpiración y comenzó a mirar a su alrededor. Estaba en una habitación
cuyas paredes era de piedra gris apiladas unas con otras. Un poco de vegetación
de filtraba entre ellas y los rayos del sol entraban por los dos huecos donde
allí una vez hubo ventanas. Parpadeó varias veces sin poder entender dónde
estaba. No había puertas, solo ventanales vacíos por donde le sería muy fácil
escapar.
Le dolía la cabeza por lo que se llevó una mano a la sien y
se la apretó en un puño cuando un pequeño suspiro que no provenía de ella la
paralizó. Lo oyó otra vez, pero en esta oportunidad de su derecha, muy cerca de
ella.
Giró la cabeza un milímetro cuando sus ojos dieron de lleno
con los marrones claros bien grandes de su amiga Clara que la miraban fijos.
Y sin vida.
overamoi*: nombre en guaraní que
se le da al médico o brujo de la aldea. Más comúnmente conocido como chamán.
Aujevete*: Buenas tardes, noches,
días.
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