jueves, 13 de julio de 2017

Capítulo VII- Un mito renace


-Es una leyenda – dijo Emily apoyándose contra la sábana de la cama. – O un mito. O lo que sea. Mis padres me decían que el hombre de la bolsa me llevaría con él si no me iba a dormir la siesta. 
El chamán soltó una carcajada.
-          Típica historia modificada por porteños.
Emily fingió sentirse ofendida y miró al niño que yacía dormido. Por instinto le acaricio la pequeña cabecita enredando las hebras de cabello oscuro sedoso entre sus dedos. Su respiración lenta y acompasada lograba que el ambiente entre ambos sea mucho más amigable. Cuando el chamán habló, Emily se sobresaltó. Estaba ya quedándose dormida.
-          El hombre de la bolsa es un señor mayor barbudo, con barba blanca, bigotes prominentes y de cabello canoso. Viste ropas andrajosas y camina errante por las rutas  desiertas con una bolsa de arpillera sucia en busca de niños a los que comer. Se lo suele ver en las tardes calurosas de verano, donde el sol raja la tierra y ni toda la lluvia del mundo puede humedecerla.
Emily sonrió y, arrodillada como estaba apoyada sobre la cama, doblo un brazo para sujetar su cabeza con su muñeca derecha sin dejar de mirarlo.
-          ¿La llorona es parienta del hombre de la bolsa? – se rio y se acomodó mejor de costado. – Soy reacia a creer estas cosas.
-          Tsk- se quejó sarcásticamente.
Ella lo estudió unos segundos hasta que preguntó:
-          ¿Por qué decías que la historia es cierta?
-          Porque lo es. Tenemos entre nosotros a un asesino de niños. – percibió cómo los ojos de Emily  detrás de sus anteojos se agrandaban un poco por la sorpresa. Agradeció que ella no lo interrumpiera porque odiaba tener que contar las cosas dos veces.
– Desde que tengo memoria este hombre vive acá. En nuestras tierras. Lo poco que sabemos es por un grupo de jóvenes, que en su momento se atrevieron a entrar a la casa cuando él no estaba, es que éste es de Europa. Hay un rumor en el pueblo de que él se vino a vivir solo al poco tiempo en que se supo de la caída del nazismo. Perdió a su familia entera en la guerra y decidió encontrar la paz en medio de la selva.
Emily entrecerró los ojos.
-          Sé que Hitler estuvo escondido en la provincia de Córdoba en el pueblo de La Falda, o al menos eso se cuenta.
-          Sí, conozco la historia de aquella habitación del Hotel Edén…
-          Por eso, no me sorprende que este hombre haya venido con Hitler para estos pagos. ¿Qué más se sabe de él?
Rascándose la barbilla le respondió:
-          Fue médico, pero además un excelente embalsamador de humanos y animales. Tiene una fijación u obsesión extraña hacia los niños pequeños. Los secuestra del pueblo para matarlos, embalsamarlos y ponerlos como si fuesen estatuas en un jardín al fondo de su casa. Lo hemos observado durante años cómo desarrollaba todos los pasos, como si fuese una especie de ritual. Primero los corta en vida y les extrae los órganos con la criatura aullando de dolor. Cuando ésta deja de gritar, ya sea porque falleció o se desmayó del dolor, ahí es cuando comienza a rellenarlos. Luego los cose y les aplica un ungüento hecho con el aceite de la planta aloe vera para brindarle brillo y suavidad a la piel...
No pudo continuar porque se sobresaltó al ver a Emily salir corriendo de la tienda, caer de rodillas sobre las raíces del árbol más cercano y empezar a vomitar. El ruido que hacía su garganta debido a las arcadas le dio escalofríos. Levantando la mano derecha para apoyarla sobre la corteza del árbol,  trató de recomponerse de a poco respirando hondo. Estaba muy mareada por lo que cerró los ojos y se mantuvo quieta un rato hasta sentir que el piso dejaba de flotar bajo sus rodillas. Percibiendo  la filosa mirada del chamán en sus espaldas, lo miro de reojo de una forma tan furiosa que lo hizo retroceder un paso.
-          ¿Dónde está ese hijo de puta? ¿Él tiene a los demás chicos?
El otro asintió.
-          Quedate tranquila que esta noche los vamos a rescatar.
Emily se paró, se limpió la boca con su brazo y caminó en silencio de regreso a la tienda pasando por su lado. Al entrar, noto que el niño estaba despierto. Sin dar un paso más allá de la entrada, fue testigo de cómo la expresión de la carita de chico se transformaba al ver que detrás de ella estaba el chamán.


Dos horas después del ataque a la casa.


SE LO QUE PASO CON LOS CHICOS DESAPARECIDOS. DENUNCIAME.
TE AMO.

Emily, apagó el celular y lo escondió en su riñonera interna. Miró la casa destruida y el jardín lleno de cadáveres perfumados por la naturaleza salvaje, y comenzó a correr en busca de su moto.
Lo que no supo, era que un joven que la observaba desde detrás de un árbol, comenzó a seguirla.
-------

El piar de los pájaros y los gritos de los monos al ir de árbol en árbol era la música de fondo agradable de aquel espectáculo funesto. El cacique había conducido a los oficiales hacia el jardín de la selva ni bien el sol comenzó a salir, haciendo que para ellos les sea mucho más fácil el poder desplazarse entre la abundante vegetación. Los policías estaban maravillados de cómo el cacique, con sus pies desnudos, caminaba rápido y sin ningún problema sobre el barro mojado mientras que ellos, que vestían botas de cuero duras, lo seguían a un ritmo mucho más despacio. 
Cuando llegaron a una pequeña colina, el líder guaraní se paró en la cima y se giró hacia ellos.
-        Les recuerdo, los que tienen hijos no se acerquen. Esto es muy impresionable.
Ante el asentimiento general, el hombre bajó por la explanada y, mientras descendía, podía oír a sus espaldas el grito mudo de los oficiales al ver que se acercaban a la entrada del jardín donde  un pequeño niño vestido de querubín los esperaba  sentado sobre una plataforma  de mármol para darles la bienvenida a aquel tétrico paseo.
-          ¿Qué es eso? ¿Una estatua? - se preguntó un policía en tono jocoso. A lo que uno de sus compañeros, que se había acercado bien a la escultura, le respondió.
-          No, es el primer cadáver que vas a enterrar.
Se hallaron  en total, y contando solamente a los del jardín, veinticuatro niños embalsamados cuyos cuerpos no presentaban rastros de deterioro. Sus ojos los observaban intactos y los perseguían con la mirada a medida que los oficiales los acostaban en el suelo en línea horizontal. El trabajo estaba muy bien hecho. El asesino realmente era un artista al lograr semejante arte.
El cielo comenzaba a tornarse gris. El cacique, quien observaba todo desde un costado, alzó la cabeza y miró cómo las nubes empezaban a tapar el sol. La lluvia pronto estaría por caer.
-          ¿Está bien lo que estamos haciendo? - sintió que un hombre le decía a su compañero mientras apoyaban con sumo cuidado un cuerpo en la tierra. - ¿No tendríamos que esperar a los forenses y a criminalística antes de tocar los cadáveres?
Un estallido de risas inundó el aire pesado y agonizante. ¿Hacía falta explicar más?
Para cuando terminaron de enfilar a los niños - de a los que a algunos les sobresalía de las axilas, tobillos y cuellos alambres que los había estado sosteniendo todo este tiempo a las bases de mármol  como si fuesen esculturas griegas – los envolvieron en bolsas blancas y los llevaron en camillas hechas con tablas de madera que el cacique les dio hasta las camionetas que los transportaría hacia la morgue.
-          ¿Qué es eso que esta todo destruido? - le señalo el comisario al aborigen la casa quemada y venida abajo. Mirándolo acusatoriamente, le volvió a preguntar: - ¿Qué ocurrió aquí?
Haciendo una mueca y retirándose para volver solo al interior de la selva en busca de su aldea, el guaraní murmuró entre dientes:
-          Jehepy*
El oficial entrecerró los ojos y, sabiendo del carácter podrido que este tenía, decidió ignorar aquel comentario y unirse a los pocos policías que quedaban en aquel jardín de cuyas bellezas hoy carecía. Solo era, simplemente, un pequeño terreno de plantas y flores bien cuidadas; y una fuente de agua decorativa en su centro. 
A lo lejos se oía el rugir del agua caer de un salto cercano y escondido váyase a saber dónde. Porque ellos jamás podrían adentrarse en la jungla. Aquel lugar ya no les pertenecía más.
Secándose la frente transpirada, se dio cuenta de que sus hombres ya se estaban yendo de allí por lo que se ajustó la cintura del pantalón y comenzó a caminar en su dirección. Escuchó cómo uno de ellos celebraba el que se haya terminado parte de la investigación. El, en cambio sabía que eso no era cierto.
La historia del destino de esos veinticuatro cadáveres recién empezaba.

---

Apagó el disco y destapó la tapa de la olla donde un olorcito a verduras cocidas inundó sus fosas nasales haciéndolo gemir satisfecho. Buscó un cuenco de madera y sirvió un poco de aquella sopa en su interior para luego llenar el próximo. Teniendo servidos cinco cuencos, los depositó en una bandeja y los llevó a la mesa del comedor donde cuatro niños lo esperaban ansiosos por empezar a comer.
-          A ver a ver… - canturreó mientras se los iba dejando delante de cada uno. – no empiecen a comer hasta que estemos todos sentados en la mesa. – agarró cucharas y se las fue entregando encajándoles el mango en la pequeña abertura de sus puños cerrados.
Ya todo listo, se sentó y les sonrió feliz de estar nuevamente todos juntos en familia.
Clara sollozó y el hipo constante que tenía no le permitió siquiera moverse. Con sus mejillas empapadas de lágrimas y la visión un poco nublada intentó moverse en la silla en la que tenía ambos tobillos atados. Pero no pudo. Su torso era rodeado por una soga que la mantenía quieta contra el respaldo del asiento. Al hacer esto, el viejo que comía la observó unos segundos.
-          ¿Qué pasa? - le preguntó estirándose de costado para aferrar un extremo de la soga y tirar hacia delante para acercarla a él.
Clara se quedó de piedra. Tener al hombre tan cerca de ella la hizo hipar aún más fuerte de los nervios. Estaba incluso incómoda de tener sus pantaloncitos mojados por su propia orina. Tragando con mucha fuerza, le respondió negando frenéticamente la cabeza.
-          Ah bueno, así me gusta. – se carcajeó empujándole la silla hacia atrás dejándola a varios centímetros de distancia de donde estaba su plato.
Y como tampoco iba a poder moverse para alcanzarlo, Clara sufrió al saber que otro día más iba a estar sin comer.
-          Y sí, tenés razón. En cualquier momento se va a largar a llover. – decía el hombre mientras conversaba con los otros tres chicos que ni siquiera habían probado bocado.
Riendo de algo que Clara jamás llego a oír, el viejo volvió su vista hacia ella y le guiñó el ojo.
-          Son mis tres hijos. ¿A que son hermosos? –  con su mano le dio vuelta de costado el cuello rígido de uno de los tres chicos para que éste la mirase. – Comé la comidita mi amor – le dijo llevándole la mano con la cuchara a la boca de labios duros y brillantes. –  Mmm ¡qué rico! ¡Ah! ¡Tengo postre!
Se paró de golpe y se fue a la cocina cuando de repente el cadáver de uno de los tres hijos se cayó hacia adelante sobre la sopa desparramándola por toda la mesa.


Jehepy*: venganza.

Todos los derechos reservados.




No hay comentarios :

Publicar un comentario