-Es una leyenda
– dijo Emily apoyándose contra la sábana de la cama. – O un mito. O lo que sea.
Mis padres me decían que el hombre de la bolsa me llevaría con él si no me iba
a dormir la siesta.
El chamán soltó
una carcajada.
-
Típica historia modificada por porteños.
Emily fingió
sentirse ofendida y miró al niño que yacía dormido. Por instinto le acaricio la
pequeña cabecita enredando las hebras de cabello oscuro sedoso entre sus dedos.
Su respiración lenta y acompasada lograba que el ambiente entre ambos sea mucho
más amigable. Cuando el chamán habló, Emily se sobresaltó. Estaba ya quedándose
dormida.
-
El hombre de la bolsa es un señor mayor barbudo,
con barba blanca, bigotes prominentes y de cabello canoso. Viste ropas andrajosas
y camina errante por las rutas desiertas
con una bolsa de arpillera sucia en busca de niños a los que comer. Se lo suele
ver en las tardes calurosas de verano, donde el sol raja la tierra y ni toda la
lluvia del mundo puede humedecerla.
Emily sonrió y,
arrodillada como estaba apoyada sobre la cama, doblo un brazo para sujetar su
cabeza con su muñeca derecha sin dejar de mirarlo.
-
¿La llorona es parienta del hombre de la bolsa?
– se rio y se acomodó mejor de costado. – Soy reacia a creer estas cosas.
-
Tsk- se quejó sarcásticamente.
Ella lo estudió unos segundos hasta que preguntó:
-
¿Por qué decías que la historia es cierta?
-
Porque lo es. Tenemos entre nosotros a un
asesino de niños. – percibió cómo los ojos de Emily detrás de sus anteojos se agrandaban un poco
por la sorpresa. Agradeció que ella no lo interrumpiera porque odiaba tener que
contar las cosas dos veces.
– Desde que
tengo memoria este hombre vive acá. En nuestras tierras. Lo poco que sabemos es
por un grupo de jóvenes, que en su momento se atrevieron a entrar a la casa
cuando él no estaba, es que éste es de Europa. Hay un rumor en el pueblo de que
él se vino a vivir solo al poco tiempo en que se supo de la caída del nazismo.
Perdió a su familia entera en la guerra y decidió encontrar la paz en medio de
la selva.
Emily entrecerró
los ojos.
-
Sé que Hitler estuvo escondido en la provincia
de Córdoba en el pueblo de La Falda, o al menos eso se cuenta.
-
Sí, conozco la historia de aquella habitación
del Hotel Edén…
-
Por eso, no me sorprende que este hombre haya
venido con Hitler para estos pagos. ¿Qué más se sabe de él?
Rascándose la barbilla le respondió:
-
Fue médico, pero además un excelente
embalsamador de humanos y animales. Tiene una fijación u obsesión extraña hacia
los niños pequeños. Los secuestra del pueblo para matarlos, embalsamarlos y
ponerlos como si fuesen estatuas en un jardín al fondo de su casa. Lo hemos
observado durante años cómo desarrollaba todos los pasos, como si fuese una
especie de ritual. Primero los corta en vida y les extrae los órganos con la
criatura aullando de dolor. Cuando ésta deja de gritar, ya sea porque falleció
o se desmayó del dolor, ahí es cuando comienza a rellenarlos. Luego los cose y
les aplica un ungüento hecho con el aceite de la planta aloe vera para
brindarle brillo y suavidad a la piel...
No pudo
continuar porque se sobresaltó al ver a Emily salir corriendo de la tienda,
caer de rodillas sobre las raíces del árbol más cercano y empezar a vomitar. El
ruido que hacía su garganta debido a las arcadas le dio escalofríos. Levantando
la mano derecha para apoyarla sobre la corteza del árbol, trató de recomponerse de a poco respirando
hondo. Estaba muy mareada por lo que cerró los ojos y se mantuvo quieta un rato
hasta sentir que el piso dejaba de flotar bajo sus rodillas. Percibiendo la filosa mirada del chamán en sus espaldas,
lo miro de reojo de una forma tan furiosa que lo hizo retroceder un paso.
-
¿Dónde está ese hijo de puta? ¿Él tiene a los
demás chicos?
El otro asintió.
-
Quedate tranquila que esta noche los vamos a
rescatar.
Emily se paró, se limpió la boca con su brazo y caminó
en silencio de regreso a la tienda pasando por su lado. Al entrar, noto que el
niño estaba despierto. Sin dar un paso más allá de la entrada, fue testigo de
cómo la expresión de la carita de chico se transformaba al ver que detrás de
ella estaba el chamán.
Dos horas después del ataque a la casa.
SE LO QUE PASO CON LOS CHICOS
DESAPARECIDOS. DENUNCIAME.
TE AMO.
Emily, apagó el
celular y lo escondió en su riñonera interna. Miró la casa destruida y el
jardín lleno de cadáveres perfumados por la naturaleza salvaje, y comenzó a
correr en busca de su moto.
Lo que no supo,
era que un joven que la observaba desde detrás de un árbol, comenzó a seguirla.
-------
El piar de los
pájaros y los gritos de los monos al ir de árbol en árbol era la música de
fondo agradable de aquel espectáculo funesto. El cacique había conducido a los
oficiales hacia el jardín de la selva ni bien el sol comenzó a salir, haciendo
que para ellos les sea mucho más fácil el poder desplazarse entre la abundante
vegetación. Los policías estaban maravillados de cómo el cacique, con sus pies
desnudos, caminaba rápido y sin ningún problema sobre el barro mojado mientras
que ellos, que vestían botas de cuero duras, lo seguían a un ritmo mucho más
despacio.
Cuando llegaron
a una pequeña colina, el líder guaraní se paró en la cima y se giró hacia
ellos.
-
Les recuerdo, los que tienen hijos no se
acerquen. Esto es muy impresionable.
Ante el
asentimiento general, el hombre bajó por la explanada y, mientras descendía,
podía oír a sus espaldas el grito mudo de los oficiales al ver que se acercaban
a la entrada del jardín donde un pequeño
niño vestido de querubín los esperaba
sentado sobre una plataforma de
mármol para darles la bienvenida a aquel tétrico paseo.
-
¿Qué es eso? ¿Una estatua? - se preguntó un
policía en tono jocoso. A lo que uno de sus compañeros, que se había acercado
bien a la escultura, le respondió.
-
No, es el primer cadáver que vas a enterrar.
Se hallaron en total, y contando solamente a los del
jardín, veinticuatro niños embalsamados cuyos cuerpos no presentaban rastros de
deterioro. Sus ojos los observaban intactos y los perseguían con la mirada a
medida que los oficiales los acostaban en el suelo en línea horizontal. El
trabajo estaba muy bien hecho. El asesino realmente era un artista al lograr
semejante arte.
El cielo
comenzaba a tornarse gris. El cacique, quien observaba todo desde un costado,
alzó la cabeza y miró cómo las nubes empezaban a tapar el sol. La lluvia pronto
estaría por caer.
-
¿Está bien lo que estamos haciendo? - sintió que
un hombre le decía a su compañero mientras apoyaban con sumo cuidado un cuerpo
en la tierra. - ¿No tendríamos que esperar a los forenses y a criminalística
antes de tocar los cadáveres?
Un estallido de
risas inundó el aire pesado y agonizante. ¿Hacía falta explicar más?
Para cuando
terminaron de enfilar a los niños - de a los que a algunos les sobresalía de
las axilas, tobillos y cuellos alambres que los había estado sosteniendo todo
este tiempo a las bases de mármol como
si fuesen esculturas griegas – los envolvieron en bolsas blancas y los llevaron
en camillas hechas con tablas de madera que el cacique les dio hasta las
camionetas que los transportaría hacia la morgue.
-
¿Qué es eso que esta todo destruido? - le señalo
el comisario al aborigen la casa quemada y venida abajo. Mirándolo
acusatoriamente, le volvió a preguntar: - ¿Qué ocurrió aquí?
Haciendo una
mueca y retirándose para volver solo al interior de la selva en busca de su
aldea, el guaraní murmuró entre dientes:
-
Jehepy*
El oficial
entrecerró los ojos y, sabiendo del carácter podrido que este tenía, decidió
ignorar aquel comentario y unirse a los pocos policías que quedaban en aquel
jardín de cuyas bellezas hoy carecía. Solo era, simplemente, un pequeño terreno
de plantas y flores bien cuidadas; y una fuente de agua decorativa en su
centro.
A lo lejos se
oía el rugir del agua caer de un salto cercano y escondido váyase a saber
dónde. Porque ellos jamás podrían adentrarse en la jungla. Aquel lugar ya no
les pertenecía más.
Secándose la
frente transpirada, se dio cuenta de que sus hombres ya se estaban yendo de
allí por lo que se ajustó la cintura del pantalón y comenzó a caminar en su
dirección. Escuchó cómo uno de ellos celebraba el que se haya terminado parte
de la investigación. El, en cambio sabía que eso no era cierto.
La historia del
destino de esos veinticuatro cadáveres recién empezaba.
---
Apagó el disco y
destapó la tapa de la olla donde un olorcito a verduras cocidas inundó sus
fosas nasales haciéndolo gemir satisfecho. Buscó un cuenco de madera y sirvió
un poco de aquella sopa en su interior para luego llenar el próximo. Teniendo
servidos cinco cuencos, los depositó en una bandeja y los llevó a la mesa del
comedor donde cuatro niños lo esperaban ansiosos por empezar a comer.
-
A ver a ver… - canturreó mientras se los iba
dejando delante de cada uno. – no empiecen a comer hasta que estemos todos
sentados en la mesa. – agarró cucharas y se las fue entregando encajándoles el
mango en la pequeña abertura de sus puños cerrados.
Ya todo listo,
se sentó y les sonrió feliz de estar nuevamente todos juntos en familia.
Clara sollozó y
el hipo constante que tenía no le permitió siquiera moverse. Con sus mejillas
empapadas de lágrimas y la visión un poco nublada intentó moverse en la silla
en la que tenía ambos tobillos atados. Pero no pudo. Su torso era rodeado por
una soga que la mantenía quieta contra el respaldo del asiento. Al hacer esto,
el viejo que comía la observó unos segundos.
-
¿Qué pasa? - le preguntó estirándose de costado
para aferrar un extremo de la soga y tirar hacia delante para acercarla a él.
Clara se quedó
de piedra. Tener al hombre tan cerca de ella la hizo hipar aún más fuerte de
los nervios. Estaba incluso incómoda de tener sus pantaloncitos mojados por su
propia orina. Tragando con mucha fuerza, le respondió negando frenéticamente la
cabeza.
-
Ah bueno, así me gusta. – se carcajeó
empujándole la silla hacia atrás dejándola a varios centímetros de distancia de
donde estaba su plato.
Y como tampoco
iba a poder moverse para alcanzarlo, Clara sufrió al saber que otro día más iba
a estar sin comer.
-
Y sí, tenés razón. En cualquier momento se va a
largar a llover. – decía el hombre mientras conversaba con los otros tres
chicos que ni siquiera habían probado bocado.
Riendo de algo
que Clara jamás llego a oír, el viejo volvió su vista hacia ella y le guiñó el
ojo.
-
Son mis tres hijos. ¿A que son hermosos? – con su mano le dio vuelta de costado el
cuello rígido de uno de los tres chicos para que éste la mirase. – Comé la
comidita mi amor – le dijo llevándole la mano con la cuchara a la boca de
labios duros y brillantes. – Mmm ¡qué
rico! ¡Ah! ¡Tengo postre!
Se paró de golpe
y se fue a la cocina cuando de repente el cadáver de uno de los tres hijos se
cayó hacia adelante sobre la sopa desparramándola por toda la mesa.
Jehepy*: venganza.
Todos los derechos reservados.
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