jueves, 20 de julio de 2017

Capítulo VIII- Buen viaje, colega.

Emily corrió hasta dar con la moto la cual había dejado apoyada sobre un árbol de laurel negro. Agarrándola de las manillas, le quitó de un puntapié el fierrito que la frenaba y comenzó a caminar unos metros con ella hasta encontrar un lugar donde el barro este relativamente seco y no permita que la moto se le empantane ni bien le diera marcha. Avanzo unos pasos cuando sintió una presencia detrás de ella.
Se detuvo de repente y pegó el mentón al pecho. De reojo, y sin moverse,  pudo visualizar por el espejito retrovisor que una sombra la observaba fijamente desde lo alto de un árbol a su izquierda.  Parpadeando unos segundos y tomando valor, se giró y buscó con los ojos aquellos oscuros que la espiaban detrás del follaje. Cuando dio con ellos, notó la sorpresa de la persona al ser descubierta cuando ésta apenas abrió los parpados. Emily lo estudió un largo rato admirando las facciones del chico y su cuerpo musculoso. Después de ver que el joven no se movía ni siquiera un centímetro ante su escrutinio, decidió sonreírle y volverse hacia la moto para subirse y darle arranque.
Conducir en medio de la selva no es nada fácil. Y más después de la lluvia. Constantemente tenía que andar esquivando las hojas de las  plantas salvajes y alguna que otra serpiente durmiente enroscada entre las lianas. No tenía un destino fijo, ella manejaba en cámara lenta porque quería darle lugar al aborigen que la perseguía para que la alcanzara. No quería estar sola en un lugar como aquel, por lo menos si se perdían, uno de los dos sabría cómo salir de allí.
Calculaba que eran las seis  de la mañana, más o menos. Hacía casi tres horas que los guaraníes habían ido a la casa del hombre que secuestró a los chicos para rescatarlos. Al momento en que  ella los vio regresar a la aldea con la niña pequeña completamente ensangrentada, llena de hollín y rasguñada; y escucho por parte de Juan – el niño al que habían salvado de la muerte- que ésta no era su amiga, Emily comenzó a dudar seriamente de la situación. Y de todos los allí presentes.
Ante la mirada cauta de Juan, ella se le acerco por un lado de la cama ni bien termino de vendar una manito herida de la niña, y le pidió a éste que le dijera qué era lo que había vivido un par de horas antes bajo el techo de ese monstruo. El jovencito trato de esquivarla con respuestas sin sentido al principio, pero luego cuando Emily lo tranquilizo contándole sus sospechas en tono cómplice él, mirando hacia todos lados de la choza,  le dijo lo que ella creyó saber.
Esperó a que se durmieran ambos para salir de la tienda y buscar al chamán. Al no poder encontrarlo por ninguna parte, le pregunto a un grupo de mujeres que estaban recolectando ropa para llevarla a lavar al río.
-              Se fue a enterrar los cuerpos de los que murieron recién – le respondió con pesar. Fue ahí cuando se enteró de que habían fallecido dos jóvenes  guaraníes en el intento de rescatar a los niños.
Asintiendo, Emily había corrido hasta su moto y conducido hasta donde se encontraba ahora. En medio de la selva y con un aborigen pisándole los talones. No sabía si tras la denuncia la policía iba a aparecer por allí  o no a tiempo, pero realmente esperaba que lo hicieran.
Sin aminorar la marcha notó que a su izquierda, bien a lo lejos, el humo de la casa incendiada danzaba entre las palmeras acompañado del volar de una bandada de pájaros que escapaba del fuego chillando enojados por haber irrumpido en su hogar.  De refilón vio que la sombra que la persiguió todo el trayecto se le adelantaba unos metros y que cada tanto ésta se paraba para esperar a que ella lo alcance en distancia. Llegando al mediodía, y bajo un sol radiante semi oculto por la vegetación, Emily decidió detenerse y mover un poco las piernas entumecidas.
No tenía ni una botella de agua como para beber. Estaba muerta de sed y sudaba como animal. Estiró el cuello de su remera color beige y se abanicó con ella un rato mientras se sentaba contra el canto de la moto que estaba apoyada sobre un tronco caído. Levantó la vista hacia la copa de los árboles y entrecerró los ojos ante los rayos de sol que se filtraban entre las hojas. La luz al chocar contra los lentes de sus anteojos rebotaba generando un débil arcoíris.
Sin sorprenderse, percibió que el joven que la estuvo siguiendo todo este tiempo, se recostaba contra el tronco de espaldas a ella sin dejar de mirarla de reojo. Como si tuviese miedo de que se escapara.
Oyó que la respiración del muchacho era agitada y que le costaba restablecerse del todo. Girando su cabeza para pispiar su contorno, le dijo:
-            Decime que no tenés asma porque es lo único que se no curar todavía.
Mirándola con cara de odio, el joven le iba a responder cuando de repente se oyó a lo lejos el grito de una niña.



Sami se despertó de golpe cuando sintió que alguien agarraba con muchísima fuerza su brazo y la hacía levantarse del suelo como si fuese una muñeca de trapo. El tironeo logro hacerla trastabillar y caerse de rodillas sobre el pasto mojado por la lluvia tropical. No le dio tiempo siquiera a recomponerse cuando ya la había puesto de pie.
Un poco confundida y aturdida a causa del desmayo que la hizo dormir durante horas, alzo la mirada hacia aquello que le jalaba el brazo con insistencia. Vio que era un hombre, vestido de pantalón marrón y remera azul marino; de cabello oscuro y cortado al ras. Su piel era de tono aceitunada y sus manos, por lo que ella pudo percibir en su agarre, grandes y callosas. Los pies los tenia descalzos y estaban muy embarrados, aunque no impidieron que la arrastrara unos metros hasta tirarla al suelo sobre un colchón de flores y yuyos que evitaron que no se lastimase ante el impacto de la caída.
Reincorporándose sobre sus codos, Sami que todavía estaba muy mareada por todo lo acontecido, estudió al  hombre de arriba a abajo hasta que dio con su mirada. Y fue ahí cuando el horror empezó.
Tenía delante de ella al señor que los había secuestrado en el parque, el que mato a su amigo Juan… y  el que les saco a todos juntos su última  foto delante de las cataratas. El fotógrafo José.
Clavando los talones de las zapatillas de abrojo de tiras blancas en el barro,  retrocedió todo lo que pudo al tiempo en que el sujeto caminaba en su dirección con una sonrisa muy extraña. Casi siniestra. Llevándose una mano al cinturón, extrajo de allí una cuchilla precaria muy artesanal pero increíblemente afilada.
Sami abrió los ojos de par en par terriblemente asustada y vio en un parpadeo cómo el fotógrafo se le venía encima rápidamente con el arma en la mano. Haciendo un ruido ronco de desesperación con la garganta, la niña intentó retroceder un trecho más pegando un grito agudo en pedido de auxilio silenciado por la cuchillada que recibió en su muslo izquierdo.
El dolor y el terror invadieron sus sentidos. Creyó ver cómo la cuchilla nuevamente se alzaba en lo alto y volvía a caer sobre su cuerpo. A la tercera vez, ya no necesitó gritar más. Porque una mujer saltó encima del hombre y lo tiró al piso.
-   ¡Hijo de puta! ¡Soltalo!- le gritaba Emily para que tirara el arma sosteniendo con muchísima fuerza el brazo que amenazaba con librarse de su agarre y clavarle a ella el cuchillo en el pecho.
Sami se quedó quieta observando la escena aturdida cuando vio que un joven se unía a la chica y empezaba a patear al fotógrafo en las costillas. Su cara estaba transformada en furia y bronca mientras le pegaba como descocido. Defendiéndose con uñas y dientes, el hombre logró ganar la pulseada e hizo que Emily por instinto se echase hacia atrás cuando intentó cortarle la garganta de una acometida.
Emily se levantó de golpe justo cuando el otro se inclinó de costado para clavarle la cuchilla en el gemelo. El chico guaraní que la persiguió durante el camino, evitó esto pateándole la mano y haciendo que se le cayera el arma. Sin amainarse, el asesino no lo pensó dos veces.  Se puso en pie de un salto recuperando de nuevo la cuchilla y corrió desencajado alzando la mano contra Sami quien lo observaba inmóvil en el lugar.
Emily no lo pensó dos veces.  Sacó del bolsillo de su jean la navaja que siempre usó como elemento de bisturí y se lanzó hacia su espalda. En un mínimo instante imperceptible para todos, ella lo había atrapado con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha le abría el cuello en dos de oreja a oreja.
Tirando el arma al suelo, el fotógrafo se llevó ambas manos a la garganta intentando en vano  querer cerrar el tajo profundo que no paraba de sangrar. Se arrodilló y comenzó a gemir algo incomprensible mirando a Emily quien observaba de reojo su reloj de muñeca contando los segundos que le quedaba de vida a  aquel hombre.
Un poco antes de morir, Emily le dijo con una sonrisa fría.
-    Que tenga buen viaje, colega.

Acto seguido José,  el chamán de la aldea guaraní, perdía la vida.



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