Emily corrió
hasta dar con la moto la cual había dejado apoyada sobre un árbol de laurel
negro. Agarrándola de las manillas, le quitó de un puntapié el fierrito que la
frenaba y comenzó a caminar unos metros con ella hasta encontrar un lugar donde
el barro este relativamente seco y no permita que la moto se le empantane ni
bien le diera marcha. Avanzo unos pasos cuando sintió una presencia detrás de
ella.
Se detuvo de
repente y pegó el mentón al pecho. De reojo, y sin moverse, pudo visualizar por el espejito retrovisor
que una sombra la observaba fijamente desde lo alto de un árbol a su
izquierda. Parpadeando unos segundos y
tomando valor, se giró y buscó con los ojos aquellos oscuros que la espiaban
detrás del follaje. Cuando dio con ellos, notó la sorpresa de la persona al ser
descubierta cuando ésta apenas abrió los parpados. Emily lo estudió un largo
rato admirando las facciones del chico y su cuerpo musculoso. Después de ver
que el joven no se movía ni siquiera un centímetro ante su escrutinio, decidió
sonreírle y volverse hacia la moto para subirse y darle arranque.
Conducir en
medio de la selva no es nada fácil. Y más después de la lluvia. Constantemente
tenía que andar esquivando las hojas de las
plantas salvajes y alguna que otra serpiente durmiente enroscada entre
las lianas. No tenía un destino fijo, ella manejaba en cámara lenta porque
quería darle lugar al aborigen que la perseguía para que la alcanzara. No
quería estar sola en un lugar como aquel, por lo menos si se perdían, uno de
los dos sabría cómo salir de allí.
Calculaba que
eran las seis de la mañana, más o menos.
Hacía casi tres horas que los guaraníes habían ido a la casa del hombre que
secuestró a los chicos para rescatarlos. Al momento en que ella los vio regresar a la aldea con la niña
pequeña completamente ensangrentada, llena de hollín y rasguñada; y escucho por
parte de Juan – el niño al que habían salvado de la muerte- que ésta no era su
amiga, Emily comenzó a dudar seriamente de la situación. Y de todos los allí
presentes.
Ante la mirada
cauta de Juan, ella se le acerco por un lado de la cama ni bien termino de
vendar una manito herida de la niña, y le pidió a éste que le dijera qué era lo
que había vivido un par de horas antes bajo el techo de ese monstruo. El
jovencito trato de esquivarla con respuestas sin sentido al principio, pero
luego cuando Emily lo tranquilizo contándole sus sospechas en tono cómplice él,
mirando hacia todos lados de la choza,
le dijo lo que ella creyó saber.
Esperó a que se
durmieran ambos para salir de la tienda y buscar al chamán. Al no poder
encontrarlo por ninguna parte, le pregunto a un grupo de mujeres que estaban
recolectando ropa para llevarla a lavar al río.
-
Se fue a enterrar los cuerpos de los que
murieron recién – le respondió con pesar. Fue ahí cuando se enteró de que
habían fallecido dos jóvenes guaraníes en
el intento de rescatar a los niños.
Asintiendo,
Emily había corrido hasta su moto y conducido hasta donde se encontraba ahora.
En medio de la selva y con un aborigen pisándole los talones. No sabía si tras
la denuncia la policía iba a aparecer por allí
o no a tiempo, pero realmente esperaba que lo hicieran.
Sin aminorar la
marcha notó que a su izquierda, bien a lo lejos, el humo de la casa incendiada
danzaba entre las palmeras acompañado del volar de una bandada de pájaros que
escapaba del fuego chillando enojados por haber irrumpido en su hogar. De refilón vio que la sombra que la persiguió
todo el trayecto se le adelantaba unos metros y que cada tanto ésta se paraba
para esperar a que ella lo alcance en distancia. Llegando al mediodía, y bajo
un sol radiante semi oculto por la vegetación, Emily decidió detenerse y mover
un poco las piernas entumecidas.
No tenía ni una
botella de agua como para beber. Estaba muerta de sed y sudaba como animal.
Estiró el cuello de su remera color beige y se abanicó con ella un rato
mientras se sentaba contra el canto de la moto que estaba apoyada sobre un
tronco caído. Levantó la vista hacia la copa de los árboles y entrecerró los
ojos ante los rayos de sol que se filtraban entre las hojas. La luz al chocar
contra los lentes de sus anteojos rebotaba generando un débil arcoíris.
Sin sorprenderse,
percibió que el joven que la estuvo siguiendo todo este tiempo, se recostaba
contra el tronco de espaldas a ella sin dejar de mirarla de reojo. Como si
tuviese miedo de que se escapara.
Oyó que la
respiración del muchacho era agitada y que le costaba restablecerse del todo.
Girando su cabeza para pispiar su contorno, le dijo:
-
Decime que no tenés asma porque es lo único que
se no curar todavía.
Mirándola con
cara de odio, el joven le iba a responder cuando de repente se oyó a lo lejos
el grito de una niña.
Sami se
despertó de golpe cuando sintió que alguien agarraba con muchísima fuerza su
brazo y la hacía levantarse del suelo como si fuese una muñeca de trapo. El
tironeo logro hacerla trastabillar y caerse de rodillas sobre el pasto mojado
por la lluvia tropical. No le dio tiempo siquiera a recomponerse cuando ya la
había puesto de pie.
Un poco
confundida y aturdida a causa del desmayo que la hizo dormir durante horas, alzo
la mirada hacia aquello que le jalaba el brazo con insistencia. Vio que era un
hombre, vestido de pantalón marrón y remera azul marino; de cabello oscuro y
cortado al ras. Su piel era de tono aceitunada y sus manos, por lo que ella
pudo percibir en su agarre, grandes y callosas. Los pies los tenia descalzos y
estaban muy embarrados, aunque no impidieron que la arrastrara unos metros
hasta tirarla al suelo sobre un colchón de flores y yuyos que evitaron que no
se lastimase ante el impacto de la caída.
Reincorporándose
sobre sus codos, Sami que todavía estaba muy mareada por todo lo acontecido,
estudió al hombre de arriba a abajo
hasta que dio con su mirada. Y fue ahí cuando el horror empezó.
Tenía delante
de ella al señor que los había secuestrado en el parque, el que mato a su amigo
Juan… y el que les saco a todos juntos
su última foto delante de las cataratas.
El fotógrafo José.
Clavando los
talones de las zapatillas de abrojo de tiras blancas en el barro, retrocedió todo lo que pudo al tiempo en que
el sujeto caminaba en su dirección con una sonrisa muy extraña. Casi siniestra.
Llevándose una mano al cinturón, extrajo de allí una cuchilla precaria muy
artesanal pero increíblemente afilada.
Sami abrió los
ojos de par en par terriblemente asustada y vio en un parpadeo cómo el
fotógrafo se le venía encima rápidamente con el arma en la mano. Haciendo un
ruido ronco de desesperación con la garganta, la niña intentó retroceder un
trecho más pegando un grito agudo en pedido de auxilio silenciado por la
cuchillada que recibió en su muslo izquierdo.
El dolor y el
terror invadieron sus sentidos. Creyó ver cómo la cuchilla nuevamente se alzaba
en lo alto y volvía a caer sobre su cuerpo. A la tercera vez, ya no necesitó
gritar más. Porque una mujer saltó encima del hombre y lo tiró al piso.
- ¡Hijo de puta! ¡Soltalo!- le gritaba Emily para
que tirara el arma sosteniendo con muchísima fuerza el brazo que amenazaba con
librarse de su agarre y clavarle a ella el cuchillo en el pecho.
Sami se quedó
quieta observando la escena aturdida cuando vio que un joven se unía a la chica
y empezaba a patear al fotógrafo en las costillas. Su cara estaba transformada
en furia y bronca mientras le pegaba como descocido. Defendiéndose con uñas y
dientes, el hombre logró ganar la pulseada e hizo que Emily por instinto se
echase hacia atrás cuando intentó cortarle la garganta de una acometida.
Emily se
levantó de golpe justo cuando el otro se inclinó de costado para clavarle la
cuchilla en el gemelo. El chico guaraní que la persiguió durante el camino,
evitó esto pateándole la mano y haciendo que se le cayera el arma. Sin
amainarse, el asesino no lo pensó dos veces.
Se puso en pie de un salto recuperando de nuevo la cuchilla y corrió
desencajado alzando la mano contra Sami quien lo observaba inmóvil en el lugar.
Emily no lo
pensó dos veces. Sacó del bolsillo de su
jean la navaja que siempre usó como elemento de bisturí y se lanzó hacia su
espalda. En un mínimo instante imperceptible para todos, ella lo había atrapado
con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha le abría el cuello en
dos de oreja a oreja.
Tirando el arma
al suelo, el fotógrafo se llevó ambas manos a la garganta intentando en
vano querer cerrar el tajo profundo que
no paraba de sangrar. Se arrodilló y comenzó a gemir algo incomprensible
mirando a Emily quien observaba de reojo su reloj de muñeca contando los
segundos que le quedaba de vida a aquel
hombre.
Un poco antes
de morir, Emily le dijo con una sonrisa fría.
- Que tenga buen viaje, colega.
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